Las momias de Tarim

Las arenas del desierto del Tarim, en el extremo occidental de China, han custodiado durante milenios un legado humano que parece salido de una novela fantástica: momias perfectamente conservadas, con cabello rubio, pestañas visibles y ropajes de vivos colores, enterradas en ataúdes con forma de barco y señalizadas por estacas como si esperaran zarpar hacia otro mundo. No es de extrañar que, desde su hallazgo, hayan florecido teorías de lo más pintoresco en torno a ellas: desde gigantes ancestrales hasta visitas alienígenas. Pero antes de dejarnos arrastrar por los vientos del misterio, veamos qué dicen realmente la ciencia, la arqueología y la genética.
Las llamadas momias del Tarim fueron descubiertas entre los siglos XIX y XX por los exploradores Sven Hedin y Aurel Stein, aunque su estudio sistemático comenzó en 1978 gracias al arqueólogo Wang Binghua. Se hallaron en la cuenca del Tarim, en Xinjiang, y datan de entre 2100 a.C. y 200 d.C. Lo extraordinario no es solo su conservación —producto del clima extremadamente seco y salino— sino también su aspecto: altos, con rasgos «caucásicos», cabello claro y vestimenta de lana tejida en patrones similares al tartán. Esto fue suficiente para alimentar conjeturas sobre migraciones indoeuropeas, celtas asiáticos y razas arias perdidas.
Durante años se manejaron hipótesis sobre su origen. Algunos los asociaban a los tocarios, un antiguo pueblo indoeuropeo que habitó la región siglos después. Otros incluso los vinculaban con celtas o escitas. La reticencia de las autoridades chinas a permitir análisis de ADN durante los años 90 y 2000 avivó las sospechas de ocultamiento. Sin embargo, desde 2021 contamos con un estudio genético publicado en Nature que desmonta muchas suposiciones: estas momias pertenecían a una población autóctona, aislada desde tiempos paleolíticos, sin mezcla con pueblos indoeuropeos ni chinos del este. Tenían ascendencia de los antiguos euroasiáticos del norte, un linaje hoy extinto salvo por contribuciones parciales en poblaciones modernas.

Las prácticas funerarias también contribuyen al aura de misterio: la forma de los ataúdes, las estacas, el uso de efedra (una planta estimulante), y ofrendas de comida, queso e incluso figuras fálicas de madera. Algunos restos femeninos llevaban altos sombreros cónicos decorados, lo que ha dado pie a relatos sobre sacerdotisas, brujas y chamanas mágicas. Pero en ningún caso se han hallado inscripciones, artefactos avanzados o elementos que apunten a algo más allá de una religión animista, con símbolos de fertilidad y prácticas chamánicas comunes a muchas culturas prehistóricas.

Las teorías fantásticas son muchas y variadas. Se ha dicho que eran gigantes (cuando en realidad apenas medían entre 1,70 y 1,80 m), que eran europeos fundadores de la civilización china (cuando el ADN muestra que no estaban relacionados ni con los celtas ni con los tocarios históricos), que eran extraterrestres (a pesar de que sus restos son completamente humanos), o que sus tumbas están malditas (una idea importada de las momias egipcias sin sustento alguno en Xinjiang). Incluso se ha hablado de encubrimientos deliberados por parte del gobierno chino, y aunque es cierto que hubo restricciones políticas en torno a estos hallazgos, la evidencia disponible es cada vez más abundante y pública.
Y sin embargo, lo más fascinante de estas momias no es lo que la imaginación ha querido proyectar sobre ellas, sino lo que realmente fueron: seres humanos que vivieron hace cuatro mil años en uno de los lugares más hostiles del planeta, capaces de desarrollar una cultura rica, con textiles, creencias, comercio y adaptación. Pastores de los oasis que enterraban a sus muertos con cuidado, que tal vez miraban al cielo buscando respuestas, igual que nosotros. Su historia, contada sin adornos, es bastante más impresionante que cualquier fantasía.