El reloj de Greer vuelve a marcar cero

Hace exactamente un año y cuatro meses, en aquella entrada de enero de 2025 sobre los drones de Nueva Jersey, dejé escrito que Steven Greer acababa de poner en marcha uno de sus famosos cronómetros de treinta días. La cosa iba, recordemos, de que en el plazo de un mes la verdad sobre los drones de la costa este iba a estallar como una piñata. Treinta días. Treinta y un días. Pasaron cuatro meses, ocho, doce, dieciséis, y de la verdad inminente nada de nada. Lo único que ha pasado en este año y pico es que nuestro doctor ha encontrado un nuevo podcast amigo y un nuevo argumento de venta.
Distintos blogs se han hecho eco de una entrevista que Greer concedió a Benny Johnson, un youtuber americano, y de una rueda de prensa que el doctor Greer anunciaba para el 8 de mayo en el National Press Club de Washington. La tesis, traducida del greerés al castellano: las civilizaciones que nos visitan son pacíficas, lo demuestra el hecho de que «si fueran hostiles ya nos habrían exterminado», los humanos llevamos décadas disparándoles con armas clasificadas, y todo el aparato del complejo militar-industrial está orquestando una invasión álien de falsa bandera para mantener el chiringuito presupuestario después de que se les acabe el enemigo ruso, el terrorista, el chino y el asteroide. Suena nuevo solo si uno no hubiera leído nada de Greer desde 2001. Si sí lo hiciste, esto te sonará a las quinientas reediciones del mismo monólogo pronunciado en pantalones cortos durante los retiros de Joshua Tree.
Conviene recordar quién es el sujeto antes de discutir lo que dice. Greer, como recordaba ya por aquí en aquella entrada, es médico de urgencias retirado en 1998 que en los noventa fundó CSETI y, sobre todo, el Disclosure Project que en mayo de 2001 reunió en el National Press Club a una veintena de testigos militares y civiles ante un auditorio asombrado. Aquello fue su gran momento. El astronauta Edgar Mitchell, una de las pocas figuras serias que aceptó participar en su órbita, terminó pidiendo por escrito que retirara su nombre de cualquier documento relacionado, declarando textualmente que «colaboré con Steve Greer en su día, pero como una y otra vez iba más lejos de lo que los datos permitían, decidí desvincularme». Esa es la línea que ha recorrido toda su carrera posterior: ir continuamente más allá de lo soportado por los datos disponibles. Es prácticamente su método.
La bala de mayor calibre que tiene su currículum sigue siendo el caso Atacama, aquella momia de quince centímetros que en 2013 protagonizó su documental Sirius y que él presentó como posible humanoide extraterrestre. La pieza fue analizada genéticamente por Garry Nolan, profesor de inmunología y microbiología de Stanford, y los resultados se publicaron en marzo de 2018 en Genome Research con un titular que no dejaba ningún margen: «Whole-genome sequencing of Atacama skeleton shows novel mutations linked with dysplasia». Conclusión: feto humano femenino, ADN moderno indígena chileno, mutaciones raras compatibles con varias displasias óseas. Cero alienígena. Cien por cien tragedia humana, probablemente moderna, probablemente desenterrada sin permiso de unos padres que aún podrían estar vivos. La reacción de Greer fue digna de antología: publicó una carta abierta acusando al estudio de junk science, sugirió en vídeos posteriores que Nolan habría recibido del Pentágono un suculento contrato millonario para falsificar los resultados, ((cifra que, como recoge Jason Colavito, jamás ha podido acreditar nadie) y se atrincheró en el discurso de que la propia ciencia revisada por pares forma parte del encubrimiento. Es una pirueta admirable: cuando el argumento científico te da en plena cara, lo conviertes en prueba adicional de la conspiración. Falsabilidad cero, comodidad doctrinal absoluta.
A partir de Atacama se entiende todo lo demás. La acusación contra Nolan es un ensayo general de la maniobra que después aplicaría a Lue Elizondo, al que llama «agente de desinformación», a Avi Loeb, al que acusa de querer «sacarle al gobierno mil millones de dólares para un sistema de defensa planetaria, exactamente la misma estafa que le jugaron a Reagan con la Iniciativa de Defensa Estratégica», e incluso a David Fravor, el piloto del USS Nimitz cuyo testimonio sobre el famoso Tic-Tac (Flir) es uno de los pilares del actual debate UAP. Greer ha decidido en los últimos meses que el Tic-Tac no era extraterrestre sino un Alien Reproduction Vehicle fabricado por Lockheed Skunk Works. Fravor, el hombre que vio el objeto con sus propios ojos a treinta mil pies sobre el Pacífico, le respondió por activa y por pasiva que aquello no era ningún Lockheed. La respuesta de Greer fue ignorarlo y seguir cobrando entradas.
Porque ese es el otro aspecto que conviene no perder de vista, y que ya señalé en aquella reseña de Sirius en 2013: el doctor no predica gratis. Sus retiros CE-5 en Joshua Tree (esos campamentos donde se enseña a contactar telepáticamente con civilizaciones avanzadas mediante meditación grupal, Coherent Thought Sequencing y un foco apuntando al cielo) rondan en sus últimas tarifas conocidas entre los dos mil quinientos y los tres mil quinientos dólares por persona, sin incluir alojamiento ni comida, con plazas limitadas a unos veinticinco asistentes por edición. Hay también una app oficial de diez dólares para que el contactado compulsivo no pierda la práctica desde casa. Hay documentales financiados en Kickstarter. Hay libros, conferencias y una membresía vitalicia. Para alguien que lleva veinticinco años predicando que la energía libre liberará a la humanidad de la escasez energética, no deja de ser elocuente que su acceso a las civilizaciones pacíficas que la suministrarían cueste lo que un máster universitario.
