La humanidad empezó a dañar la capa de ozono mucho antes de lo que creíamos

Durante décadas, la historia de la destrucción de la capa de ozono se ha contado alrededor de una fecha que se convirtió en símbolo: 1985, el año en que científicos británicos anunciaron el enorme agujero de ozono sobre la Antártida. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en PNAS en 2026 obliga a adelantar varias décadas el comienzo de esta historia. Según la investigación de Jian Guan y sus colaboradores, la influencia humana sobre la capa de ozono podría haber sido detectable ya en 1957, casi treinta años antes del descubrimiento del agujero antártico y más de quince años antes de que Mario Molina y F. Sherwood Rowland formularan, en 1974, su explicación sobre el efecto de los CFC.

La conclusión resulta especialmente llamativa porque el responsable inicial no habría sido el producto químico que normalmente asociamos con la destrucción del ozono. Cuando pensamos en este problema pensamos inmediatamente en los clorofluorocarbonos, o CFC, utilizados durante décadas en aerosoles, refrigeradores y sistemas de aire acondicionado. Pero los investigadores encuentran que, durante las primeras etapas de la alteración de la capa de ozono, tuvo un papel fundamental otra sustancia: el tetracloruro de carbono (CCl₄). Este compuesto llevaba mucho más tiempo circulando en la economía industrial. En Estados Unidos comenzó a utilizarse como disolvente industrial ya en 1914 y su uso se había extendido ampliamente durante la década de 1930. Para 1950, las concentraciones atmosféricas de CCl₄ se situaban aproximadamente entre 30 y 40 partes por billón, mientras que la concentración conjunta de los CFC todavía estaba por debajo de 10 partes por billón.

El mecanismo por el que estas sustancias afectan al ozono es, en esencia, una consecuencia inesperada de la química atmosférica. Los compuestos que contienen cloro pueden alcanzar la estratosfera, donde la radiación solar provoca reacciones químicas que liberan formas de cloro capaces de participar en ciclos catalíticos que destruyen moléculas de ozono. Lo importante es que el cloro puede intervenir repetidamente en estas reacciones: no es necesario que una molécula de sustancia contaminante destruya directamente una sola molécula de ozono. Una pequeña cantidad de cloro reactivo puede contribuir a destruir muchas moléculas de O₃. El estudio señala precisamente que las sustancias que destruyen el ozono son transportadas hacia la estratosfera y allí liberan halógenos inorgánicos que catalizan su destrucción.
La gran dificultad está en que la atmósfera es un sistema extraordinariamente variable. El ozono no permanece constante: cambia por procesos naturales relacionados con la actividad solar, las erupciones volcánicas, la temperatura, la circulación atmosférica y otros compuestos químicos. Por eso, detectar una pequeña disminución provocada por la actividad humana es parecido a intentar escuchar un sonido muy débil dentro de una habitación llena de ruido. Los investigadores llaman a esta diferencia entre la señal provocada por las emisiones humanas y la variabilidad natural la relación entre señal y ruido. Y precisamente ahí aparece uno de los resultados más interesantes del estudio: el primer lugar donde habría sido posible identificar claramente la huella humana no fue donde la pérdida de ozono era mayor, sino donde la variabilidad natural era menor.

Ese lugar se encuentra en la estratosfera superior tropical, aproximadamente entre 30 grados de latitud sur y 30 grados de latitud norte. Allí, la variabilidad interna del ozono es relativamente pequeña, lo que permite que una señal antropogénica modesta destaque con mayor claridad. El análisis indica que, si hubiera existido desde 1950 una capacidad de observación comparable a la de los satélites modernos, la señal de pérdida de ozono podría haber superado el umbral estadístico de confianza del 95 % alrededor de 1957. En cambio, si se hubiese observado únicamente la cantidad total de ozono de la columna atmosférica, la señal habría sido mucho más difícil de distinguir: entre 1950 y 1960, la variabilidad natural de la columna era al menos dos veces mayor que la disminución simulada provocada por las sustancias destructoras de ozono.

