Desarmando el camuflaje del cáncer

Hace años que circulan por las redes sociales historias sobre remedios milagrosos contra el cáncer: desde zumos de remolacha que supuestamente «atacan las células malignas» hasta megadosis de vitamina C que prometen «combatir el tumor», pasando por terapias de «desintoxicación» que aseguran «matar de hambre» a las células cancerosas, dietas alcalinas que presuntamente lo «disuelven», o hierbas exóticas importadas de lugares remotos con nombres que suenan a curandería.
He escrito bastante sobre eso aquí en el blog, y la realidad es siempre la misma: esos remedios simplemente no funcionan.
El cáncer incluso es capaz de burlar el propio sistema inmunológico del enfermo. Los científicos serios llevan años investigando a fondo cómo lo hace. Y lo más fascinante es que están a punto de ganarle la batalla a esta terrible enfermedad.
El truco que ha perfeccionado el cáncer a lo largo de la evolución es casi de ciencia ficción. Las células tumorales se cubren con una densa capa de moléculas azucaradas llamadas glicanos, especialmente ricas en algo llamado ácido siálico. La cosa funciona así: los azúcares de esa capa se acoplan a receptores específicos en las células inmunitarias llamados Siglec. Cuando esto sucede, la célula defensiva se detiene. No es que el sistema inmune sea estúpido o falle; es que el cáncer literalmente presiona un botón biológico que dice «espera, no me ataques». Esos receptores Siglec actúan como frenos. El sistema de defensa del cuerpo está ahí, patrullando, viendo el tumor, pero tiene los frenos echados. El resultado práctico es que el cáncer crece sin ser molestado, rodeado de células inmunitarias que técnicamente podrían destruirlo pero que están bloqueadas por esta engañifa molecular.
Durante años, los investigadores se han preguntado: ¿qué pasaría si simplemente quitáramos ese escudo? A partir de 2020, científicos de Stanford liderados por la química Carolyn Bertozzi comenzaron a explorar esta idea en serio, y lo que descubrieron abrió un campo completamente nuevo.
El primer enfoque es lo más directo que existe: cortar físicamente esos azúcares. Bertozzi y su equipo en la empresa Palleon Pharmaceuticals desarrollaron un fármaco llamado E-602 que funciona como unas tijeras moleculares especializadas. El medicamento combina dos enzimas cortadoras de ácido siálico unidas a un fragmento de anticuerpo. Lo ingenioso es que el anticuerpo actúa como un buscador que guía el fármaco hasta la célula cancerosa, y una vez allí, las enzimas se desatan y comienzan a destrozar la capa azucarada. En 2022, E-602 se convirtió en el primer tratamiento de este tipo en entrar en ensayos clínicos con humanos, un hito importante que mostró que la idea no era solo teoría de laboratorio.
Pero Bertozzi no se conformó con una sola estrategia. Junto con Jessica Stark del MIT, diseñó moléculas aún más sofisticadas llamadas AbLecs (anticuerpo-lectina quimeras) que combinan lo mejor de dos mundos: un anticuerpo que se dirige al tumor y una lectina que es una proteína «pegajosa» con una afinidad casi obsesiva por los azúcares específicos. El efecto es como si envolvieras el escudo de invisibilidad del tumor en un chaleco fluorescente. De repente, el cáncer queda expuesto. En experimentos con ratones, cuando se aplicaron estas AbLecs a tumores de mama, las metástasis pulmonares se redujeron drásticamente comparadas con los tratamientos convencionales. La promesa de estos resultados fue tan grande que Stark y Bertozzi fundaron una nueva empresa llamada Valora Therapeutics para llevar la tecnología a la clínica.
Lo realmente elegante de las AbLecs es que funcionan como un juego modular. Los científicos pueden cambiar la parte de anticuerpo para atacar diferentes tipos de cáncer —HER2 para mama, CD20 para linfomas, EGFR para colon— mientras mantienen el sistema de desmantelamiento azucarado. Es como si tuvieras un sistema base funcional y solo necesitaras cambiar las herramientas según el trabajo a realizar.
Mientras algunos equipos atacaban el problema por fuera, otros decidieron modificar al enemigo desde adentro. Un grupo en Amsterdam utilizó la herramienta de edición genética CRISPR/Cas9 para eliminar directamente el gen CMAS en células de cáncer de colon, el gen responsable de producir ácido siálico. El resultado fue sorprendente: los tumores sin esa cobertura azucarada crecían mucho más lentamente y los ratones sobrevivían más tiempo porque su sistema inmunológico podía atacar sin inhibiciones. Lo más interesante fue descubrir que en algunos casos, quitar el azúcar fue incluso más efectivo que los inmunoterápicos convencionales basados en PD-1/PD-L1, esos que habían revolucionado el tratamiento del cáncer hace unos años.
