El mito del CTA “madridista”: cuando la coartada del Barça no resiste la hemeroteca

Hay un patrón muy reconocible en la historia del Barcelona: cuando algo no sale bien, lo primero es mirar hacia afuera y encontrar un culpable. Si no hay culpable evidente, se inventa uno. Y si el culpable inventado encaja bien con una narrativa épica de persecución, todavía mejor. Así funciona el relato que ha circulado durante décadas sobre José Plaza Pedraz, quien presidió el Comité Técnico de Árbitros entre 1967 y 1970, y luego de nuevo entre 1972 y 1990. La acusación es tan antigua como efectiva: Plaza era un madridista que utilizó su poder para repartir ligas como si fueran caramelos a los blancos mientras hundía sistemáticamente al Barcelona. Suena dramático, ¿verdad? Es que precisamente por eso funciona tan bien en redes sociales.
Y luego, cuando los documentos desclasificados del caso Negreira salieron a la luz, la defensa Barcelona escaló la teoría. Ya no era solo Plaza, es que todos los presidentes del CTA a lo largo de la historia han estado relacionados con el Real Madrid. Todos ellos. Como si existiera una gran conspiración de décadas, un CTA que funcionara como una rama ejecutiva del Madrid.

El argumento es tan abarcador que prácticamente imposible de verificar: si falla en un caso, bueno, es que en otro sí funcionó. La lógica es circular y perfecta, lo cual es exactamente lo que la hace sospechosa. Y tiene una función muy clara: después de que te han pillado corrompiendo el sistema arbitral durante décadas, necesitas una coartada. Una coartada grande. Del tamaño de una conspiración que abarque cincuenta años. El relato se convierte en: «Claro que pagamos a Negreira, claro que compramos el sistema arbitral, pero es que el Madrid siempre lo había hecho, solo que de forma más discreta. Nosotros simplemente pusimos precio a lo que el Madrid hacía de gratis». Es una acusación brillante desde el punto de vista de la defensa: no niegas lo que hiciste, sino que lo universalizas y lo conviertes en algo que todos hacían. Al pobre Barcelona no le quedaba otra opción que comprar el sistema arbitral, porque el sistema ya estaba comprado. Para el Madrid, claro.
Lo problemático de este relato es que cuando empiezas a hurgar en los documentos, en los expedientes de la época, en lo que realmente pasó en los casos concretos, la historia se desmorona de una forma bastante cómica. No porque Plaza fuera un santo, que no lo era, sino porque resulta que los intentos documentados de compra de árbitros durante su mandato no implicaban al Real Madrid. Implicaban al Barcelona. Y aquí es donde la ironía se vuelve casi perfecta: quienes acusan a Plaza de manipular el arbitraje en favor del Madrid resultan ser exactamente los que intentaban comprar árbitros para ganar partidos.

El primer problema con la teoría de «Plaza contra el Barcelona» es que no resistirá ni treinta segundos de mirada al gráfico de ligas. Durante la presidencia de los primeros árbitros, antes de que Plaza llegara, el reparto era prácticamente simétrico. Luego, cuando Plaza entra en escena, ocurre algo que los defensores de esta teoría nunca explican bien: el Madrid comienza a ganar más ligas, sí, pero el Barcelona también gana más que antes. No es que se le cierren todas las puertas al equipo azulgrana; es que ambos equipos comienzan a dominar más. ¿Por qué? Porque llegó el Madrid de los Ye-yé, la Quinta del Buitre, equipos con capacidad deportiva y económica real para ganar títulos. No porque Plaza se levantara por las mañanas pensando en cómo sabotear al Barcelona.
Pero dejemos el gráfico a un lado y vayamos a lo que ocurrió cuando Plaza tuvo margen de maniobra real. En febrero de 1973, en el Camp Nou, se produjo una escena tan absurda como reveladora. Antes de un Barcelona-Betis, el directivo azulgrana Xavier Amat se acercó al árbitro Medina Iglesias —aún vestido de paisano— y le lanzó una pregunta inexplicable: “¿Le hizo llegar don Antonio Camacho unas cortadoras?”. Aquella palabra, “cortadoras”, era la clave para un sobre con cien mil pesetas que, según Amat, el Barça había entregado al árbitro Antonio Camacho para que se lo hiciera llegar a Medina como pago por el Burgos-Barça de la temporada anterior. El problema es que Medina no había recibido nada, ni sabía que “había dinero en circulación”. Y ahí se destapó el verdadero alcance del asunto: dentro del entorno azulgrana circulaba la idea de que aquel partido estaba comprado, pero el árbitro que supuestamente había cobrado el soborno no tenía noticia alguna. En otras palabras, el Barça actuaba como si hubiera comprado un encuentro. El árbitro implicado ni siquiera sabía que ese partido estaba, supuestamente, comprado.
