¿La Atlántida en Kirguistán? Cómo convertir una ciudad medieval en un clickbait mitológico

Si hay algo que le gusta a la prensa británica más que una boda real, es encontrar la Atlántida. Da igual que sea en medio del Atlántico, en el sur de España o, como nos ocupa hoy, en un lago de alta montaña en Kirguistán a 1.600 metros de altura. El Daily Mail y otros medios se han lanzado estos días a publicar titulares rimbombantes sobre el hallazgo de una «ciudad sumergida» en el lago Issyk-Kul, calificándola alegremente como una «Atlántida de la vida real».
La realidad es que no estamos ante una civilización utópica de hace 10.000 años equipada con láseres y oricalco, sino frente a unas ruinas medievales que narran la vida cotidiana de la Ruta de la Seda antes de que un terremoto lo mandara todo al garete. Es un descubrimiento histórico notable, sin duda, pero admitamos que ‘Hallan restos de un asentamiento comercial del siglo XV’ es un titular que difícilmente compite en clics con la fantasía de resucitar, por enésima vez, el mito platónico.
Lo que realmente ha sucedido es que una expedición conjunta de la Academia de Ciencias de Rusia y la de Kirguistán ha estado buceando en la zona de Toru-Aygyr, y han econtrado unas ruinas que están a una profundidad ridícula de entre uno y cuatro metros. Dirigidos por el arqueólogo Valery Kolchenko (un hombre que probablemente suspira cada vez que lee la palabra «Atlántida» en un titular), los buzos han encontrado paredes de ladrillo cocido, una piedra de molino y lo que parece ser un edificio público, tal vez una madrasa o un hammam. También han hallado una necrópolis musulmana con esqueletos orientados hacia La Meca.
Aquí es donde el relato fantástico se desmorona. La Atlántida de Platón, si nos ponemos literales, se habría hundido «9.000 años antes de Solón», lo que nos situaría hacia el 9.600 a.C. La ciudad de Issyk-Kul, en cambio, se hundió debido a un terremoto catastrófico en el siglo XV d.C. Estamos hablando de una ciudad que coexistió con el Renacimiento italiano, no con los mamuts. Era un centro logístico de la Ruta de la Seda, un lugar de paso para comerciantes que llevaban especias entre China y el Mediterráneo. Su destrucción no fue un castigo divino de Zeus, sino la tectónica de placas haciendo su trabajo en una zona sísmicamente activa.
El lago Issyk-Kul («Lago Caliente» en kirguís, porque no se congela en invierno debido a su salinidad) es un imán para las leyendas. Es el segundo lago de montaña más grande del mundo después del Titicaca y no tiene desagüe visible, lo que hace que su nivel de agua fluctúe enormemente con los siglos, tragándose y escupiendo orillas según le convenga. Los lugareños cuentan historias sobre reyes con orejas de burro o tesoros de Gengis Kan ocultos bajo las aguas, y lo cierto es que es una joya arqueológica por derecho propio, con asentamientos escitas de hace 2.500 años en otras zonas. No necesita que le peguemos la etiqueta de «Atlántida» para ser importante.
Lo que tenemos en Kirguistán es un recordatorio fascinante de lo frágiles que son nuestras ciudades. Un día estás cobrando peaje a una caravana de camellos, y al día siguiente un terremoto te deja bajo el agua para que siglos después un turista te haga fotos. Es un hallazgo magnífico que nos habla de la economía global de la Edad Media, pero por favor, dejemos a Platón descansar tranquilo. Si cada vez que encontramos un ladrillo mojado gritamos «¡Atlántida!», el día que aparezca de verdad (que no lo hará), a nadie le va a importar.