Objetivo Groenlandia

Anoche, el telediario de Antena 3 de la mano del periodista Vicente Vallés, introducía la noticia con gesto grave: Donald Trump vuelve a estar en el centro del huracán por sugerir, una vez más, que Estados Unidos debería hacerse con Groenlandia, sin descartar hacerlo vía intervención militar.

Pese a ser un periodista con un ideario bastante conservador, el tono que usó Vallés para dar la noticia era bastante hostil contra la política de Trump: otra locura del presidente, que cada vez más, ofrece un tinte imperialista que puede llevar a la humanidad al desastre más absoluto. Hacerlo, supondría atacar a un país aliado, Dinamarca, que es quien tiene la soberanía de Groenlandia. Supongo que ni siquiera Valles tiene el carácter necesario para mostrar la realidad de lo que está pasando, a un público mediatizado por tanta propaganda izquierdista contra Trump. Es más fácil ponerse del lado de la mayoría y evitar críticas.

Pero analicemos la situación, no para defender a Trump, porque no lo necesita, sino para contar con claridad qué hay realmente detrás de esta historia y por qué Groenlandia aparece de repente como escenario de una supuesta amenaza militar. Porque si nos decidimos a profundizar en la situación, la imagen del presidente caprichoso señalando un mapa con el dedo empieza a desdibujarse.

Groenlandia no es un territorio vacío ni una tierra de nadie a la espera de ser reclamada. Es una región autónoma que forma parte del Reino de Dinamarca, con su propio parlamento y amplias competencias internas, aunque la política exterior y la defensa sigan dependiendo de Copenhague. Y, detalle que suele omitirse, Estados Unidos lleva allí presente desde hace décadas. En plena Guerra Fría instaló la base aérea de Thule, hoy llamada Pituffik, que sigue siendo una pieza clave del sistema de alerta temprana y defensa antimisiles norteamericano. Todo ello con acuerdos formales, sin invasiones, sin banderas plantadas a la fuerza.

Entonces, ¿qué es lo que está pasando ahora? Groenlandia vive en estos días un debate interno de enorme calado. Su población tiene reconocido el derecho a decidir la independencia y desligarse de Dinamarca, y esa posibilidad está presente desde hace años en el discurso político local. Sobre el papel, la idea de un Estado propio resulta atractiva, pero en la práctica dejaría a un territorio inmenso, escasamente poblado y con recursos muy codiciados en manos de una clase política joven y con una capacidad limitada para resistir presiones externas. En ese escenario, el riesgo no es una invasión militar directa, sino que la región acabe gestionada pensando más en el enriquecimiento rápido de unos pocos, vendiendo al mejor postor sus recursos naturales y su posición estratégica, que en el bienestar real de la población.

Conviene detenerse un momento en esos recursos tan codiciados, porque no son una abstracción. Bajo el hielo y el suelo de Groenlandia hay importantes reservas de minerales estratégicos: tierras raras imprescindibles para la electrónica y la tecnología militar; uranio; zinc; hierro; oro; y otros metales críticos para la economía industrial moderna. A eso se suman posibles yacimientos de petróleo y gas, todavía poco explotados por razones ambientales y técnicas, y unos caladeros que pueden ganar valor con el cambio climático. No es una riqueza inmediata ni fácil de extraer, pero sí lo bastante valiosa como para atraer el interés sostenido de potencias oportunistas.

A esa ecuación hay que añadir otro elemento clave que explica por qué el Ártico ha dejado de ser un escenario remoto. El deshielo progresivo está haciendo navegables durante más meses al año rutas marítimas que hasta hace poco eran impracticables. Pasar por el norte reduce miles de kilómetros los trayectos entre Asia, Europa y América del Norte, abarata costes y evita cuellos de botella tradicionales como el canal de Suez o el de Panamá. Lo que durante siglos fue una barrera natural se está convirtiendo en una autopista comercial emergente, y controlar sus accesos, puertos y puntos de apoyo se ha vuelto una prioridad estratégica para cualquier potencia que piense a largo plazo.

Aquí es donde conviene mirar más allá del ruido y fijarse en lo que ya está ocurriendo en otros lugares del mundo. China ha desarrollado en África una estrategia bien conocida: acuerdos con gobiernos necesitados de capital e infraestructuras, financiación de carreteras, puertos, aeropuertos o ferrocarriles que, sobre el papel, prometen desarrollo, pero que en la práctica están diseñados para facilitar la extracción y el transporte de materias primas hacia China. A cambio, concesiones mineras, energéticas o agrícolas a largo plazo y flujos de dinero que rara vez llegan a la población y suelen quedarse en manos de las élites políticas. Es una forma de control que no requiere ocupar formalmente el territorio, pero que genera dependencia económica y capacidad de influencia real.

Rusia sigue una lógica distinta, pero complementaria. Ha reforzado su presencia en el Ártico, modernizado bases y normalizado una estrategia de hechos consumados en regiones donde la atención internacional es limitada. No hace falta una invasión clásica: basta con consolidar posiciones poco a poco hasta que revertir la situación tenga un coste inasumible.

Ante este panorama, no resulta especialmente difícil entender la posición del gobierno de Estados Unidos, al margen del estilo más o menos estridente con el que se exprese su presidente. Para Washington, permitir que Groenlandia derive hacia una situación en la que China o Rusia ganen influencia decisiva supondría aceptar que potencias rivales se instalen en un punto clave de su seguridad nacional. No se trata de una obsesión personal ni de una extravagancia ideológica, sino de una lógica estratégica bastante elemental: dejar que un adversario controle, directa o indirectamente, un territorio de este valor sería algo muy parecido a permitir que se instale en el patio trasero de tu propia casa.

Trump utiliza un lenguaje deliberadamente exagerado, maximalista, pensado para llamar la atención y marcar posición, no para describir un plan militar en marcha. En diplomacia, y esto conviene no olvidarlo, decir algo no equivale a hacerlo, y muchas declaraciones existen sobre todo para consumo interno o como forma de presión. Convertir automáticamente cada frase grandilocuente en un anuncio de guerra es una forma cómoda de generar alarma, pero una forma bastante pobre de entender cómo funcionan estas cosas.

Si volvemos ahora a la escena inicial del informativo, la noticia se ve con otros ojos. No se trata de absolver a Trump ni de señalar a Vallés, sino de recordar que la realidad se ve muy distinta según el prisma desde el que la mires. A veces el problema no es que alguien diga una barbaridad en voz alta, sino que mientras todos miramos esa barbaridad, otros avanzan en silencio. Y Groenlandia, tan blanca y aparentemente vacía en los mapas, es un buen recordatorio de que la geopolítica real suele ser menos estridente que la televisada, pero bastante más inquietante.

  • Qué lástima que fue en la oreja…

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  • @ Kurrupypy:
    :meparto: Que mala leche

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  • @ lamentira:

    Es que no merece otra cosa este energúmeno :nose: . Más allá de que el que acaba de detener sea otro impresentable como él

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