Ya puedes reservar tu robot humanoide, pero nadie ha resuelto los problemas éticos

Hace unos días me topé con una noticia que sonaba a ciencia ficción de los años 80, de esas en las que todo el mundo tendría su mayordomo robot sirviendo martinis. Resulta que ya puedes reservar tu primer robot humanoide doméstico por unos 20.000 dólares. Se llama Neo, lo fabrica una empresa llamada 1X, y promete vaciar tu lavavajillas, doblar tu ropa y subir escaleras para limpiar habitaciones. Mide 1,70 metros, pesa 30 kilos y puede levantar hasta 70. Sus manos tienen 22 grados de libertad, que en términos robóticos significa que puede manipular objetos con bastante destreza. Mientras tanto, en China, el fabricante de coches eléctricos XPENG presentó a Iron, un androide de 1,72 metros con 60 articulaciones y 200 grados de libertad que se mueve con una fluidez casi indistinguible de la humana. Primero lo pusieron en las cadenas de montaje, pero ahora quieren llevarlo a oficinas, comercios y hogares.
Todo esto suena estupendo hasta que te pones a pensar en los detalles incómodos. Neo, por ejemplo, funciona con cierta autonomía, pero cuando no sabe hacer algo, un operador humano de la empresa puede controlarlo remotamente. Sí, has leído bien: alguien sentado en una oficina de 1X puede ver a través de los ojos de tu robot mientras está en tu salón. La empresa ha implementado medidas para proteger la privacidad (puedes difuminar imágenes, marcar zonas prohibidas de la casa, delimitar cuándo se conecta el teleoperador), pero la idea de que potencialmente un desconocido pueda observar tu hogar mediante el robot no es precisamente reconfortante. Y eso sin contar con el riesgo de que alguien hackee el dispositivo y lo convierta en una herramienta de espionaje con patas.
Luego está el asunto del cuidado de personas vulnerables. En Japón llevan décadas desarrollando robots asistenciales para hospitales y residencias, y en Europa ya hay pilotos con robots sociales como ARI o Pepper para acompañar a ancianos. Recientemente, el gobierno de Cataluña anunció la compra de 1000 robots para asistir a personas mayores que viven solas, una medida que generó polémica inmediata: el sindicato de cuidadores denunció que estos robots podrían estar pensados para sustituir a las cuidadoras humanas y no para complementar su labor, agravando la precarización del sector. El problema no es tanto la tecnología en sí, sino cómo se usa: un robot puede recordar que hay que tomar la medicación o llevar un registro del estado anímico, pero no puede ofrecer el afecto y la empatía real que muchos pacientes necesitan. Además, confiar el cuidado de niños o ancianos a robots plantea retos especiales de seguridad: todavía no es seguro delegarles actividades físicas complejas como mover a una persona con movilidad reducida o evitar que se caiga.
Y entonces llegamos al territorio realmente pantanoso: la violencia y la sexualidad. La serie Westworld nos mostró un parque de atracciones donde los clientes podían hacer lo que quisieran con androides de aspecto humano (maltratarlos, violarlos, «matarlos») con la tranquilidad de que «no son seres reales». En el mundo real, ya existen prototipos de robots sexuales con apariencia humana, y se especula que los humanoides avanzados podrían usarse como parejas artificiales. Algunos argumentan que si el robot no tiene consciencia ni sufre realmente, tales actos serían moralmente neutros, incluso una «válvula de escape» para fantasías dañinas. Pero muchos filósofos advierten lo contrario: acostumbrarse a cometer actos crueles con máquinas, aunque sean máquinas, puede erosionar nuestros frenos morales. El filósofo Santiago Sánchez-Migallón fue directo al respecto: un parque como Westworld sería «una atrocidad moral», un campo de entrenamiento de sádicos que banalizaría la crueldad. Existe un creciente debate sobre prohibir robots sexuales diseñados para representar fantasías ilegales o inmorales extremas, considerándolos inadmisibles aunque «no hagan daño directo».
Lo curioso es que incluso sin llegar a esos extremos, ya formamos lazos emocionales con las máquinas sociales. El robot terapéutico Paro, una foca robótica, ha logrado reducir la soledad y depresión en ancianos porque los usuarios le toman cariño como si fuera una mascota. Los niños se encariñan de inmediato con robots simpáticos. Cuando Boston Dynamics publicó vídeos de ingenieros pateando a su perro robótico Spot para probar su equilibrio, mucha gente se sintió indignada, aunque «es solo una máquina». No podemos evitar empatizar hasta cierto punto, sobre todo si el robot imita gestos de dolor o tristeza. Esto plantea preguntas incómodas: ¿deberíamos regular el comportamiento humano hacia los robots por respeto a la sensibilidad pública?
