El gobierno mundial de Twitter

Hay titulares que prometen mucho y entregan poco. Este es uno de esos casos. El 29 de julio de 2026, José Luis Camacho publicó en Mundo Desconocido «¿Ya han elegido quién gobernará la Tierra?», un vídeo sobre un supuesto grupo de países que decidiría qué especie extraterrestre participará en un futuro gobierno mundial: los grises o los «señores de Orión», identificados en el relato con los reptilianos. El marcador sería 13 a 10 a favor de los grises. Suena a resultado de fútbol, no a geopolítica planetaria, y ese detalle ya debería encender alguna luz de alarma.
Vayamos al fondo, porque el problema no es que la historia sea extravagante, sino de dónde sale exactamente ese marcador. La cadena de procedencia es esta: cuentas anónimas de Twitter/X que se presentan como «ummitas» publican mensajes y reparten «me gusta»; alguien que firma como Dennis M. Fistroe recopila ese material en un PDF de octubre de 2025; y esa compilación sirve de fuente al relato que ahora circula. En ningún punto aparecen actas, documentos diplomáticos autenticados, filtraciones con cadena de custodia o testigos identificables. Aparecen tuits.
Lo interesante (y aquí el propio material juega en su contra) es que la compilación declara sus limitaciones. Admite que la información procede esencialmente de los llamados ummitas, que sus fuentes son cartas recibidas entre 2011 y 2014 y mensajes de cinco cuentas de Twitter/X, y que tres de esas cuentas fueron cerradas. Llega incluso a advertir que la cuenta que actualmente usa el identificador @312_oay fue usurpada por un estafador y que su actividad debe ignorarse. Y la nota al pie de la primera página completa el círculo: la fiabilidad concedida al contenido dependerá en gran medida de la confianza previa del lector en UMMO. Se pide creer para poder creer.
El 13-10 nace de ese mismo método. El compilador parte de un supuesto empate de 12 a 12, calcula que el número original de países «debió de ser» 25, interpreta que Ucrania quedó fuera de la votación por la guerra (como antes Yugoslavia por su desmembración) y mueve a Etiopía al bloque de los BRICS por su acercamiento a Rusia. Con esos ajustes obtiene trece votos para los grises y diez para los reptilianos. El truco consiste en tomar hechos geopolíticos reales y acomodarlos después dentro de un tablero que solo existe en la narración. Si una alianza cambia, se recalcula el marcador; la hipótesis nunca pierde.
Conviene recordar de dónde viene UMMO. En 1993, José Luis Jordán Peña publicó en La Alternativa Racional «UMMO: otro mito que hace CRASH», donde reconoció haber fabricado el mito, incluido un falso aterrizaje con huellas apócrifas, y haberlo difundido mediante informes pseudocientíficos enviados en cartas anónimas. La confesión no demuestra que Jordán Peña escribiera todos los mensajes posteriores atribuidos a los ummitas (él mismo señaló que se había añadido material de procedencia desconocida), pero sí obliga a autenticar de manera independiente cualquier comunicado nuevo. Para este supuesto consejo mundial no se aporta tal autenticación.

Hay, además, una comprobación material. En su informe de resolución de casos de 2018, la Comisión de Estudio de Fenómenos Aeroespaciales de Argentina analizó las fotografías del famoso platillo de UMMO con la herramienta «Hilo vertical» del programa IPACO. El organismo encontró en el histograma una señal compatible con el tenue hilo de nailon que Jordán Peña había descrito para suspender la maqueta. No estamos solo ante una confesión tardía: un detalle físico del truco coincide con lo observado en las imágenes.
El vídeo llega, además, pegado al vencimiento de su propia profecía. La compilación afirmaba que el pacto debía quedar sellado antes de terminar julio de 2026 y que, si la situación no se revertía antes de ese mes, nuestro mundo estaría condenado. El vídeo se publicó el día 29. A 2 de agosto no se ha presentado ningún hecho público, específico y verificable que demuestre la firma del pacto, la instauración de un gobierno extraterrestre o el cumplimiento de aquella amenaza. Esto no convierte el silencio en una prueba absoluta de inexistencia, pero sí exhibe un problema decisivo: sin un criterio observable de cumplimiento, cualquier desenlace puede salvarse diciendo que todo ocurrió en secreto. Una hipótesis compatible con cualquier resultado no está arriesgando nada.
Merece la pena comparar todo esto con el poder internacional real, que tiene defectos de sobra sin necesidad de reptilianos. Naciones Unidas ofrece registros de votación desde 1946, y el sistema de votación del Consejo de Seguridad describe quince miembros, un voto por miembro y las mayorías necesarias. Hay desigualdades documentadas, vetos y negociaciones que no siempre son transparentes, pero nada de ello se parece a un consejo de 23 o 25 países votando entre dos especies alienígenas. Sobre todo, hay normas y actas que otros pueden consultar.
No hace falta imaginar una conspiración interplanetaria para explicar por qué el mundo parece a veces gobernado por intereses opacos. Basta con examinar las decisiones reales, que suelen ser aburridas, están fechadas y dejan rastro documental. Las supuestas actas del consejo galáctico, en cambio, no llevan sello ni firma. Llevan capturas de Twitter y unos cuantos «me gusta».