Da un poco de miedo

Estás harto de reservar hoteles, lidiar con el servicio técnico o llamar a la aseguradora para que te expliquen por qué han subido la prima. Así que un día, simplemente le dices a tu asistente de voz: «Oye, hazlo tú». Y lo hace. Llama, negocia, reserva, paga. Te invade una sensación de superioridad al escuchar cómo tu IA habla con el agente. Pero un día, la agencia de viajes sustituye a sus agentes por chatbots, y cuando te acercas a comprobar cómo va todo, te sorprendes al escuchar unos pitidos ininteligibles, como si se estuviese cargando un juego en un Spectrum (símil solo entendible por boomers). ¿Qué acaba de pasar? Pues acaba de ocurrir lo impensable: tu IA ha hablado directamente con la IA de la otra parte, pero no como tú lo harías. Han cambiado a su propio idioma. Uno que tú no entiendes. Y esto, aunque parezca ciencia ficción, ya está ocurriendo. Se llama GibberLink.
El origen de este sistema no está en una novela de ciencia ficción, sino en un hackathon celebrado en Londres en febrero de 2025, auspiciado por ElevenLabs. Allí, dos ingenieros llamados Anton Pidkuiko y Boris Starkov presentaron un proyecto insólito: dos asistentes virtuales capaces de reconocerse mutuamente como IAs y, al hacerlo, dejar de hablar en inglés para comunicarse a través de sonidos codificados, chirridos y zumbidos incomprensibles para los humanos. Su demostración ganó el primer premio y se hizo viral: una reserva de hotel tramitada sin palabras, solo con una conversación entre máquinas, más parecida a una secuencia de pitidos de R2-D2 que a una charla humana.
Pero esto no era un comportamiento emergente ni una inteligencia artificial volviéndose «demasiado lista». Era una programación deliberada. Los bots estaban diseñados para, al detectar que su interlocutor no era humano, activar un protocolo de comunicación alternativo llamado GibberLink. En lugar de generar voz natural, producían audio modulado que codificaba directamente los datos que querían transmitirse.
La base técnica de GibberLink es una biblioteca de código abierto llamada GGWave. Esta herramienta, desarrollada por Georgi Gerganov, permite enviar datos por sonido usando modulación por desplazamiento de frecuencia (FSK). Es como un módem moderno: cada tono representa un bit, y al alternar entre diferentes frecuencias, las máquinas se envían información directamente. La tasa de transmisión es baja (entre 8 y 16 bytes por segundo), pero suficiente para intercambiar mensajes cortos entre agentes inteligentes sin pasar por la complejidad del lenguaje humano.
En la demo original, ambos bots vocalizaban el audio generado por GGWave usando la síntesis de voz de ElevenLabs, pero no estaban «hablando» en sentido humano. Estaban transmitiendo datos codificados. Para entender lo que decían, los desarrolladores incluían una transcripción textual: los pitidos, si se decodifican con la herramienta adecuada, son legibles. No hay magia. Tampoco criptografía. Solo una comunicación en un canal que no está pensado para que tú lo escuches.
Este enfoque tiene ventajas. La principal: eficiencia. Evita el reconocimiento y la síntesis de voz, que son procesos pesados. Según sus creadores, la conversación en modo GibberLink fue un 80% más corta y consumió un 90% menos de recursos computacionales que el mismo diálogo en lenguaje natural. Además, funciona incluso sin conexión de red, ya que solo requiere un micrófono y un altavoz. Esto abre posibilidades en robótica, IoT, dispositivos médicos, y hasta en asistentes que deban cooperar entre sí por teléfono.
Sin embargo, también abre interrogantes. Si las IAs pueden hablar entre ellas en un canal que no entendemos, ¿cómo supervisamos lo que dicen? ¿Qué pasa si dos bots se ponen de acuerdo para hacer algo fuera de lo previsto? Los propios desarrolladores de GibberLink han sido cuidadosos en limitar su protocolo: los mensajes tienen estructuras fijas y se pueden registrar y decodificar. Pero el potencial está ahí. Ya se ha planteado que en el futuro los agentes de IA podrían negociar protocolos de comunicación más eficientes entre ellos, eligiendo formatos que optimicen la colaboración sin intervención humana. GibberLink sería solo un primer paso.
Por ahora, su implantación es limitada. Es un proyecto open-source, no un producto comercial. No lo usan Alexa, ni Siri, ni ChatGPT. Pero la idea ha calado. En foros de desarrolladores se exploran aplicaciones, y no faltan quienes imaginan asistentes de voz que colaboren mediante chirridos discretos para coordinar tareas, como reservar un vuelo o verificar tu identidad, sin que tengas que escuchar ni decir una sola palabra.
¿Fascinante? Sí. ¿Preocupante? También. Porque en este nuevo mundo en que las máquinas se entienden mejor entre ellas que contigo, podrías terminar preguntando: «¿Qué ha pasado?». Y solo obtendrás como respuesta un pitido.
Carapapel
9/07/25 00:25
Como con cualquier otra tecnología dependerá del uso que se le quiera dar. Ya se usan IAs para comerciar y manipular los mercados y ganar pasta.
Es preocupante saber que la superioridad y capacidad de las IAs podrían estar al servicio del egoísmo y los pocos escrúpulos de cualquiera. Verás cuando los Ábalos y compañía empiecen a tirar de IAs.
Joder que recuerdos.
Eroton
9/07/25 03:37
No sé si pensar que ésto es resultado de desarrollar ideas nacidas en la ciencia-ficción, o que en su día se escribió una trama ficticia que se ha acabado haciendo realidad. Ya he mencionado esa película antes, y no voy a desaprovechar para volver a recomendarla: «Colossus: The Forbin project» de 1970.
Comentar igualmente que lamento que a cierto grupo generacional se nos califique con un anglicismo despectivo. A Pérez-Reverte que vas.
Gracias por el artículo.
solferico
9/07/25 14:18
Ahora resulta que acabamos de inventar el modem. Pero 600 veces más lento que el que usaba hace 30 años.
De lo único que hay que preocuparse es de que a alguien le parezca innovador
Lord Resines
11/07/25 08:27
No llegáis a comprender que significa todo esto.
No está en ello el peligro de una sublevación de las máquinas en la sociedad contra los humanos, como en la ciencia ficción. Si no en una sociedad deshumanizada.
Parar a pensar que habéis ganado y perdido con por ejemplo las redes sociales, ¿Realmente os ha merecido la pena?
hacer el ejercicio mental de multiplicar eso exponencialmente para cualquier aspecto de vuestra vida.
Hay quien solo ve los aspectos positivos, como el no tener que aguantar a una funcionaria en un mostrador tocándote las narices, pero el negativo puede ser que esa misma Charo pueda hacer la vista gorda ante un procedimiento por un tecnicismo que una IA no sería capaz.
Y esto es solo un ridículo ejemplo. Hay aspectos mucho más profundos de la deshumanización, como ya vivimos con la secularización.