Otros investigadores exploraron el lado defensivo: ¿qué pasa si enseñas al sistema inmune a ignorar el señal de stop del azúcar? La empresa francesa Innate Pharma desarrolló anticuerpos que bloquean directamente los receptores Siglec en las células inmunitarias, esencialmente tapando los «oídos» de estas defensas para que no escuchen los mensajes de pausa que envía el tumor. Paralelo a esto, científicos europeos diseñaron células CAR-T —esos linfocitos T modificados que han funcionado bien contra algunos cánceres— entrenadas específicamente para reconocer azúcares anormales como el sialyl-Tn que adornan muchas células cancerosas. En 2025 reportaron que estos CAR-T logran destruir eficazmente tumores gástricos, ováricos e intestinales, atacando incluso metástasis.
Luego están las estrategias más creativas. Investigadores chinos armaron a los macrófagos —células inmunitarias como soldados de infantería— con receptores CAR y sialidasa, convirtiéndolas en máquinas de guerra que simultáneamente degradan el escudo azucarado y atacan la célula cancerosa. Otros han fusionado estas enzimas cortadoras de azúcar con BiTEs, unos anticuerpos especiales que actúan como brokers entre células T y tumores, permitiendo un contacto más íntimo y letal.
No toda la acción ocurre en el dominio de proteínas y células vivas. La química de síntesis también se ha unido a la lucha. Moléculas llamadas glicomiméticos —imitadores sintéticos de azúcares naturales— pueden incorporarse en las células cancerosas e interferir con los propios sistemas de construcción del escudo. Un compuesto experimental llamado P-3Fax-Neu5Ac actúa como un falso ladrillo que bloquea las enzimas sialiltransferasas que agregan ácido siálico a los glicanos. Cuando se administra en modelos animales, muestra efectos antitumorales potentes. En Europa, esta visión es tan promisoria que en 2024 arrancó un ambicioso proyecto internacional llamado GlyCanDrug, que incluye investigadores del CSIC en España, dedicado específicamente a desarrollar pequeñas moléculas «anti-azúcar» que puedan servir como fármacos de precisión.
Incluso la nanotecnología se ha sumado al esfuerzo. Los investigadores crean nanopartículas recubiertas con ácido siálico que actúan como caballos de Troya: se adhieren tanto a las células tumorales como a las inmunes circundantes, depositando fármacos donde más se necesitan. Es casi paradójico: usando los mismos azúcares que el cáncer usa para protegerse, los científicos crean vehículos de entrega que burlan las defensas del tumor.
Lo que emerge de toda esta actividad investigadora es un cambio de paradigma. Durante años, el enfoque principal en oncología fue atacar directamente a la célula cancerosa —matarla con quimioterapia, radiación o inmunoterapia dirigida a sus mutaciones. Pero el cáncer tiene un problema mucho más fundamental y tal vez más vulnerable: sus azúcares. Quitar ese escudo no mata directamente la célula cancerosa, sino que la hace visible, identificable, vulnerable. Devuelve al sistema inmunológico la capacidad que siempre debería haber tenido.
Es cierto que por ahora ninguna de estas terapias anti-glicanos ha recibido aprobación estándar como tratamiento principal para el cáncer. La mayoría sigue en laboratorio o en ensayos preclínicos. Pero E-602 de Palleon ya está en humanos, y los resultados iniciales sugieren seguridad. Si los estudios continúan con éxito, es plausible que en los próximos cinco a diez años comencemos a ver estas terapias «dulces» —así llamadas porque atacan específicamente los glicanos— llegar a los hospitales como parte del arsenal contra el cáncer.
Lo que hace especialmente esperanzador este campo es que no depende de encontrar mutaciones específicas o vulnerabilidades únicas de cada tumor. Los azúcares del cáncer son casi universales: prácticamente todos los tumores usan este truco para esconderse. Eso significa que las terapias que logran desmantelar este escudo podrían potencialmente funcionar contra muchos tipos de cáncer, lo cual es un cambio radical en una enfermedad históricamente fragmentada en docenas de variantes inmanejables.
Cuando la próxima ronda de ensayos clínicos confirme que estas estrategias son seguras y efectivas, podremos decir que finalmente aprendimos a quitarle al cáncer su máscara de azúcar más sutil. Y eso, literalmente, podría hacer toda la diferencia en el futuro del tratamiento del cáncer.