¿Un gen neandertal para tener más músculo?

Hay titulares que parecen escritos para hacer viral una fantasía de gimnasio prehistórico: «descubren el gen neandertal que hace más fuertes a sus portadores». El estudio que los ha disparado, publicado el 5 de agosto de 2026 en Current Biology, es real y está bien hecho. El problema, como casi siempre en estos casos, no es el estudio en sí, sino la distancia entre lo que mide y lo que se cuenta.
Vayamos al grano con el dato que de verdad importa antes de que se nos dispare la imaginación: en adultos, la diferencia media de masa muscular asociada a esta variante es de unos 270 gramos, aproximadamente la masa de 270 mililitros de agua. Con eso en la cabeza, sigamos.
¿Qué han estudiado exactamente los investigadores? El receptor de la hormona del crecimiento (GHR), una proteína que se sienta en la superficie de nuestras células y recibe la señal que la hipófisis manda para regular el crecimiento y el desarrollo corporal. Existen distintas versiones de este receptor entre los humanos actuales, y una de ellas, muy poco frecuente en Europa pero relativamente común en el sur y el este de Asia, conserva dos cambios de aminoácidos y una pequeña deleción heredados directamente de los neandertales. Esa versión entró en nuestro linaje hace unos 47.000 años, cuando Homo sapiens y neandertales se cruzaron, y desde entonces ha seguido circulando por generaciones hasta hoy. Puede alcanzar cerca del 24% en algunas poblaciones surasiáticas, frente a apenas un 0,5% en europeas. Conviene subrayar algo obvio pero que se olvida rápido: esta cifra de frecuencia no tiene nada que ver con el porcentaje total de ADN neandertal que lleva cada persona, que es un cálculo genómico completamente distinto. Ni tampoco significa que las poblaciones asiáticas sean un bloque homogéneo, ni mucho menos.
Ahora viene el momento en el que suelen colarse los titulares exagerados: en el laboratorio, células cultivadas que expresaban el receptor neandertal proliferaron un 40% más al ser estimuladas con hormona del crecimiento, comparadas con células con la versión humana moderna más habitual. Ese 40% es un dato de placa de Petri, un ensayo celular concreto bajo condiciones controladas. No es un 40% de músculo extra en una persona, ni un 40% más de altura, ni un 40% más de fuerza. Es la respuesta de un cultivo celular a un estímulo hormonal, punto.
¿Y qué pasa cuando bajamos del laboratorio al cuerpo humano real? Aquí es donde entra el segundo pilar del estudio: el análisis de datos de más de un millón de personas en grandes biobancos. Entre los adultos portadores de la variante neandertal aparecieron asociaciones pequeñas con la composición corporal, entre ellas esos 270 gramos de más de masa muscular de media, y también con algunos rasgos craneofaciales sutiles, como un segmento posterior de la mandíbula ligeramente más corto y raíces dentales algo más cortas. Rasgos que, en pequeña medida, recuerdan a la morfología neandertal, pero que están lejísimos de convertir a nadie en un calco de un homínido del Pleistoceno.
Curiosamente, en un grupo de más de 6.000 niños no se encontró ninguna asociación con el crecimiento hasta los once años. Los propios autores plantean que el efecto podría manifestarse más adelante, quizá en torno a la pubertad, cuando se dispara la producción de hormona del crecimiento. Es una hipótesis razonable, pero conviene tratarla como lo que es: una hipótesis, no un hecho confirmado.
La cobertura de Nature resumió el hallazgo diciendo que los portadores tienden a ser más altos y musculosos, lo cual no es falso en sentido estadístico, pero suena mucho más rotundo de lo que sugiere una diferencia media de 270 gramos en una muestra de más de un millón de personas. Es la diferencia entre «existe una asociación detectable a escala poblacional» y «esta variante te hace fuerte», y esa diferencia es exactamente donde se cuece la desinformación amable, la que no miente pero exagera.
Vale la pena insistir en lo que este estudio no demuestra, porque la lista es tan importante como los resultados. No demuestra que exista un «gen neandertal de la fuerza»: el trabajo habla de masa muscular, no de fuerza, potencia, resistencia ni rendimiento deportivo, que son cosas distintas y no se pueden deducir unas de otras. No demuestra que el 40% del ensayo celular equivalga a un efecto corporal de esa magnitud, porque entre una célula en una placa y un ser humano completo median miles de variantes genéticas, regulación hormonal, edad, sexo, nutrición, actividad física y estado de salud general. No demuestra que un solo receptor explique la anatomía robusta de los neandertales, algo que depende de muchísimos genes, del desarrollo y del entorno. De hecho, el propio autor principal del estudio advierte que se trata de uno entre muchos factores, no de una llave maestra. Y desde luego no respalda ninguna narrativa de superioridad biológica entre poblaciones: que una variante sea más frecuente en un grupo que en otro no la convierte en la esencia de ese grupo, y la variación individual dentro de cualquier población es enorme, mucho mayor de lo que sugiere cualquier promedio.
Tampoco es, por si alguien lo estaba pensando, un argumento para comprarse suplementos, hormonas de crecimiento o test genéticos de moda. La hormona del crecimiento tiene usos médicos regulados y riesgos reales, y este estudio no evalúa ningún tratamiento ni sugiere que manipular esta vía sea buena idea para nadie que no la necesite por motivos clínicos.
Entonces, ¿qué es lo que sí tenemos entre manos? Algo que a mí me parece fascinante precisamente por su modestia: una pieza de ADN neandertal que sigue activa en la biología de millones de personas vivas hoy, detectable en el laboratorio, en genomas antiguos y en bases de datos de salud poblacional. Es una historia bonita sobre continuidad evolutiva, no sobre superpoderes. Los neandertales no desaparecieron sin dejar rastro, pero ese rastro convive con miles de factores más y no escribe de antemano el cuerpo de nadie.
Puedes consultar el estudio original en Current Biology, el comunicado del Instituto Max Planck con los detalles metodológicos, y el resumen publicado por Nature si quieres profundizar. Merece la pena leerlo con calma, precisamente para comprobar por uno mismo dónde acaba la ciencia y dónde empieza el titular.