Los científicos que nadie está matando

Once nombres, varios laboratorios de alto secreto, muertes repentinas, desapariciones sin rastro y un gobierno que por fin se digna a investigar. La historia que lleva semanas corriendo por las redes tiene el aire de un guion mal escrito de Expediente X, y justo por eso se ha vuelto tan contagiosa. Cuando uno baja del titular al expediente, la trama se deshilacha.

La lista viral enumera a diez personas, once si se añade un caso de 2022, vinculadas de alguna manera a programas nucleares, aeroespaciales o de defensa estadounidenses. Entre ellas figuran William Neil McCasland, general retirado de la Fuerza Aérea que desapareció en Albuquerque el pasado febrero; Monica Reza, ingeniera aeroespacial perdida mientras hacía senderismo en los bosques de Los Ángeles; Nuno Loureiro, físico del MIT tiroteado en la puerta de su casa, o Carl Grillmair, astrofísico de Caltech muerto por un disparo en su porche. Varios medios han recogido la sensación creciente de que algo muy grave podría estar ocurriéndole al talento científico del país, y el Departamento de Energía ha confirmado que revisa el conjunto [1][2].

El problema empieza en el propio titular. Llamar al fenómeno «científicos desaparecidos» ya tuerce la foto, porque una parte notable de la lista no son científicos. McCasland llevaba más de una década retirado de la Fuerza Aérea y su propia esposa ha subrayado públicamente lo improbable que resultaría que alguien quisiera sonsacarle secretos tan viejos. Melissa Shirley Casias era administrativa en Los Alamos; Steven Garcia, encargado de propiedades del campus de seguridad nuclear de Kansas City; Anthony Chavez, empleado jubilado del laboratorio [1][3]. Meter a los cinco en el mismo saco que a un profesor del MIT y presentarlo todo como una purga de investigadores es una costosa trampa narrativa.

La segunda distorsión consiste en juntar hechos de naturaleza distinta. Nuno Loureiro fue asesinado en diciembre por un antiguo compañero de estudios portugués, Claudio Neves Valente, que la víspera había cometido un tiroteo masivo en la Universidad de Brown; el ATF y el FBI confirmaron después que las armas usadas en ambos ataques coincidían [1]. Carl Grillmair fue tiroteado en su porche en febrero, y las autoridades detuvieron ese mismo día a Freddy Snyder, un sospechoso con antecedentes de delitos violentos en la zona, ya arrestado meses antes por allanar la propiedad del astrofísico [3]. Son hechos terribles, pero son homicidios con autor conocido, encajables en la delincuencia violenta local o en el perfil de un acosador. Reetiquetarlos como «asesinatos misteriosos» exige ignorar lo que las propias policías han dicho.

La tercera manipulación es temporal. Michael Hicks, físico del JPL, murió en julio de 2023; Frank Maiwald, también del JPL, en julio de 2024; Amy Eskridge, en Alabama, en 2022, y su muerte quedó registrada oficialmente como herida autoinfligida [3]. No existe razón metodológica para agrupar esas defunciones con desapariciones ocurridas dos o tres años más tarde, salvo la de engordar la lista. Es el viejo recurso de mirar dónde están los impactos de bala, y dibujar ahí la diana: en un país con millones de trabajadores con alguna relación con sectores técnicos o de defensa, quien busque encontrará cuantas muertes tristes quiera amontonar a posteriori bajo un titular común. El caso de Jason Thomas, investigador de Novartis cuyo cuerpo apareció en un lago de Massachusetts en marzo, ilustra bien cómo el relato pisa el contexto humano: la fiscal del distrito y la policía de Wakefield informaron de que no había indicios preliminares de juego sucio, y su propia esposa relató que estaba devastado por la muerte casi simultánea de sus padres [1].

Queda, eso sí, un núcleo de casos genuinamente preocupantes que sería deshonesto minimizar. Las desapariciones abiertas en Nuevo México y California siguen sin resolverse; que Monica Reza se perdiera en una zona de montaña difícil es trágico, aunque las desapariciones en ese tipo de terreno son estadísticamente frecuentes en Estados Unidos y casi nunca guardan relación con el currículum profesional de la víctima; y que McCasland saliera de casa sin móvil, sin gafas y con un revólver del 38 es un dato inquietante, pero hasta hoy el sheriff del condado de Bernalillo mantiene que no hay evidencia pública de trama terrorista [1]. La propia respuesta institucional es bastante más mesurada de lo que sugieren los titulares: fuentes citadas por CBS News indicaron que el FBI no investiga el conjunto como un patrón sospechoso, sino que es el Departamento de Energía quien lo revisa, y el mensaje oficial es que, por ahora, no se ha hallado nada alarmante que unifique los expedientes.

Debajo de todo esto trabaja un mecanismo cognitivo bien documentado: la propensión humana a detectar patrones en el ruido. La investigación en psicología social ha mostrado que esa percepción ilusoria de figuras inexistentes predice con bastante precisión la creencia en teorías conspirativas y paranormales [4]. Una lista de once nombres heterogéneos, dispersos en cuatro años, con profesiones, localizaciones y circunstancias distintas, es exactamente el tipo de material sobre el que el cerebro empieza a trazar flechas que no están en el papel.

A día de hoy, la hipótesis más ajustada a los hechos públicos no es una eliminación sistemática, sino un agregado de casos muy distintos entre sí: dos homicidios con sospechoso identificado, varias desapariciones sin resolver pero verosímilmente explicables, tres muertes de años anteriores incorporadas a posteriori al relato y un gobierno que, con buen criterio, prefiere revisar el conjunto antes de descartarlo del todo. Que esa revisión acabe hallando algo inquietante es posible; que hasta hoy no lo haya hallado también forma parte de la historia, aunque rinda mucho menos en las redes donde la lista se escribió.



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