Esto introduce una distinción fundamental: que un fenómeno pudiera detectarse mediante los instrumentos y métodos actuales no significa que los científicos de la época realmente pudieran observarlo. El estudio es un experimento mental. Los autores imaginan que desde 1950 hubiéramos dispuesto de instrumentos capaces de realizar mediciones estratosféricas con la precisión y cobertura actuales. Utilizan modelos climáticos y químicos modernos, ejecutados en múltiples simulaciones, para separar la variabilidad natural de la respuesta provocada por las sustancias destructoras de ozono. Por tanto, 1957 no es una fecha en la que alguien hubiera observado realmente la primera señal de contaminación humana; es el momento en que, según esta reconstrucción, la señal física habría podido emerger con suficiente claridad si hubiéramos contado con la tecnología necesaria.

La cronología resultante cambia bastante nuestra percepción de la historia. En 1957 aparece la primera señal detectable en la estratosfera superior tropical. Para 1963, la pérdida ya habría sido detectable en las latitudes medias del hemisferio norte, donde se realizaron algunas de las primeras mediciones estratosféricas. Para 1974, año en que Molina y Rowland plantearon la hipótesis de que los CFC podían destruir el ozono, la señal de pérdida habría sido detectable en prácticamente toda la estratosfera superior. Y en la estratosfera inferior sobre la Antártida, el modelo sitúa la aparición de una señal detectable alrededor de 1976, aproximadamente una década antes de las observaciones que condujeron al descubrimiento del agujero de ozono.

La historia no termina, sin embargo, con la aparición de los CFC. La acumulación de estas sustancias continuó durante las décadas siguientes y la pérdida de ozono se hizo progresivamente más evidente. En 1985, los científicos descubrieron el extraordinario descenso estacional del ozono sobre la Antártida. El hallazgo desencadenó una rápida investigación científica que permitió relacionarlo con la química del cloro procedente de sustancias fabricadas por el ser humano. Dos años después, en 1987, se adoptó el Protocolo de Montreal, destinado a controlar y eliminar progresivamente las sustancias que destruyen la capa de ozono. El estudio destaca que este acuerdo internacional es considerado uno de los mayores éxitos de la política ambiental mundial y que, tras la reducción de las emisiones, existen señales de recuperación de la capa de ozono.

De hecho, la investigación ofrece también una especie de final esperanzador. Mientras que el ozono de la estratosfera superior mostró tendencias negativas durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, el modelo encuentra que entre 2000 y 2014 la tendencia se invirtió significativamente, señal de recuperación. Las observaciones del instrumento MLS, que mide el ozono desde 2004, también muestran una recuperación clara en la estratosfera superior. En la estratosfera media existen igualmente indicios de recuperación, aunque la situación de la estratosfera inferior es más compleja y el estudio no encuentra todavía una evidencia estadísticamente significativa de recuperación global en esa región.

Quizá la lección más interesante de este trabajo sea que los grandes problemas ambientales rara vez comienzan con un acontecimiento espectacular. El agujero de ozono fue el momento en que la humanidad comprendió la magnitud del problema, pero el proceso había comenzado mucho antes, de forma gradual y casi invisible. Los investigadores estiman que la influencia de las sustancias destructoras de ozono sobre la estratosfera se remonta a casi 70 años, hasta finales de los años cincuenta, y que comenzó fundamentalmente con el uso industrial del tetracloruro de carbono.

La paradoja es evidente: cuando finalmente vimos el agujero de ozono, el problema ya llevaba décadas desarrollándose. Y cuando finalmente comprendimos su causa y actuamos mediante acuerdos internacionales, la química de la atmósfera ya había acumulado una enorme cantidad de sustancias persistentes. La nueva investigación no demuestra que hubiéramos podido evitar el problema si hubiéramos conocido la señal de 1957; los propios autores advierten que no podemos saber cómo habría cambiado la historia si aquella pérdida temprana hubiera sido detectada entonces. Pero sí nos ofrece una imagen más precisa de cómo comienza una alteración ambiental de escala planetaria: mucho antes de que sea visible a simple vista, mucho antes de que se convierta en una emergencia política y, a menudo, mucho antes de que sepamos siquiera qué estamos buscando.



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