Los profetas del COVID

Vivimos en una época curiosa donde exigimos una revisión por pares para aceptar una vacuna, pero convertimos en dogma de fe una captura de pantalla pixelada de un usuario con doce seguidores. Quizá te llegó al WhatsApp durante el confinamiento un tuit del 3 de junio de 2013 donde un usuario, un tal @marco_acortes, sentenciaba con brevedad bíblica: «Coronavirus….its coming». Siete años antes de Wuhan y siete años antes de que aprendiéramos a hornear pan de masa madre por aburrimiento. Pone la piel de gallina, ¿verdad?

Es una historia perfecta, la de un «Nostradamus» digital perdido en el éter de Twitter, pero el problema es que (como suele pasar con las buenas historias de conspiración) se desmorona en cuanto aplicamos esa herramienta tan aguafiestas llamada contexto. Para entender a Marco Acortes no hace falta una ouija, hace falta abrir un periódico de 2013. Aquí es donde nuestro «presentismo» nos juega una mala pasada, ya que leemos «Coronavirus» y nuestra mente viaja automáticamente al COVID-19, ignorando que la familia de los coronavirus lleva con nosotros desde los años 60.

Lo que Marco estaba viendo en la televisión aquel junio de 2013 no era una visión del futuro, sino el telediario de su presente. En mayo de 2013, el mundo contenía la respiración por el MERS-CoV (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio). Días antes del famoso tuit, la OMS había confirmado la transmisión entre humanos y Francia registraba su primera muerte. Marco no era un profeta; era un tipo asustado viendo las noticias (igual que tú o que yo). Su «predicción» tiene el mismo mérito místico que si alguien tuiteara hoy «La Gripe Aviar… ya viene». No es clarividencia, es actualidad.

Sin embargo, la paranoia colectiva rara vez se sacia con un simple mensaje de 140 caracteres (necesitamos cimientos más sólidos y «cultos» para construir una buena teoría de la conspiración), así que la búsqueda de patrones saltó de la pantalla del móvil a las estanterías de las librerías en busca de una autoridad literaria. Fue entonces cuando entró en escena Dean Koontz y su novela The Eyes of Darkness, impulsada por una fotografía de la página 312 que corrió como la pólvora por los grupos de Telegram. En dicha foto, un dedo acusador señalaba el párrafo exacto donde se mencionaba el virus «Wuhan-400». ¿Qué más pruebas queréis para convenceros de que todo estaba planificado desde mucho antes de que ocurriese?

Sin embargo, si realmente vas a tu biblioteca y sacas una edición de 1981 de ese mismo libro (si eres tan afortunado de tenerla), te llevarás una decepción mayúscula. En la versión original, el virus se llamaba «Gorki-400» y era un arma soviética.

Lo que ocurrió no fue un fenómeno paranormal, sino la caída del Muro de Berlín. En 1989, con la URSS desmoronándose, los villanos rusos dejaron de dar miedo en los thrillers. La editorial necesitaba un nuevo «malo» geopolítico, y China estaba en ascenso, así que cambiaron «Gorki» por «Wuhan» con un simple comando de «Buscar y Reemplazar». Pero aquí podrías decirme (con razón) que Koontz eligió Wuhan treinta años antes del COVID. ¿Premonición? No, pura probabilidad geográfica. Wuhan alberga el Instituto de Virología desde los años 50; situar allí una trama de armas biológicas en 1989 es tan «profético» como situar una trama de hackers en Silicon Valley o una de coches en Detroit.

Y para rematar el trío de falsas profecías tenemos a Sylvia Browne, la psíquica que en su libro de 2008 End of Days, predijo que «alrededor de 2020 una enfermedad grave similar a la neumonía se propagará por todo el mundo, atacando los pulmones y los bronquios y resistiendo todos los tratamientos conocidos. Casi más desconcertante que la enfermedad en sí será el hecho de que de repente desaparecerá tan rápido como llegó, y atacará de nuevo diez años después y luego desaparecerá por completo».

Aquí entra en juego lo que en estadística llamamos la Falacia del Francotirador de Texas: si disparas mil balas a un granero y luego pintas la diana alrededor del agujero donde más balas han impactado, parecerás un tirador de élite. Los epidemiólogos llevaban décadas avisando de que una pandemia global era una certeza estadística, no una posibilidad. Predecir que habrá una pandemia en un periodo de diez años es como predecir que habrá una recesión económica (vas a acertar seguro). Lo que nadie menciona es que Browne también dijo que la enfermedad «desaparecería tan rápido como llegó». Cualquiera que haya pasado por las sexta, séptima y octava olas sabe que ahí, la bola de cristal estaba un poco sucia.

Nos fascina la idea de que todo esté escrito. Preferimos creer que Marco Acortes es un viajero del tiempo o que Dean Koontz es un iniciado en los secretos del Club Bilderberg, porque la alternativa es aterradora. La alternativa es aceptar que la biología es caótica, que los virus mutan por azar y que a veces las cosas malas simplemente pasan sin que nadie haya pulsado un botón maestro. Marco Acortes no nos advirtió de nada. Solo nos recordó (sin quererlo) que la memoria humana es corta, pero nuestra imaginación para el desastre es infinita.

  • Hay dos diferencia, una vacuna te puede matar pero un tuit no.
    Si el gobierno te coacciona a ponerte una vacuna, puede estar cometiendo asesinato.
    Si te obliga a no escribir según que tuit, solo coarta tu libertad.

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