¿Hay una base extraterrestre en la Luna?

La Luna observada con un telescopio bajo el título ¿Una base en la Luna?

Tres investigadores dicen haber detectado, en vídeos tomados con un telescopio desde la Tierra, más de veinte objetos posados sobre la Luna, algunos con forma de disco de hasta 40 kilómetros y otros con forma de toro de unos 36 kilómetros. Según ellos, no son rocas ni accidentes geológicos, sino artefactos de una civilización tecnológicamente avanzada que usaría nuestro satélite como base de operaciones, desde la que podría llegar a la Tierra en apenas veinte minutos. El trabajo, firmado por Boris Zhilyaev, Vladimir Petukhov y Sergey Pokhvala, se subió como preprint a ResearchGate a finales de marzo de 2026 con el título UFO Dynamics on the Moon.

Antes de que se te dispare la imaginación, vale la pena mirar qué hay exactamente detrás de esas «estructuras». Y aquí es donde la historia empieza a desinflarse.

Los datos primarios del estudio son vídeos grabados en agosto y septiembre de 2025, con un único telescopio (un Intes-Alter M603) y una cámara ASI 294 Pro. Sobre esas imágenes, los autores aplican falso color, transformadas de Fourier, selección de armónicos y reconstrucción de señal para sacar a la luz variaciones de intensidad que, por sí solas, son minúsculas. El propio documento admite que el contraste de varias detecciones está entre el 5 y el 10 por ciento, y que algunas manchas ocupan apenas 2 x 2 píxeles, aproximadamente el tamaño de la función de dispersión puntual del sistema óptico. Estamos hablando de puntos sin forma discernible, no de imágenes nítidas de naves o edificios.

A partir de ahí, los autores clasifican esos puntos en dos categorías según su comportamiento aparente: «atmosféricos», los que parecen quedarse fijos respecto al disco lunar, y «continentales», los que parecen desplazarse sobre la superficie. De ese movimiento aparente, del brillo y del contraste, calculan tamaños, velocidades y hasta aceleraciones que llegan a cifras difíciles de imaginar para cualquier objeto natural o artificial conocido.

El problema no está en procesar imágenes para sacar más detalle (calibrar dark frames, flat fields y sensibilidad de píxel es una práctica astronómica completamente legítima y necesaria). El problema está en el paso siguiente, el que convierte esas manchas en discos de 25 a 40 kilómetros de diámetro.

Para calcular el tamaño real de algo que solo vemos como un punto en el cielo, hace falta conocer su distancia. Y aquí está el truco geométrico que sostiene toda la historia: el tamaño angular (lo grande que se ve algo desde donde lo observamos) depende tanto del tamaño real del objeto como de la distancia a la que se encuentra. Una mosca que pasa muy cerca de tu ojo puede tapar visualmente un cráter lunar entero, pero eso no convierte a la mosca en un objeto del tamaño de un cráter. Lo mismo pasa al revés: un punto diminuto en una fotografía puede ser un objeto pequeño relativamente cerca del telescopio, o un objeto colosal muy lejos. Sin una medición independiente de la distancia, ambas posibilidades siguen abiertas.

Y ese es exactamente el vacío del estudio: en ningún momento se aporta un cálculo de paralaje con una segunda estación de observación, ni ninguna otra medición independiente que confirme que esas manchas están realmente junto a la Luna y no, por ejemplo, mucho más cerca del telescopio, en la propia atmósfera terrestre. Los autores presuponen la distancia lunar y, a partir de esa presuposición, todo lo demás (tamaños, velocidades y tiempos de viaje a la Tierra) se deriva como una cadena de cálculos que hereda la misma fragilidad del primer eslabón.

Tampoco ayuda que un punto parezca moverse «junto con» la Luna durante una secuencia corta de vídeo. Eso no demuestra que esté anclado a ella. La cámara sigue al disco lunar mientras graba, y en ese proceso intervienen la turbulencia atmosférica, pequeños errores de seguimiento del telescopio y el propio procesado digital, todos ellos capaces de generar variaciones que después pueden interpretarse como «movimiento» de un objeto. Y un punto del tamaño de la función de dispersión del instrumento (el borrón mínimo que produce una fuente puntual en ese sistema óptico) no contiene información de forma suficiente para decidir si es una nave, un artefacto óptico o una fluctuación de la imagen.

Hay además un antecedente que invita a la cautela. El autor principal publicó en 2022 otro trabajo sobre supuestos fenómenos anómalos no identificados observados sobre Ucrania, en el que se estimaban distancias mediante colorimetría atmosférica, y de esas distancias se derivaban velocidades de hasta 15 kilómetros por segundo. El astrofísico Avi Loeb señaló entonces un detalle importante: si objetos oscuros de ese tamaño viajaran de verdad a esas velocidades dentro de la atmósfera, deberían producir una onda de choque luminosa fácilmente detectable. Al reducir la distancia estimada aproximadamente diez veces, los tamaños y velocidades resultantes pasaban a ser compatibles con proyectiles convencionales.

La crítica de Loeb no identificó de manera definitiva todos aquellos objetos, pero sí puso en cuestión el método empleado para obtener sus distancias. Ese precedente tampoco prueba que las nuevas manchas lunares sean proyectiles ni ninguna otra cosa concreta. Ilustra cómo una distancia estimada de forma poco sólida puede, más adelante en el cálculo, fabricar un objeto extraordinario que no ha sido observado como tal. En el estudio lunar el problema es todavía más directo, porque la distancia se da por supuesta desde el principio.

Conviene distinguir con precisión los términos. No es correcto decir que este trabajo haya «descubierto» una base extraterrestre en la Luna. Sí es correcto decir que tres autores han interpretado unas anomalías de imagen, de bajo contraste y tamaño mínimo, como si fueran objetos lunares gigantescos, sin que esa interpretación esté respaldada por una medición independiente de la distancia, los vídeos originales accesibles para un análisis externo, observaciones simultáneas desde otros lugares o confirmación de otros telescopios.

Que quede algo sin identificar en unas imágenes no es extraordinario. Lo llamativo es la distancia entre lo que realmente se registró (variaciones sutiles de intensidad de pocos píxeles) y lo que se afirma haber encontrado (una civilización tecnológica capaz de llegar a la Tierra en veinte minutos). El artículo original puede consultarse en ResearchGate o en el PDF alojado por el observatorio. El trabajo previo de 2022 está en arXiv, la crítica técnica de Avi Loeb puede leerse aquí y un resumen periodístico de aquella controversia está disponible en Space.com.

Las imágenes pueden contener anomalías genuinamente interesantes y merecedoras de más estudio. Lo que no hacen, por sí solas, es medir distancias ni demostrar la existencia de una base en la Luna.



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