La peste rusa que todavía no es peste

Ilustración conceptual de una muestra de laboratorio ante una ciudad siberiana, con el texto «¿Peste en Rusia?»

Una trabajadora de un instituto antipeste muere de una neumonía fulminante, unas 200 personas acaban en cuarentena y un gobernador habla de peste para luego rectificar. La escena parece el prólogo de una película. Pero la pregunta importante no es si da miedo, sino qué enfermedad tenía realmente la mujer y si alguien más la ha contraído.

La fallecida trabajaba en el Instituto Antipeste de Irkutsk, en Siberia. Murió el 2 de octubre en un hospital de Sheléjov, ciudad cercana. Los primeros relatos hablaron de una probeta rota con la bacteria de la peste, Yersinia pestis. Esa versión, rastreada por periodistas locales, no procede de un parte de laboratorio; familiares y una compañera rechazan que se culpe así a la fallecida. El gobernador de la vecina Buriatia, Alexéi Tsydénov, escribió que había muerto «de peste» y después modificó el mensaje para decir «posiblemente». La rectificación importa tanto como la frase original.

Rospotrebnadzor, la agencia sanitaria rusa, sostiene que la mujer sufrió una «neumonía de causa desconocida», que no se detectaron en sus muestras microorganismos relacionados con su trabajo y que dos comisiones no encontraron accidentes en el instituto. El 7 de octubre comunicó que había concluido la vigilancia de más del 90 % de los contactos y que casi 5.000 análisis no habían detectado patógenos peligrosos. Son datos tranquilizadores, pero siguen siendo afirmaciones de una autoridad que no ha hecho públicos los resultados detallados que permitan comprobarlas por fuera. Ese mismo día, periodistas locales comprobaron que aún seguían restricciones de visitas en algunos hospitales.

La Organización Mundial de la Salud pidió precisamente esos resultados, el motivo de las medidas de cuarentena y el estado de los contactos. También solicitó verificar la noticia de una segunda empleada con neumonía de origen desconocido. Esa segunda enfermedad no equivale a un segundo caso de peste, y mucho menos a una segunda muerte confirmada. A 7 de octubre, la OMS dice que carece de información suficiente para evaluar por completo el episodio.

¿Por qué aislar a tanta gente si la peste no está confirmada? Porque, cuando muere de una neumonía sin causa conocida alguien que trabaja con patógenos peligrosos, esperar a tener todas las respuestas sería una apuesta bastante mala. Investigar a sus contactos y proteger al personal sanitario es una reacción proporcionada a la sospecha. Las cuarentenas son una pista de que las autoridades tomaron en serio el riesgo, no una prueba de que 200 personas estén enfermas.

Conviene además precisar de qué peste hablamos. La forma bubónica suele llegar por la picadura de pulgas infectadas. La neumónica afecta a los pulmones y puede transmitirse entre personas por gotas respiratorias durante el contacto cercano. Sin tratamiento temprano puede matar con rapidez, pero responde a antibióticos. En su comunicado del 6 de octubre, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades no tenía informes de casos secundarios ni señales de transmisión continuada entre personas. La peste merece respeto; «vuelve la Muerte Negra» no es un diagnóstico.

¿Pudo ser intencionado? Aquí hay que separar tres sospechas. Un accidente de laboratorio es posible en abstracto, pero la supuesta probeta rota no está verificada y la investigación rusa lo niega. Ocultar un accidente o comunicarlo de manera confusa también es concebible: las declaraciones contradictorias y la falta de datos abiertos justifican exigir una investigación independiente. Fabricar deliberadamente un brote, o liberar la bacteria como arma, exige un salto mucho mayor. No hay muestras positivas públicas, una cadena de contagios documentada ni indicios de una operación de ese tipo. Mi lectura, por ahora, es que la opacidad y el miedo explican mejor el espectáculo que una liberación planificada.

Queda la hipótesis más política: que el Kremlin aproveche una crisis sanitaria para salir de la guerra de Ucrania salvando la cara. No me parece absurda como ejercicio de estrategia. Un gobierno puede presentar una pausa militar como necesidad de proteger a su población y usar la emergencia para cambiar el tema de conversación. Pero el episodio de Irkutsk es, de momento, demasiado pequeño e incierto para sostener ese giro. Si Rusia quisiera un alto el fuego, tendría que negociarlo con Ucrania; una neumonía en Siberia no resuelve las disputas territoriales ni las condiciones de seguridad. Una pausa tampoco equivaldría a abandonar la guerra. Y provocar una crisis infecciosa dentro del propio país sería una forma extraordinariamente cara e imprevisible de fabricar una excusa. Mi apuesta es que no estamos viendo una vía de salida preparada por el Kremlin. Veo más plausible que utilice retóricamente una emergencia real, si llega a crecer. Hoy tampoco hay señales de que Moscú esté haciendo esa conexión.

¿Y una pandemia? La posibilidad biológica no es cero: la peste neumónica puede producir brotes grandes. Madagascar registró en 2017 2.348 casos sospechosos, probables o confirmados de peste, con 202 muertes, antes de controlar la ola. Pero pasar de un caso sospechoso a una pandemia mundial requiere una cadena sostenida de transmisión en muchos lugares. Aquí ni siquiera está confirmado el primer eslabón. La transmisión suele requerir proximidad con una persona ya sintomática, la enfermedad aparece pronto y existen pruebas, aislamiento y antibióticos. Todo eso reduce la oportunidad de propagación global, aunque no convierte en inocuo un brote local. La OMS estimó el 6 de octubre un riesgo «muy bajo» para el conjunto de su región europea, una valoración inicial que puede cambiar si aparecen datos nuevos.

¿Qué haría saltar las alarmas de verdad? Un análisis independiente positivo para Y. pestis, enfermos entre los contactos sin exposición común en el laboratorio, o varias generaciones de contagio de persona a persona. De momento tenemos una muerte trágica, un diagnóstico sin causa publicada, precauciones amplias y una comunicación rusa insuficiente para cerrar la historia. Pedir pruebas no es ponerse de perfil. Es la única manera de distinguir una emergencia sanitaria de una epidemia de titulares.


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