Los robots humanoides pueden mejorar nuestra calidad de vida encargándose de trabajos pesados, asistiendo a quienes lo necesitan, e incluso brindando compañía. Pero también nos enfrentan a preguntas éticas sin precedentes sobre privacidad, seguridad, responsabilidad legal y los límites de lo moralmente aceptable. Como toda tecnología poderosa, serán un reflejo de nosotros mismos y de nuestras elecciones. Quizá lo más importante no sea cuándo llegarán estos robots a nuestras casas, sino qué tipo de sociedad queremos ser cuando finalmente lo hagan.
malfuturo
12/11/25 19:07
yo creo que el avance tecnologico va acabar con el ser humano, por que va generar mucha pobresa.
Alexis
13/11/25 04:12
No puedo negar que me despierta cierto entusiasmo este ir viendo cómo ya existen y se desarrollan, cada vez más, robots tal cual los que en otros tiempos aún sólo existían en mis películas y tebeos preferidos… Según la realidad se ha ido comiendo a la antigua ficción en este campo, constato que quizá ya no se diferencian en mucho más que en que los de verdad de ahora tienen sus carcasas exteriores (con toda lógica) mayormente hechas de materiales plásticos. No de metal, como siempre los había querido la larga tradición fantacientífica. Me parece que ya poco más diferencia que esa…
Pero bueno… Una vez los tenemos ya por ahí en danza, es verdad que resulta preocupante todo lo expuesto aquí. Aunque tampoco creo que yo vaya a ver nunca cumplida la fantasía infantil de tener un robot propio, inquieta sobre todo eso de que puedan ser un «caballo de Troya» para que controladores en la sombra se metan en tu intimidad y privacidad como Pedro por su casa.
Por otro lado, ese peligro y motivos para esa preocupación en concreto ya hace tiempo que los tenemos ¿no?. Vienen ya dados con el mismo Internet, y con tantos dispositivos de los que actualmente sí que ya hay, como quien dice, uno o varios en cada casa.
Sobre lo demás, sobre las posibles ambigüedades morales, neo-perversiones 2.0 y fetichismos de última generación de la era digital… Pues… Mejor no digo yo nada, que demasiadas cosas se me ocurren…
Saludos.
Eroton
13/11/25 16:52
Flaco favor haré yo al comentar que el ser humano, como especie, no trata a otras especies de forma diferente a como trata a la suya propia; tanto para lo bueno, como para lo peor que uno ni se pueda imaginar. Y es que tenemos la misma capacidad para empatizar y humanizar cualquier cosa con la que interactuemos (la falacia antropomórfica o sesgo antropomórfico), como para deshumanizar y tratar como «cosas» a nuestros propios congéneres.
A poco que uno reflexione sobre ésto, comprenderá que, en realidad no hay dilema.
¿Puede ser una máquina culpable de que alguien se quede sin trabajo?, ¿son cierta clase de videojuegos los culpables de conductas violentas en adolescentes?, ¿eran los libros de caballería culpables de que Don Quijote se obsesionase con ellos?; a todas ellas, un rotundo «no».
En cuanto al riesgo de que un operador externo tome el control de un androide, yo no me asustaría porque me espiase, eso ya lo hacen la inmensa mayoría de los dispositivos que forman parte del «internet de las cosas»; sino de que se convierta en un sicario por control remoto, y perdón si le he dado la idea a alguien. En cualquier caso, creo que resulta obvio que la culpa sería de quien manejase la máquina, y la responsabilidad sería de la empresa constructora de dicho androide.
Tengamos en consideración que todo ésto es producto de una «utopía» espuria, creada por grandes compañías y asimilada por gobiernos, donde el resultado sería mano de obra barata y sin derechos integrada en todos los ámbitos imaginables; y mientras se consigue, cada avance, por nimio que sea, se anuncia como un hito para hacer caja o ganar votos, según la situación.
Y no estaría mal, si no fuese porque la realidad es que, lo que se está cobrando éste método de ensayo y error, es un desequilibrio socioeconómico global que se acrecienta cada año.
Para terminar, cito una oración del artículo que deberíamos tener muy en cuenta:
«El problema no es tanto la tecnología en sí, sino cómo se usa.»
Perdón por la parrafada, y muchísimas gracias por el artículo.