Medina se quedó perplejo. Había arbitrado ese partido de Burgos, el Barcelona ganó sin intervención suya, y de repente se enteraba de que, oficialmente, constaba como comprado. Redactó un informe detallado y lo envió al Comité Nacional de Árbitros. Ese informe durmió tres años en un cajón. Cuando Plaza regresó a la presidencia en 1975, el asunto se reactivó. La prensa, especialmente José María García, explotó el tema y comenzó a hablar abiertamente de una trama organizada de compra de árbitros donde el Barcelona era cliente activo. Algunos colegiados ni siquiera sabían que se estaba comerciando con sus partidos a sus espaldas.
Ahora bien, aquí es donde pasa algo muy peculiar. Si Plaza era realmente un conspirador madridista dispuesto a todo, tenía delante una oportunidad de oro para hundir al Barcelona. Se le presentaba en bandeja un caso de corrupción sistemática en el que el club azulgrana estaba literalmente intentando sobornar a los árbitros. ¿Qué hizo Plaza? Se investigó de forma discreta, se filtraron cosas a prensa, algunos árbitros desaparecieron progresivamente de las designaciones. Pero no se sancionó ejemplarmente al Barcelona. Xavier Amat, el directivo señalado como el que pasaba los sobres, no fue inhabilitado. El club siguió ganando títulos. Si Plaza quería venganza contra el Barça, esa era su oportunidad y la desperdició por completo.
Diez años después ocurrió lo segundo, y es igualmente revelador. En 1985, el árbitro Anastasio Mayoral Cedenilla denunció que, antes de un Barcelona-Lleida de Copa, se intentaba comprar su actuación, según la denuncia del propio Mayoral a favor del Barcelona con una oferta de millón y medio de pesetas, más cien mil de adelanto. Mayoral tenía pruebas: grabación telefónica, tarjeta de visita, foto del intermediario. Lo presentó todo al Comité de Árbitros que presidía Plaza. Y otra vez, lo que ocurrió fue sorprendente: en lugar de proteger al denunciante, Mayoral se sintió en una encerrona. Lo citaron para un careo que no esperaba, lo obligaron a escalar el caso al Consejo Superior de Deportes, donde sí se sintió escuchado. El único sancionado fue Andradas, un intermediario, con dos años de suspensión, una noticia que salió en un recuadrito mínimo. El Barcelona, pese a ser el club que supuestamente iba a beneficiarse del soborno, no recibió sanción deportiva de ningún tipo.
Dos intentos documentados —al menos los dos casos mejor acreditados en prensa y expedientes— de compra de árbitros. Dos veces el Barcelona en el banquillo. Dos veces el Barcelona sale prácticamente ileso. Si Plaza fuera realmente el conspirador madridista que la leyenda describe, estas serían las dos mejores oportunidades de su vida para demostrar que la justicia arbitral funcionaba y que el Barcelona era el culpable. En su lugar, hizo lo que haría un gestor de conflictos en un sistema de poder donde el Barcelona y sus dirigentes tenían influencia: minimizó el escándalo y protegió al club de lo peor.
Y luego está la célebre frase: “Mientras Plaza sea presidente, el Barcelona no volverá a ser campeón”. Durante años se ha repetido como si la hubiera pronunciado el propio Plaza, casi una confesión de madridismo militante. Pero ocurrió justo al revés. La dijo Antonio Camacho, el árbitro implicado en el primer escándalo del sobre de cien mil pesetas, cuando Plaza lo apartó definitivamente de la carrera arbitral. Camacho, resentido por la expulsión y con ganas de presentarse como víctima, soltó la frase en una entrevista en el diario barcelonés Dicen, consciente de que encajaba a la perfección en el clima de sospecha que rodeaba al barcelonismo de la época. Con el tiempo, esa declaración nacida del despecho se fue diluyendo en la memoria colectiva y acabó atribuida a Plaza, convertida en una “profecía” que él jamás pronunció.
Sobre la idea de que Plaza era un madridista con control absoluto, conviene mirar primero cómo funcionaba el sistema. Durante buena parte de su primera etapa, entre 1967 y 1970, él apenas decidía nada: eran los propios clubes quienes enviaban listas con sus árbitros preferidos y vetaban a los que no querían ver ni en pintura. En ese escenario, el Barça sacó un rendimiento notable. Su colegiado de confianza, Antonio Rigo Sureda, llegó a pitarle 16 de 39 partidos de Liga en la 1967-68 y 5 de 9 en la Copa. Según la investigación de Futbolgate, ese mismo Rigo aparecería más tarde señalado dentro de la trama de corrupción arbitral de la época y acabaría siendo apartado por el Comité de Competición. En cualquier caso, lo que muestran aquellos años de “listas” es un desfile de conflictos de interés fabricados desde los propios clubes, no desde el despacho de Plaza.
