La Vía Láctea no dio una voltereta

Cien mil millones de estrellas, todas a la vez, girando como una moneda lanzada al aire. Esa es la imagen que ha dejado la última tanda de titulares sobre nuestra galaxia, y hay que reconocer que tiene gancho: «los astrónomos descubren que la Vía Láctea se volteó 90 grados» suena a giro de guion de ciencia ficción. El problema no es que la noticia sea inventada (hay un trabajo real detrás, presentado en el National Astronomy Meeting de la Royal Astronomical Society en julio de 2026), sino que ese titular convierte una inferencia razonable en un hecho consumado que nadie ha observado directamente.
Vayamos por partes, porque el asunto merece algo más que un emoji de vértigo.
Lo primero es aclarar qué significa «voltearse» en este contexto. Desde luego, no es que la galaxia entera se comportara como un plato que alguien voltea de golpe en la cocina. Lo que los investigadores siguen en sus simulaciones es la dirección del momento angular del disco estelar, algo parecido al eje de una peonza. Una peonza no se da la vuelta como una tortilla: su eje va inclinándose y puede acabar apuntando en una dirección muy distinta a la inicial. Eso es lo que se mide aquí, cuánto ha cambiado la orientación de ese eje entre dos momentos.
Como en el espacio no hay un «arriba» universal, hablar de «más de 90 grados» solo tiene sentido al comparar una orientación anterior con otra posterior, nunca como un giro respecto a algo fijo. Además, estos cambios no tienen por qué ser instantáneos. Un estudio de 2022 con las simulaciones ARTEMIS adoptó como definición operativa de flip (volteo) un cambio de al menos 60 grados en dos mil millones de años. Los propios autores reconocían que ese umbral era una elección práctica para el análisis. No es exactamente el argumento de una película de catástrofes.
Separemos ahora lo que tenemos observado de lo que sale de un ordenador.
La parte observacional empieza con Gaia, la misión de la Agencia Espacial Europea que ha medido con una precisión extraordinaria posiciones y movimientos de enormes catálogos de estrellas. Con esos datos, un equipo dirigido por Amina Helmi identificó en 2018, en un artículo publicado en Nature, una población de estrellas del halo con órbitas muy alargadas y un ligero movimiento retrógrado. Su interpretación fue que se trataba de los restos de una galaxia más pequeña, Gaia-Enceladus, devorada por la Vía Láctea hace unos diez mil millones de años. La ESA resume aquel hallazgo como un acontecimiento decisivo en la formación temprana de nuestra galaxia.
Ese antiguo choque calentó el disco que existía entonces y ayudó a formar el disco grueso y el halo interior que vemos hoy. Es una cicatriz real deducida de los movimientos y la composición de estrellas actuales. No es, sin embargo, una grabación de cómo estaba orientado el disco en cada instante de aquella colisión.
Más recientemente, un equipo dirigido por Zhu combinó datos de LAMOST y Gaia de unas 15.000 estrellas gigantes K para reconstruir la forma tridimensional del halo de materia oscura hasta unos 50 kilopársecs de distancia. En su artículo de 2026 en Astronomy & Astrophysics concluyó que el halo es triaxial y casi oblato, y que su zona exterior presenta una orientación inesperada, casi perpendicular al disco galáctico actual. Los autores interpretan esa geometría como una señal de que el disco y el halo interior pudieron reorientarse en el pasado, quizá por el torque de fusiones menores. Conviene fijarse en los verbos: el artículo dice que los datos «sugieren» esa historia y califica parte de la evidencia sobre el cambio radial como tentativa, no como certeza cerrada.
Y aquí entra Auriga, la familia de simulaciones cosmológicas que ha protagonizado los titulares. Auriga no es una copia digital exacta de la Vía Láctea, sino un conjunto de galaxias virtuales de masa parecida a la nuestra, generadas con el código AREPO dentro del modelo cosmológico estándar. El proyecto comenzó con 30 halos y una ampliación publicada en 2024 elevó el conjunto a 40. Estas simulaciones permiten comprobar qué historias producen galaxias comparables a la nuestra, pero no rebobinan la historia real.
El trabajo presentado por Kirill Batrakov en el NAM 2026 analizó 25 galaxias parecidas a la Vía Láctea dentro de Auriga. Según el comunicado de la Royal Astronomical Society, las galaxias con los halos estelares de rotación más lenta compartían dos rasgos: una colisión frontal importante y una reorientación del disco superior a 90 grados. Como la Vía Láctea tiene un halo estelar de rotación lenta y conserva las cicatrices de Gaia-Enceladus, el equipo considera probable que nuestro disco también cambiara mucho de orientación.
Es una hipótesis con peso. Además, la geometría del halo oscuro estudiada por Zhu y la correlación encontrada por Batrakov apuntan en una dirección compatible. Pero sigue siendo una inferencia. Ni Gaia observó una voltereta, ni Auriga ha reproducido la Vía Láctea átomo por átomo, ni está establecido el mecanismo concreto que se aplicaría a nuestro caso. El propio Batrakov lo expresa con un prudente «creemos». La cobertura de Space.com también reconoce que la causa específica continúa abierta y que no todos los cambios de orientación simulados están ligados necesariamente a una gran fusión.
Tampoco conviene precipitarse con la cronología. Gaia-Enceladus se fusionó con la joven Vía Láctea hace unos diez mil millones de años, mientras que el Sistema Solar se formó hace unos 4.600 millones. La NASA sitúa la edad del Sol en unos 4.500 millones de años. Si la gran reorientación estuvo asociada a aquella colisión remota, el Sol todavía no existía para notarla. Decir que «nuestra órbita se puso boca abajo» mezcla escalas de tiempo que no encajan, además de presuponer un arriba que no existe.
Hay otro matiz importante: el resultado de Batrakov se ha presentado en un congreso y está resumido en un comunicado, pero todavía no hemos localizado un artículo completo de ese análisis sometido a revisión por pares. Eso no le resta interés (los congresos son precisamente uno de los lugares donde se comunican resultados en desarrollo), aunque obliga a tratarlo con la prudencia propia de un trabajo en curso. El estudio de Zhu, la detección de Gaia-Enceladus y el análisis previo de ARTEMIS sí son publicaciones revisadas por pares, pero cada una responde a una pregunta distinta. Juntarlas construye un caso sugerente, no una cámara de seguridad galáctica.
Lo fascinante no es la escena de la voltereta cósmica fabricada por los titulares, sino el logro real: reconstruir, a partir de los movimientos actuales de las estrellas y de simulaciones físicas, una historia de miles de millones de años sobre cómo se formó nuestra galaxia. Eso ya es una hazaña notable. No hace falta convertir una hipótesis bien apoyada en una película observada directamente para que siga siendo una de las historias más interesantes de la astronomía reciente.