Nucleares: oui, s’il vous plaît

España tiene un problema de coherencia energética que roza lo cómico. Desde hace décadas nos hemos aferrado al eslogan «nucleares, no gracias» como si fuera un dogma de fe, repitiendo el mantra heredado de los años 70 mientras al otro lado de los Pirineos, Francia nos observa desde sus 56 reactores nucleares generando electricidad estable, barata y sin apenas emisiones. La ironía es tan gruesa que podría cortarse con un cuchillo: cerramos nuestras centrales por motivos supuestamente ecológicos, pero cada día consumimos electricidad nuclear francesa que importamos sin el menor rubor.

Es la política energética del «ojos que no ven, corazón que no siente». Como declararse vegano pero comprarle la hamburguesa al vecino porque huele demasiado bien.

Entre 2027 y 2035 España cerrará progresivamente sus siete centrales nucleares: Almaraz será la primera en apagarse (2027-2028), seguida de Ascó, Cofrentes, Vandellós y finalmente Trillo en 2035. El plan oficial es sustituirlas con renovables, lo cual sobre el papel suena estupendo. El problema es que las renovables tienen un pequeño inconveniente llamado intermitencia: cuando el sol no brilla y el viento no sopla, alguien tiene que mantener las luces encendidas. Y ese alguien, en nuestro caso, es el gas natural.

Los números cuentan una historia fascinante. La energía nuclear emite unos 12 gramos de CO₂ por kilovatio hora producido si contamos todo su ciclo de vida, desde la construcción de la central hasta su desmantelamiento. La eólica anda por cifras similares, entre 15 y 30 gramos. Pero el gas natural supera los 400 gramos por kWh, y el carbón alcanza los 800-1050 gramos. Es decir, cada vez que una central de gas arranca para compensar la falta de sol o viento, estamos emitiendo entre 30 y 40 veces más CO₂ que si mantuviéramos las nucleares funcionando.

En cuanto a seguridad, las cifras son igual de reveladoras. La energía nuclear causa unas 0,07 muertes por teravatio hora generado, principalmente por accidentes laborales en la minería del uranio. El gas natural provoca 2,8 muertes por TWh, y el carbón alcanza las 24,5 muertes por TWh, sobre todo por enfermedades respiratorias causadas por la contaminación atmosférica. Para ponerlo en perspectiva: la contaminación invisible del aire que respiramos en ciudades alimentadas por combustibles fósiles es mucho más letal que la radiación de un reactor bien gestionado.

Paradójicamente, cerramos las nucleares para ser más «verdes», pero el resultado es que terminamos siendo más dependientes del gas importado y emitiendo más CO₂. Las centrales de ciclo combinado que arrancan cuando baja la producción renovable son las responsables de que los precios se disparen, afectando directamente a nuestra competitividad industrial. Mientras tanto, Francia mantiene tarifas eléctricas industriales más bajas gracias a su parque nuclear amortizado desde hace décadas, y ahora hasta está construyendo nuevos reactores. Alemania, que cerró sus nucleares tras Fukushima, se dio cuenta del error y ha vuelto a quemar carbón a espuertas.

El debate nuclear en España dejó de ser una discusión técnica hace tiempo para convertirse en una cuestión ideológica. Si apoyas la nuclear, eres un tecnócrata insensible. Si la criticas, eres un héroe ecologista. Pero los kilovatios no entienden de ideologías. Un kilovatio nuclear emite menos CO₂ que uno solar cuando se cuenta todo el ciclo de vida, y ni el átomo ni el sol tienen carné de ningún partido político.

Lo más frustrante es que España produce actualmente más del 20% de su electricidad con energía nuclear, pero seguimos importando electricidad francesa cuando nos falta. Pagamos por kilovatios nucleares extranjeros mientras desmantelamos los propios. Si al menos esa estrategia sirviera para bajar los precios o reducir emisiones, podríamos justificarla con algún argumento. Pero la realidad es que cada cierre nos hace más dependientes del exterior, más caros y, paradójicamente, menos limpios.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si el verdadero «no gracias» no deberíamos decírselo al gas y al carbón, en lugar de al átomo. Al fin y al cabo, los datos llevan décadas diciéndonos lo mismo, pero parece que preferimos escuchar eslóganes de hace medio siglo.

  • Mi no entender.

    ¿Ha habido algún fenómeno/ milagro/ hechizo que nos ha devuelto a los años 80?

    ¿De qué parvulario contratan a los asesores para estas cuestiones?

    Es que un servidor, un muerto de hambre sin apenas estudios, es capaz de aceptar que, hoy por hoy:

    1- El mejor promedio de precio por KW/h lo tiene la energía nuclear; y ésto se sabe desde hace décadas.
    2- Los temidos «residuos nucleares» que producen las centrales de fisión son reciclados para otros usos en más de un 95%. El reciclaje en la basura común apenas llega al 35% de media global.
    3- Las regulaciones para éstas instalaciones son, con diferencia, de las más estrictas y supervisadas de toda la industria.
    4- Mi economía, como sospecho que la del resto de hogares españoles, apenas puede permitirse éstas tarifas eléctricas, aún cuando luminarias y electrodomésticos son muchísimo más eficientes que hace tres décadas.

    Eso sin contar que ya se está desarrollando la tecnología para baterías de nanodiamantes (NDB de Nano-Diamonds Battery), alimentadas con los residuos de éstas centrales y que, según el isótopo que las alimente, pueden llegar a durar sin cargarse de una década a 28.000 años.

    Fuente: https://forum.nasaspaceflight.com/index.php?topic=51810.20

    Se espera que las primeras versiones comerciales, con baja potencia de salida, se verán en unos dos años y tendrán como destinatario dispositivos implantables (tales como marcapasos o implantes cocleares), dispositivos de bajo consumo en sondas espaciales, sensores remotos (como sensores de humo o de gas), y similares.

    Resumiendo: conviene saber donde está la diferencia entre «ser verde» y ser gi******as.

    Muchas gracias por el artículo.

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  • Estos días me he estado informando más sobre el tema, y lo que he entendido me ha dejado bastante desconcertado.

    Al parecer, las energías renovables son las que más baratas salen en sus periodos punta, gracias en gran medida a la energía solar. No quiero decir, más bien al contrario, que todas las renovables sean «verdes» ni carezcan de impacto ecológico… pero eso lo dejo para otro día.

    El «plan maestro» de vaya usted a saber quien, es sobredimensionar las infraestructuras destinadas a la generación de éstas energías, vender los excedentes, y tirar de energía exportada de acuerdo a la demanda cuando no sea suficiente. Según éstas cábalas, saldría no sólo más a cuenta, sino que sería más seguro y barato que mantener centrales nucleares sólo para autoabastecernos.

    Personalmente, preferiría que «alguien» estableciese planes serios a largo plazo para no depender de terceros con según qué recursos que podríamos generar y/o controlar… pero qué sabré yo.

    Lo positivo: tenemos muy buenas relaciones tanto con Francia como con el Magreb.
    Lo «menos positivo»: Yo al menos, toda ésta supuesta bonanza no la veo reflejada en mi recibo de la luz.

    Saludos.

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