Volviendo a la entrevista que motiva todo esto, el truco retórico central —ese «los hostiles somos nosotros»— es ingenioso porque le permite a Greer ocupar al mismo tiempo dos espacios incompatibles. Por un lado, el del místico new age que cree en la fraternidad cósmica, predica el contacto consciente y vende paz interior a quien pueda permitírsela. Por otro, el del conspiranoico de manual que ve la mano negra del complejo militar-industrial detrás de cada noticia. Combinados producen una mercancía irresistible: una distopía con final feliz garantizado siempre que pagues la cuota de iniciación. La mecánica argumentativa es además impecablemente no falsable. Si en los próximos meses aparece una flota de objetos no identificados sobre Washington, será la false flag. Si no aparece nada, será que la están preparando. Si la AARO publica un informe diciendo que no hay pruebas de tecnología extraterrestre (exactamente lo que hizo el Pentágono en marzo de 2024 y volvió a confirmar en noviembre), será que el informe es desinformación deliberada y que el director de la oficina, Jon Kosloski, está comprometido. La conspiración, como un cilindro perfectamente engrasado, se autoalimenta sin fricción.
Lo curioso del momento actual es que, mientras Greer recicla sus discursos en podcasts, el debate UAP serio se ha movido a otros patios. Las audiencias del Congreso de 2023 y 2024, con Grusch, Elizondo, Fravor y Gallaudet declarando bajo juramento, han dejado constancia de que en el Pentágono hay testigos creíbles y casos sin explicación, pero también de que después de cuatro años de investigación formal nadie ha presentado un solo objeto, un solo material, un solo documento desclasificado que demuestre tecnología no humana. La AARO ha procesado más de setecientos cincuenta reportes desde su creación; la inmensa mayoría se ha resuelto como globos, drones, pájaros y fenómenos atmosféricos. Veintiuno siguen abiertos como interesantes. La NASA, en su informe de 2023 presidido por David Spergel, ha dicho lo previsible: ciencia abierta, datos de calidad, paciencia. Avi Loeb hace lo mismo desde Harvard con el Galileo Project. Garry Nolan colabora con la Sol Foundation. Es decir: un escenario imperfecto, ruidoso, lleno de gente discrepando, pero con un mínimo común denominador de método. Greer no encaja en ese paisaje. Lleva sin encajar veinte años. Por eso ha terminado en Tucker Carlson, en Patrick Bet-David, en Newsmax y ahora en Benny Johnson, audiencias que ya creían en el deep state antes de oír hablar de extraterrestres y a las que les sobra con que les confirmen las dos cosas a la vez.
Hay, además, un fondo casi cómico en la cita estrella del personaje, esa frase atribuida a Wernher von Braun en su lecho de muerte y transmitida como herencia oral por la doctora Carol Rosin: que el complejo militar-industrial iba a fabricarse enemigos sucesivos (rusos, terroristas, países parias, asteroides y, por último, alienígenas) para sostener el presupuesto del Pentágono. «Todo es mentira», supuestamente le dijo el ingeniero nazi reconvertido en padre de la NASA. Lo curioso es que de esa frase no existe ningún registro independiente: ni una grabación, ni un testigo cruzado, ni una nota manuscrita, ni una sola línea en la voluminosa correspondencia del propio Von Braun. Solo el testimonio de Rosin, repetido durante cuarenta años por Greer, y que constituye literalmente el ladrillo de fundación de todo su edificio. Una conspiración que mueve billones de dólares y operaciones globales, sostenida por la frase atribuida en privado a un muerto. Si esto se presentara en un juicio civil, no llegaría ni a la primera audiencia.
Lo dejaba escrito en aquella entrada de enero de 2025 y vale para esta también, palabra por palabra: voces como la de Steven Greer no hacen más que enturbiar el debate, mezclando verdades a medias con fantasías que solo sirven para desinformar y desviar la atención de las investigaciones reales. El fenómeno UAP merece ser estudiado en serio. Hay pilotos militares que han visto cosas que no saben explicar, hay sensores que han registrado anomalías, hay legítimos motivos para exigir transparencia al Pentágono y para reclamar más ciencia y menos secretismo. Esa conversación está en marcha y avanza, despacio pero avanza. El doctor Greer no es parte de ella. Es el ruido de fondo. Y en mayo de 2026, después de cinco años perdiendo terreno frente a Elizondo, Nolan, Loeb y la propia AARO, el ruido se ha tenido que bajar a frecuencias todavía más radicales y a podcasts todavía menos exigentes para seguir sonando. Que es, exactamente, donde estamos.
El cronómetro vuelve a estar a cero. Apuesten ustedes lo que quieran a que en treinta días seguimos sin ver una sola tuerca alienígena, sin un solo plano de antigravedad y sin un solo amperio de energía libre. Los únicos que habrán ingresado algo serán Joshua Tree, Benny Johnson y la pasarela de pagos del cE5 App. Lo demás (os juro que lo intento, pero no encuentro otra forma de decirlo) sigue siendo, palabra por palabra, la misma mentira de siempre.
Allll
3/05/26 22:45
leo atacama y momia y me da pena ser de mexico