Cuando dos catástrofes se encuentran: la paradoja del deshielo antártico

Hay noticias científicas que parecen escritas para generar titulares confusos, y el estudio reciente de Sacha Sinet y su equipo de la Universidad de Utrecht es un candidato perfecto. La afirmación que está circulando suena casi esperanzadora: el deshielo rápido de la Antártida Occidental podría evitar el colapso de la circulación atlántica. Dicho así, uno podría pensar que hemos encontrado una especie de mecanismo de seguridad natural, que el planeta se autorregula y que no hay de qué preocuparse. Pero la realidad, como suele ocurrir en ciencia del clima, es bastante más retorcida.

Para entender qué está pasando aquí hay que hablar primero de la AMOC, la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico. Piensa en ella como una gigantesca cinta transportadora oceánica que mueve agua caliente desde el trópico hacia el Atlántico Norte. Cuando esa agua llega a latitudes altas, se enfría, se vuelve más densa y se hunde, iniciando un viaje de retorno por las profundidades. Este proceso es el responsable de que Europa tenga un clima relativamente templado para su latitud. Sin la AMOC, ciudades como Londres o París tendrían inviernos más parecidos a los de Canadá.

El problema es que esta circulación depende críticamente de la salinidad del agua. El agua dulce que proviene del deshielo de Groenlandia diluye el Atlántico Norte, haciendo que el agua superficial sea menos densa. Si no se hunde con la misma eficiencia, la cinta transportadora se ralentiza o directamente se detiene. Los modelos climáticos llevan años advirtiendo que un aporte continuo de agua dulce groenlandesa podría apagar la AMOC en cuestión de siglos.

Aquí es donde entra el hallazgo inesperado del equipo de Utrecht. Usando el modelo climático CLIMBER-X, simularon qué ocurriría si al mismo tiempo que Groenlandia se derrite, también colapsa el manto de hielo del Antártico Occidental. Y encontraron algo contraintuitivo: en algunos escenarios, la inyección simultánea de agua dulce antártica en el Océano Austral reactivaba la circulación en lugar de hundirla más. El mecanismo propuesto es que el agua dulce antártico enfría y desaliniza las capas superficiales del Océano Austral, haciendo más ligeras las Aguas Intermedias Antárticas. Esto restaura un contraste de densidad con las aguas profundas del Atlántico Norte que funciona como un impulso para la circulación.

Suena bien hasta que empiezas a rascar la superficie. En primer lugar, este efecto estabilizador solo aparece en escenarios muy específicos: necesitas que el colapso antártico ocurra muy rápido (del orden de mil años) y casi simultáneamente con el groenlandés, con un desfase de apenas décadas. Con trayectorias de deshielo más lentas o diferentes tiempos, el AMOC colapsa igualmente. En segundo lugar, estamos hablando de modelos de complejidad intermedia que simplifican muchos procesos, y otros estudios usando diferentes modelos encuentran exactamente lo contrario: An y colaboradores publicaron en 2024 que el agua dulce antártica fluye hacia el Atlántico Norte y debilita la circulación en lugar de fortalecerla.

Pero el problema más gordo es otro. Supongamos que este efecto estabilizador fuera real y robusto. Para que se active necesitamos el colapso del Antártico Occidental, lo que significa una subida del nivel del mar de varios metros. Estaríamos celebrando que la cinta transportadora oceánica sigue funcionando mientras ciudades costeras de todo el mundo quedan bajo el agua. Es como alegrarse de que el airbag funciona perfectamente mientras tu coche cae por un precipicio.

Los propios autores del estudio lo dejan claro en sus conclusiones: esto no es motivo de optimismo sino un recordatorio de lo endemoniadamente complejo que es el sistema climático. La estabilización sería probablemente temporal, dependería de condiciones extremas de emisiones (el escenario SSP5-8.5, básicamente el peor posible), y vendría acompañada de sus propios impactos catastróficos, incluyendo enfriamiento del Hemisferio Sur y alteraciones en los patrones de lluvia globales.

En el mundo de los puntos de inflexión climáticos no existen los salvavidas gratuitos. Que dos desastres potenciales interactúen de forma inesperada no convierte ninguno de ellos en algo deseable. El deshielo antártico sigue siendo una amenaza seria, y la AMOC sigue siendo vulnerable. Lo único que nos dice este estudio es que predecir exactamente cómo va a reaccionar el sistema climático ante perturbaciones masivas es todavía más difícil de lo que pensábamos.



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