El misterio del huevo dorado del Pacífico, dos años y medio después

Hace ya dos años y medio, en septiembre de 2023, dediqué una entrada de este blog a un objeto que tenía a media comunidad oceanográfica intrigada y a la otra media especulando alegremente. Era una esfera dorada del tamaño aproximado de una pelota de tenis, con un agujero en uno de sus lados, posada sobre una roca volcánica a más de tres kilómetros de profundidad en el Golfo de Alaska. La habían filmado los pilotos del ROV Deep Discoverer, el vehículo submarino del buque Okeanos Explorer de la NOAA, y nadie sabía qué demonios era. ¿Un huevo? ¿Un capullo? ¿Una esponja muerta? ¿Los restos de algo que había salido del cascarón y se había marchado tan pancho? En aquel momento yo cerraba la entrada con la observación banal pero cierta de que los océanos siguen guardando muchísimos secretos, y de que probablemente en algún laboratorio terminarían diciéndonos qué era aquello. Pues bien: ya nos lo han dicho.

Esta misma semana la NOAA ha hecho público el resultado del análisis, junto con un preprint subido a bioRxiv firmado por investigadores de la propia NOAA Fisheries y del Smithsonian National Museum of Natural History. Y la respuesta, como suele pasar con casi todo lo que parecía extraordinario al principio, es bastante más prosaica de lo que algunos esperaban: el «huevo dorado» no era un huevo, ni un alien, ni una nueva especie esperando bautizo. Era el pegote dorado que las anémonas gigantes de la especie Relicanthus daphneae dejan adherido a la roca cuando ya no están encima. Es decir, lo que en su día fue la base de una anémona, la parte fea que normalmente queda escondida debajo del bicho y que casi nadie llega a ver. La anémona se fue (murió, se desprendió, se mudó, vaya usted a saber), y ese resto orgánico de células muertas y fibrosas fue lo que encontraron los robots iluminando con sus focos a tres mil doscientos metros de profundidad.

Lo curioso del caso, y aquí está lo que me parece interesante de contar, no es tanto el qué, sino el cómo. Porque los dos años y medio que han pasado entre el hallazgo y la identificación no han sido por desidia ni por desorganización: han sido el tiempo que de verdad cuesta resolver un problema cuando no tienes claro ni por dónde empezar a mirar. Allen Collins, zoólogo y director del Laboratorio Nacional de Sistemática de NOAA Fisheries, lo ha contado con bastante franqueza: al principio creyeron que sus protocolos de identificación de rutina darían la respuesta en poco tiempo, como pasa con la mayoría de muestras que les llegan. Pero esta no quiso colaborar.

El proceso fue una pequeña novela detectivesca. Primero, el examen morfológico: el objeto carecía de la anatomía típica de cualquier animal reconocible, pero estaba formado por un material fibroso, con superficie laminada, y plagado de cnidocitos, las células urticantes características de los cnidarios, ese grupo en el que están los corales, las medusas y las anémonas. Hasta ahí la pista era buena, pero amplia: hay decenas de miles de especies de cnidarios. Una investigadora del laboratorio, Abigail Reft, afinó la cosa identificando espirocistos, un tipo concreto de cnidocito que solo aparece en los hexacorales. Mientras tanto, comprobaron que un espécimen muy parecido recogido en 2021 durante una campaña del Falkor del Schmidt Ocean Institute tenía exactamente las mismas células. Coherencia, al menos.

El siguiente paso fue el ADN, y ahí volvieron a tropezar. El barcoding inicial, la técnica rápida de secuenciar un fragmento corto y compararlo con bases de datos, no daba resultados claros, probablemente porque la muestra estaba contaminada con material genético de bacterias, hongos y otros bichos microscópicos que la habían colonizado en el fondo del mar. Tocó pasar a la artillería pesada: secuenciación de genoma completo. Y entonces sí. Apareció ADN animal, y dentro de ese ADN una cantidad considerable de material genético de anémona gigante. Cuando compararon los genomas mitocondriales completos de los dos especímenes (el de Alaska y el de 2021) con la referencia conocida de Relicanthus daphneae, el resultado fue prácticamente idéntico. Caso cerrado.

Que la solución sea modesta no le resta interés. Al revés. Esto es exactamente lo que un escéptico debería celebrar: un misterio aparentemente fascinante que se resuelve con paciencia, técnica y trabajo de equipo entre especialistas en morfología, genética, exploración submarina y bioinformática. Nada de teorías sobre huevos extraterrestres, ningún «los científicos están desconcertados» alargado durante años en titulares de portales sensacionalistas, ninguna pirueta interpretativa. Simplemente se secuenció, se comparó, se identificó y se publicó. Lo que pasa es que el proceso lleva su tiempo, y vivimos en una época en la que el tiempo es justo lo que peor llevamos. Si en septiembre de 2023 el bicho hubiera sido bautizado por los tertulianos como «huevo extraterrestre del Pacífico», a estas alturas ya tendríamos documental y libro.

Hay también una pequeña moraleja epistemológica, casi tonta, pero que conviene recordar de vez en cuando. Cuando algo te parece extraordinario y nadie tiene una explicación inmediata, lo más probable no es que sea extraordinario: es que aún no lo hemos mirado bien. La trampa no está en que el objeto fuera raro (lo era, en el sentido de que nunca habíamos visto antes la base de una anémona separada del resto del cuerpo), sino en confundir «raro» con «inexplicable». El abismo entre las dos cosas suele ser, simplemente, el tiempo que tarda un equipo de gente competente en hacer su trabajo, secuenciador en mano y microscopio al lado.

Como anécdota final, y para los aficionados a las clasificaciones museísticas, el ya identificado huevo dorado vive ahora en la colección de Zoología de Invertebrados del Smithsonian, con la entrañable referencia USNM_IZ_1699903. Puede que sea uno de los pocos restos de anémona que tienen ficha propia y entrada en blogs de divulgación. Suya es la fama; nuestra, la lección.



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