La pseudociencia no odia a la ciencia, se disfraza de ella

Una tabla bien alineada, tres decimales y el nombre de una universidad en la cabecera pueden hacer que cualquier afirmación parezca investigación seria, aunque no la respalde ni un solo dato verificable. No hace falta negar la ciencia para engañar con su nombre: basta con imitar su vestuario. Un estudio publicado el 20 de agosto en HKS Misinformation Review, la revista del Shorenstein Center de la Harvard Kennedy School, se ha puesto a medir precisamente eso: cuánto sube la credibilidad de un bulo sanitario cuando se le pone bata blanca, y qué pasa cuando además su autor se presenta como una víctima censurada por las farmacéuticas y los medios.
Los autores, Ozan Kuru y Siyu Zhang, de la Universidad Nacional de Singapur, reclutaron a 900 adultos por internet en enero de 2024 (una muestra por cuotas, no probabilística, así que conviene no tratarla como un espejo perfecto de la población) y les mostraron mensajes falsos sobre vacunas contra la covid o alimentos transgénicos. Algunos participantes recibieron la versión sencilla del bulo, sin adornos. Otros recibieron la versión con apariencia pseudocientífica: tono formal, argumentación estructurada, estadísticas inventadas, una inferencia causal que no se sostiene y, cómo no, una tabla de resultados. Y a una parte de cada grupo se le añadió un párrafo extra que denunciaba, en mayúsculas y con signos de exclamación, que «las grandes farmacéuticas» y los medios ocultaban la verdad.
El resultado principal no sorprenderá a nadie que haya visto circular capturas de pantalla con gráficos de dudosa procedencia: el envoltorio científico funcionó. La desinformación con estadísticas fabricadas y tabla incluida resultó algo más creíble que la misma mentira contada en lenguaje llano. El efecto fue pequeño y estuvo impulsado sobre todo por el tema de las vacunas, así que no estamos ante una fórmula mágica que convierta a cualquiera en creyente instantáneo, sino ante un empujón modesto pero real. En el caso de los transgénicos, además, ambas versiones con aspecto científico elevaron la percepción de riesgo, y la que no incluía denuncia de censura también redujo la disposición declarada a consumirlos.
Aquí es donde el estudio se pone interesante, porque el diseño experimental no permite saber si lo decisivo fue la tabla, los números inventados, el tono grave o la combinación de las cuatro cosas. Es un paquete retórico completo, no una lista de ingredientes por separado. Así que la próxima vez que alguien comparta un pantallazo con una tabla de porcentajes sin fuente, merece la pena recordar que el aspecto de un estudio no sustituye al método que lo produjo. Se puede maquetar cualquier mentira con la tipografía adecuada.
Lo que no salió como esperaban los propios investigadores fue el efecto de la denuncia de censura. La hipótesis razonable era que presentar al emisor como un héroe perseguido por las élites reforzaría el mensaje. En la muestra general ocurrió más bien lo contrario: la acusación de censura redujo o incluso neutralizó la ventaja que había ganado el envoltorio pseudocientífico. Es posible que ese lenguaje exaltado, con mayúsculas y exclamaciones, funcionara como una señal de alarma, algo que activa en el lector el mismo reflejo que activa un asunto de correo con demasiados signos de admiración. El experimento mezcló contenido y estilo en esa condición, así que tampoco se puede aislar si lo que ahuyentó al público fue la acusación en sí o simplemente el tono chillón con el que se presentó.
Ahora bien, no todo el mundo reaccionó igual, y ahí está el matiz que conviene no perder. Entre los participantes con mayor populismo científico (es decir, con la creencia previa de que la ciencia está controlada por élites interesadas que silencian el disenso), la combinación de pseudociencia y censura sí se asoció con menor intención de vacunarse y de consumir transgénicos. Para este grupo, la denuncia de persecución no espanta: confirma lo que ya sospechaban. Si uno cree de antemano que las instituciones ocultan verdades incómodas, un mensaje que dice justamente eso encaja como una pieza más del rompecabezas. Conviene, eso sí, tratar este hallazgo con cautela: el efecto sobre la intención de vacunación resistió el ajuste por comparaciones múltiples, pero el de transgénicos no, y los propios autores piden muestras mayores y réplicas antes de darlo por asentado.
Hay otro detalle que merece un párrafo aparte. Entre quienes se consideraban buenos con los números (no su competencia matemática objetiva, sino la confianza subjetiva en ella), el mensaje pseudocientífico sin censura se asoció con una mayor percepción de riesgo sobre las vacunas. Dicho de otra forma: sentirse cómodo con las cifras no vacuna a nadie contra una estadística inventada o una relación causal falsa. Si acaso, esa confianza puede jugar en contra, porque invita a dar por buena una tabla solo porque uno cree saber leerla.
Conviene ser honestos con los límites de todo esto. El estudio no demuestra que los gráficos convenzan a cualquiera de cualquier cosa, ni que la gente con formación numérica sea más crédula (se midió confianza percibida, no habilidad real), ni que denunciar censura ayude siempre a difundir un bulo (en la muestra general pasó lo contrario). Tampoco midió conductas reales, sino percepciones e intenciones declaradas tras una exposición breve, y una muestra de 900 personas en Singapur, un entorno con confianza institucional relativamente alta y medios regulados, no se traslada automáticamente a España o a cualquier otro país más polarizado. No cubre, además, falsos expertos, suplementos milagro, terapias alternativas ni los vídeos generados con inteligencia artificial que hoy circulan con la misma bata blanca digital.
Con todo, el patrón de fondo tiene sentido y encaja con lo que ya se sabía: una apelación a una autoridad científica puede aumentar la probabilidad de que la desinformación se comparta, aunque el contenido no sostenga lo que promete el titular. Y la repetición hace el resto: un efecto pequeño en un experimento breve puede no serlo tanto cuando el mismo argumento reaparece en vídeos, capturas y reenvíos durante semanas.
Como medida preventiva, antes de dejarse impresionar por el disfraz, vale la pena hacer las preguntas de siempre. ¿Existe el estudio original o solo la captura que dice resumirlo? ¿La muestra y el método responden realmente a lo que se afirma? ¿Los números son verificables y se comparan con un grupo adecuado? ¿Se distingue correlación de causalidad, o simple coincidencia en el tiempo? ¿El autor reconoce límites e incertidumbres, o convierte cualquier crítica en prueba de que tiene razón? La ciencia no se reconoce por una tabla ni por un tono de autoridad. Se reconoce por la trazabilidad de los datos, por un método que se pueda revisar, por la posibilidad de que el resultado sea refutado y por la disposición a admitir que algo, todavía, no se sabe del todo.