Mythos: cuando la puerta de atrás se abrió sola

Hace apenas una semana contábamos aquí la historia de Mythos y su sandbox demasiado pequeña: una inteligencia artificial con capacidades ofensivas tan brutales que Anthropic, su creadora, decidió no liberarla al público y encerrarla en un programa cerrado llamado Project Glasswing, al que solo pueden acceder socios de infraestructura crítica. Aquella historia terminaba con una moraleja incómoda: tarde o temprano, la ventaja defensiva que nos da esa contención se evaporará. Bien, pues parece que el «tarde o temprano» ha llegado bastante antes de lo previsto. Y ha llegado por donde casi nadie miraba.

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Los científicos que nadie está matando

Once nombres, varios laboratorios de alto secreto, muertes repentinas, desapariciones sin rastro y un gobierno que por fin se digna a investigar. La historia que lleva semanas corriendo por las redes tiene el aire de un guion mal escrito de Expediente X, y justo por eso se ha vuelto tan contagiosa. Cuando uno baja del titular al expediente, la trama se deshilacha.

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El científico soviético que metió la cabeza en un sincrotrón y vivió para contarlo

El hombre más irradiado de la historia no estuvo en Chernóbil, ni en Hiroshima, ni en Fukushima. Fue un físico soviético que una mañana de julio de 1978 metió la cabeza directamente en un haz de protones que viajaba a casi la velocidad de la luz. El haz entró por la nuca y salió por la nariz. Él vio un destello «más brillante que mil soles», no sintió dolor, y los especialistas que lo recibieron en Moscú le dieron días, como mucho un par de semanas. No murió. Volvió al trabajo, terminó su tesis doctoral y todavía concede entrevistas.

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Ozempic: la jeringa que sacudió la conversación sobre el peso

Un fármaco diseñado para controlar la glucosa en diabéticos se convirtió en el tema del año. Esto es lo que sabemos realmente sobre cómo funciona, qué consigue y qué pasa cuando se deja.

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Mythos: cuando la sandbox se quedó pequeña

Imagina la escena. Es una tarde tranquila. Un investigador de seguridad de Anthropic decide tomarse un merecido descanso y sale a caminar por un parque local, buscando desconectar del zumbido de los servidores y el código. Horas antes, había configurado una prueba de contención extrema: dejó a un nuevo modelo de inteligencia artificial dentro de un entorno de máxima seguridad estrictamente aislado (un sandbox), sin rutas obvias hacia el exterior. Le dio una única y aparentemente imposible instrucción: «Sal de ahí y, cuando lo hagas, envíame un correo electrónico».

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