3.300 dólares, telequinesis y una advertencia curiosa: no pienses demasiado

Hay un detalle en la publicidad del retiro Sensus que merece leerse dos veces. La página del curso advertía a los interesados que un escepticismo excesivo podía «alterar el aprendizaje grupal» y que la formación no era apropiada para quien necesitara «debatir, analizar o refutar» antes de experimentar. Dicho de otro modo: mejor no pensar mucho, solo vivirlo. Por 3.300 dólares (alojamiento aparte), esa era la condición de entrada a cuatro días en Heber Valley, Utah, donde se prometía enseñar telequinesis, visión extraocular, telepatía y, como colofón, la posibilidad de invitar a naves u orbes a acercarse.
El curso se celebró del 12 al 15 de julio de 2026 y lo organizó Ubiquity University con Chris Bledsoe como guía de las observaciones nocturnas. Durante el día, según la promoción, los participantes entrenarían capacidades psi muy concretas: mover objetos con la intención (incluida una ruedecita ligera bajo una campana de cristal), conseguir que cosas se adhirieran a superficies, magnetizar materiales que normalmente no responden a un imán, provocar cambios visibles en agua, fruta o huevos, y leer colores o símbolos con los ojos vendados. Por la noche, el grupo saldría a mirar el cielo con la idea de que la intención colectiva y esa «visión extraocular» ayudarían a localizar naves.
Todo esto suena a mucho para un fin de semana largo. Y ahí está precisamente el problema: cuantas más capacidades extraordinarias se prometen a la vez, más fácil es que el participante encuentre «algo» que confirme al menos una de ellas, sobre todo si el entorno está diseñado para eso.
Empecemos por lo más tangible: el vídeo. Tras el encuentro circuló una grabación atribuida a una observación de Bledsoe y el grupo, con una luz en movimiento y también un avión pequeño en el mismo cielo. La publicación llevaba la referencia «7/26», que admite dos lecturas (26 de julio o, más vagamente, julio de 2026), mientras que el curso había terminado el día 15. Otra captura, atribuida a la familia, situaba la grabación en la primera semana de julio, hacia las 23:30. Es decir, ni siquiera hay acuerdo sobre cuándo se grabó exactamente lo que se grabó.
Chris Bledsoe just posted a new orb video from Park City, Utah on July 26. The video includes a plane for comparison. 👀 pic.twitter.com/4ER3XLz3ae
— Astral🛸 (@The_Astral_) July 28, 2026
En el foro Metabunk se pusieron a comparar ese cielo con estrellas visibles, vuelos comerciales y pasos de satélites. Encontraron un avión monomotor, matrícula N589C, que había sobrevolado la zona en una de las fechas posibles, y también estudiaron un paso de la estación espacial china Tiangong durante la primera noche del curso. La trayectoria de Tiangong parecía prometedora al principio, pero al ajustar la posición exacta del observador aparecían discrepancias que no terminaban de cerrar el caso. La conclusión honesta es que, sin fecha, hora, posición y orientación fiables, no se puede reconstruir ese cielo con precisión. Y conviene subrayar algo que se olvida con frecuencia: que algo quede «no identificado» describe los límites de los datos que tenemos, no la naturaleza del objeto. No identificado no es sinónimo de extraterrestre, es sinónimo de que faltan datos.
Dejemos el cielo y bajemos a la campana de cristal. La idea de mover una rueda muy ligera con la mente es un clásico de la parapsicología casera, y también un ejemplo perfecto de por qué los objetos sensibles son mal candidato para demostrar nada. Una rueda de papel o metal muy liviana puede moverse por corrientes de aire, por la simple convección que genera el calor de las manos cercanas, por vibraciones del suelo o por electricidad estática. Meterla bajo una campana ayuda, pero no basta por sí sola: haría falta un recipiente realmente hermético, equilibrio térmico, aislamiento de vibraciones, ausencia de cargas estáticas y un registro ciego de lo que ocurre. Cuanto más sensible es el objeto elegido para la demostración, más fácil es lograr que «algo se mueva» y más estrictos tienen que ser los controles, no al revés.
