Prepararse para 3,3 grados no es rendirse

Europa acaba de poner sobre la mesa una idea que suena a derrota, pero que en realidad pertenece al cajón de la prudencia: no basta con prometer que el calentamiento global se quedará en los niveles deseables, también hay que preparar carreteras, hospitales, cultivos, redes eléctricas y sistemas de agua para un escenario bastante peor. El número que ha llamado la atención es 3,3 grados de calentamiento global hacia finales de siglo. Dicho así parece una profecía climática, pero no lo es. Es una referencia de planificación, una forma de preguntar: ¿qué pasa si las cosas salen peor de lo que queremos, pero no peor de lo que todavía es plausible?
La noticia nace de una recomendación del Consejo Científico Asesor Europeo sobre Cambio Climático, un panel independiente creado por la Ley Europea del Clima para asesorar a las instituciones comunitarias. Su propuesta es que la Unión Europea use una referencia común para la adaptación climática: planificar riesgos compatibles con una trayectoria de entre 2,8 y 3,3 grados de calentamiento global en 2100. No es un nuevo objetivo climático, ni una previsión específica para España, ni una orden directa de Bruselas para que mañana se cambien todos los planes urbanísticos. Es, de momento, una recomendación técnica que puede influir en el nuevo marco europeo de resiliencia climática que la Comisión prepara para la segunda mitad de 2026.
La diferencia importa. Si uno lee el titular deprisa, puede entender que “la UE pide a España prepararse para 3,3 grados” como si Europa hubiera aceptado que el desastre es inevitable. Pero lo que dice el informe es más fino: hay que reducir emisiones y, al mismo tiempo, preparar la adaptación para escenarios que no pueden descartarse. Es el mismo razonamiento que se usa al construir una presa, diseñar un hospital o calcular la resistencia de un puente. Nadie desea la situación extrema, pero diseñar como si nunca fuera a ocurrir es una forma muy cara de autoengaño.
El matiz de “global” tampoco es decorativo. Esos 2,8 a 3,3 grados se refieren al promedio mundial respecto a la época preindustrial. Europa se está calentando más deprisa que la media del planeta, y el Mediterráneo aparece una y otra vez como una de las zonas más expuestas. En España eso no se traduce simplemente en “más calor en verano”, que sería la versión de sobremesa del problema. Se traduce en olas de calor más frecuentes, noches tropicales, estrés hídrico, incendios más difíciles, presión sobre la agricultura, problemas para trabajadores al aire libre, daños en infraestructuras y una gestión del agua cada vez menos parecida a la del siglo XX.
Aquí conviene desconfiar de dos reflejos opuestos. El primero es el alarmismo barato, que convierte cada informe en una cuenta atrás hasta el fin del mundo. El segundo es el escepticismo de baratillo, que responde a cualquier mala noticia climática con un “siempre ha hecho calor”. Las dos posturas son cómodas porque evitan mirar el mecanismo. Y el mecanismo, en este caso, es bastante sencillo: cuando sube la temperatura media, la distribución de los extremos también se desplaza. Lo que antes era raro empieza a ser menos raro. Un evento que se diseñaba como excepcional puede aparecer dentro de la vida útil normal de una infraestructura.
El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea ya estimó en trabajos anteriores que España es uno de los países europeos con mayores pérdidas económicas por sequía, alrededor de 1.500 millones de euros anuales en el periodo analizado, con una incertidumbre amplia. En un mundo tres grados más cálido, el mismo tipo de análisis proyecta que la frecuencia de sequías se duplicaría en cerca de una cuarta parte de la región mediterránea. No significa que todos los años sean idénticos, ni que todo el país vaya a secarse de golpe como en una película mala. Significa que las condiciones que fuerzan al sistema, embalses, regadíos, energía, cosechas, suelos, bosques, aparecen con más frecuencia y dejan menos margen de recuperación.
El problema de fondo es que buena parte de nuestras decisiones se toman con memoria corta. Una carretera se diseña mirando registros históricos de lluvia. Una ciudad calcula drenajes según episodios conocidos. Un hospital se prepara para picos de demanda que parecen razonables. Un colegio se construye pensando en temperaturas habituales. Pero si el clima de referencia cambia durante la vida útil de esas obras, lo que parecía una decisión racional puede convertirse en una trampa. No porque el ingeniero sea torpe, sino porque el pasado deja de ser una guía suficiente.
Ahí está lo importante de la recomendación europea. No se trata de cambiar una pegatina en un documento, sino de obligar a que el riesgo climático entre en las cuentas reales. ¿Aguantará esta residencia una semana de calor extremo sin poner en peligro a sus ocupantes? ¿Está preparada esta red eléctrica para más demanda por refrigeración y más estrés por incendios? ¿Tiene sentido seguir expandiendo regadíos donde el agua disponible tiende a bajar? ¿Qué ocurre con los seguros cuando ciertos daños dejan de ser raros? ¿Quién paga la adaptación, el presupuesto público, las empresas, los propietarios, los consumidores?
Estas preguntas son antipáticas porque no caben bien en el discurso político habitual. Reducir emisiones permite prometer futuro. Adaptarse obliga a reconocer daños presentes. Pero el informe insiste precisamente en que adaptación y mitigación no son alternativas. Prepararse para un escenario de 3 grados no significa abandonar el objetivo de limitar el calentamiento. Significa admitir que, incluso si se hacen las cosas razonablemente bien, ya hay impactos inevitables durante décadas, y que si se hacen mal, el coste será mucho mayor.
También hay límites a la adaptación. Esta parte suele perderse, quizá porque incomoda a todos. No todo se puede resolver con aire acondicionado, desaladoras, seguros y nuevos cultivos. Algunas zonas agrícolas pueden dejar de ser viables como antes. Algunos ecosistemas no se “adaptan” a golpe de presupuesto. Algunas personas no pueden comprar una vivienda mejor aislada, mudarse a una zona menos expuesta o pagar más por el agua y la energía. Por eso el asunto no es solo técnico, también es social. La resiliencia climática, si se toma en serio, obliga a decidir quién queda protegido y quién queda abandonado a su suerte.
El titular, por tanto, necesita traducción. La UE no ha descubierto de repente que España vaya a vivir exactamente en un mundo de 3,3 grados. Un panel científico ha recomendado usar ese escenario como referencia común para planificar la adaptación, porque diseñar para el clima más optimista puede salir carísimo si la realidad no coopera. España aparece especialmente concernida porque calor, sequía, incendios, agricultura, agua e infraestructuras forman aquí una cadena de vulnerabilidades muy concreta.
La lectura escéptica no consiste en quitar importancia al problema, sino en quitarle teatro. No estamos ante una profecía, sino ante una prueba de estrés. Y una prueba de estrés no predice que el edificio vaya a caerse mañana. Pregunta si seguirá en pie cuando deje de soplar la brisa amable con la que fue diseñado. Esa pregunta, por desgracia, ya no parece exagerada.