Pedro, el lobo y el alarmismo climático

Durante años, una parte del relato climático ha funcionado con una mecánica bastante sencilla: se tomaba el escenario más extremo, se convertía en titular, se le añadía una imagen de incendios, sequías o ciudades inundadas, y se presentaba al público como si aquello fuera el camino natural de la humanidad si no obedecíamos inmediatamente. El resultado era eficaz, desde luego. Captaba atención, movía conciencias, daba munición política y conseguía que cualquiera que preguntase por los matices pareciera estar discutiendo si el fuego quema. Pero también tenía un problema: no era una forma honesta de contar la ciencia.
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