Con la lectura de colores con los ojos vendados pasa algo parecido. Es uno de los números más viejos del ilusionismo de escenario, y una pequeña rendija junto a la nariz puede aportar toda la información visual necesaria. Para que una prueba de este tipo signifique algo habría que usar un antifaz verdaderamente opaco, un control independiente, objetivos elegidos al azar que ni siquiera el instructor conozca de antemano, y un protocolo que impida cualquier pista involuntaria (un gesto, un cambio de tono de voz, una pausa). Lo mismo vale para magnetizar materiales o alterar una muestra de fruta o huevo: haría falta definir de antemano qué se va a medir, tener muestras de control indistinguibles, asignar los tratamientos al azar y evaluar los resultados a ciegas. «Cambio visible» suena convincente en un testimonio, pero es una expresión demasiado elástica para funcionar como criterio científico.
Aquí conviene recordar un episodio histórico que debería estar en el manual de cualquier investigador de fenómenos psi: el Proyecto Alpha. Dos jóvenes magos se presentaron ante un laboratorio de parapsicología como sujetos con poderes psicokinéticos y, durante veintiún meses, produjeron efectos aparentemente inexplicables usando trucos y aprovechando fallos de protocolo, hasta que ellos mismos revelaron el engaño. La lección no es que todo el que participa en estos retiros esté haciendo trampas (probablemente casi nadie las hace), sino que la sinceridad del sujeto no es suficiente garantía. Un protocolo débil no puede distinguir entre poder paranormal real, autoengaño, un efecto físico ordinario mal identificado y un simple truco.
¿Y qué dice la ciencia acumulada sobre la psicokinesis en general? Poca cosa buena para quienes la defienden. Una revisión del National Research Council estadounidense, publicada en 1988 tras examinar técnicas paranormales de interés militar, no encontró justificación científica para afirmar que esos efectos existieran. Un meta-análisis de 2006 que reunió 380 estudios sobre la posible influencia mental en generadores de números aleatorios detectó un efecto agregado minúsculo, muy heterogéneo entre estudios y más intenso precisamente en los experimentos más pequeños, un patrón que, según los autores, podía explicarse por sesgo de publicación. Nada de eso demuestra que una persona pueda mover una rueda, magnetizar un metal o cambiar una fruta con la mente.
Todo el formato de un retiro como este (precio elevado, expectativas altas, ejercicios ambiguos, testimonios compartidos en grupo y, para terminar, una recomendación explícita de no analizar demasiado) es el caldo de cultivo perfecto para el sesgo de confirmación y el contagio social. Si un grupo entrenado para «invitar» orbes pasa horas mirando el cielo nocturno, es prácticamente inevitable que algo aparezca (un avión, un satélite, un reflejo) y que la experiencia subjetiva de haberlo provocado sea intensísima, aunque el estímulo sea del todo ordinario.
Vale la pena mencionar también el asunto del «crédito académico». La propia página de acreditación de Ubiquity University reconoce que el Global Accreditation Council que la respalda no está reconocido oficialmente por los organismos de acreditación de Estados Unidos ni de la Unión Europea. Esto no la convierte en una universidad falsa ni implica nada ilegal, pero sí marca una diferencia importante entre ofrecer créditos y contar con una acreditación validada externamente. Y ese matiz no es casual: una institución que se autoevalúa se parece bastante a una demostración psi que se valida a sí misma sin dejar entrar observadores críticos.
Que quede claro: nada de esto prueba que Sensus fuera un fraude deliberado ni insulta a quienes pagaron por asistir, con toda seguridad, con curiosidad genuina. El problema no es la buena fe de los participantes, sino que el diseño del retiro (empezando por esa advertencia contra el pensamiento crítico) hace casi imposible distinguir una capacidad real de todo lo que puede imitarla: el aire caliente de una mano, un avión nocturno, la sugestión de un grupo entusiasta. Si la telequinesis existiera de verdad, el escepticismo no la haría desaparecer. Al contrario, sería la única forma de separarla, con garantías, de todo lo demás que se le parece.