Y sobre el pasado futbolístico de Plaza como prueba de su sesgo madridista: jugó en el Plus Ultra y en el Atlético Aviación, no en el Real Madrid. El convenio por el que el Plus Ultra se convierte en filial del Madrid es posterior a su época como jugador. Cuando él pasaba por el Plus Ultra, todavía no era filial madridista. Entonces, la base biográfica del relato de «Plaza el madridista de siempre» es también frágil.
Entonces, ¿de dónde sale la gran diferencia de Ligas que muestra el gráfico a partir de los años setenta? La explicación es menos conspirativa y mucho más simple: historia deportiva pura y dura. A finales de los sesenta y durante buena parte de los setenta el Real Madrid encadenó generaciones extraordinarias. Primero heredó el impulso del Madrid de los Ye-yé, con Amancio, Pirri, Zoco o Velázquez, y después consolidó un bloque muy sólido con Santillana, Del Bosque, Breitner o Netzer. Ya en los ochenta irrumpió la Quinta del Buitre: Butragueño, Míchel, Sanchís, Martín Vázquez y compañía, un equipo capaz de dominar el campeonato con autoridad. El Barça también ganó títulos en esos años, pero menos. No porque alguien moviera hilos desde el CTA, sino porque el Madrid tuvo una superioridad deportiva real durante esas décadas. Eso es lo que refleja el gráfico: una diferencia futbolística, no una conspiración en los despachos.
Lo que sí hay documentado es bastante diferente a la teoría: un período donde el arbitraje español sufrió problemas reales de integridad, con intentos de soborno que salpicaban al Barcelona, no al Madrid. Una gestión del CTA que fue sorprendentemente indulgente con el club azulgrana en ambas ocasiones, apartando a árbitros denunciantes pero no sancionar al club. Y un sistema de poder donde los dirigentes del Barcelona tenían influencia suficiente (Núñez era vicepresidente de la RFEF, vocal de la Liga) para hacer que fuera muy difícil que un comité dependiente de esa misma Federación empujara hasta las últimas consecuencias un caso que podría haber mandado al club a Segunda División.
Fuentes:
Alexis
1/12/25 04:51
Hay un patrón muy reconocible en la historia de este sitio: Cuando decaen mucho los comentarios, se dejan por un momento de lado los enigmas astronómicos, las polémicas arqueológicas curiosas y las salidas de tono de la ufología, para enchufar una dosis de prosaico pique futbolístico. A ver si se recupera algo de vidilla, aunque sólo sea a base de que se mosqueen algunos barcelonistas que puedan asomarse por aquí… No sé si hoy mismo eso está funcionando… Al menos de momento.
Bueno, mira, a mí es que de aquí siempre me han gustado las disertaciones sobre temas rocambolescos y más o menos «marcianos» en uno u otro sentido. Los mangoneos y mezquindades de baja estofa de lo futbolístico, que tanto se ciscan en la supuesta nobleza de los valores deportivos («valores» que me temo que a buena parte de la afición, y a sus más bajos instintos, también se la deben de traer bastante al pairo), pues… ¿Qué quieres que te diga?… Ya bastante omnipresentes de toda la vida en tantos otros ámbitos, no son precisamente temática con la que me regocije ir a darme de bruces también aquí.
Pero vale. Yo ya asumo (¡óbviamente!) que cualquiera podemos opinar sobre los temas expuestos aquí, pero no mandar sobre qué temas se quieran exponer por parte de quien rige y decide, como dueño y artífice que es del sitio… Veamos pues si, como ya se ha dado otras veces, se monta algo de amena batalla con esto.
En el momento de postear yo aquí no había aún ningún otro comentario. No sé si los habrà retenidos en moderación, y que luego acaben apareciendo por delante de este mío…
Saludos.
lamentira
1/12/25 18:39
@ Alexis:
Tu comentario tiene sentido, pero no es como ocurrió. Ayer vi en twitter la foto de Laporta con los presidentes del CTA presuntamente madridistas. Me pregunté «¿será verdad?» y junto con mi IA favorita me puse a contrastar datos. No me extrañó la respuesta que obtuve. Una nueva mentira de los directivos del Farça intentando inyectar veneno a los aficionados. Ya tenía la investigación hecha así que lo terminé de rematar en el artículo.
Disfruté escribiendolo. Simplemente.
Como ves, no ha provocado una gran reacción. Ni insultos, ni seguidores despidiendose de mi ni nada. Este blog está clínicamente en coma. Pero me niego a desconectarlo de las máquinas para que deje de sufrir, como hicieron otros blogeros. De momento me sigue divirtiendo (aunque llevo ya 16 años), y me sirve de estímulo para aprender algo nuevo cada dia. Llámame loco.