El pasado martes, casi la liamos otra vez

Esta semana Red Eléctrica ha vuelto a pasar miedo. El martes pasado España estuvo a un paso de otro cero eléctrico y, para evitarlo, tuvo que cortar la luz a la industria a un precio récord de 211 euros el MWh. Además, el Gobierno acaba de gastarse 615 millones de euros públicos en comprar unos aparatos (compensadores síncronos y reactancias) cuya única función es simular, de forma artificial y carísima, la estabilidad que antes daban gratis las centrales convencionales. Y el mismo viernes, casi de tapadillo, se prorrogaba la vida de la central nuclear de Almaraz hasta 2030. Si uno junta las tres noticias, el mensaje que se lee entre líneas es bastante incómodo para el relato oficial: no podemos permitirnos prescindir de la nuclear, y sin embargo seguimos actuando como si el objetivo fuera exactamente ese.

Vamos a la física, que es tozuda y no entiende de ideología. Una central nuclear, una de gas o una hidráulica funcionan con turbinas que giran físicamente acopladas a la frecuencia de la red (los famosos 50 Hz). Eso las convierte en un volante de inercia natural: si algo perturba el sistema, esas masas girando amortiguan el golpe. La solar y la eólica, en cambio, se conectan mediante electrónica de potencia. No giran, no aportan inercia, y cuando el peso de las renovables en el mix es muy alto, la red se vuelve nerviosa, propensa a oscilaciones que en el peor de los casos derivan en un apagón como el de abril de 2025. Por eso Red Eléctrica lleva desde entonces aplicando la llamada «operación reforzada» (meter más gas para dar estabilidad), que ya nos ha costado a los consumidores 1.600 millones de euros de sobrecoste. Y por eso, cuando alguien insinúa que las siete centrales nucleares que quedan en España son prescindibles, conviene preguntarle quién va a sostener la red cuando no sopla viento ni luce el sol (que, por cierto, en pleno agosto y con el calor que ha hecho, la propia eficiencia de los paneles solares cae).

Aquí es donde toca mirar al otro lado de los Pirineos, porque el contraste es difícil de ignorar. Francia genera en torno al 65-70% de su electricidad con energía nuclear y lleva décadas exportando electricidad barata a media Europa, incluida España en más de una ocasión de estrés del sistema. Nadie en Francia habla de un plan para cerrar sus reactores en 2035, como sí ha hecho España desde el pacto de 2019. Al contrario: están alargando vidas útiles y hasta se plantea construir nuevos EPR. Mientras tanto, aquí seguimos empeñados en desmantelar la única tecnología que aporta simultáneamente generación masiva, baja huella de carbono y estabilidad de red, para sustituirla por otra que necesita, como acabamos de ver, cientos de millones en parches para no colapsar.

Y aquí llega el argumento que más suele sorprender: la nuclear no solo es más estable, es que además su coste real, el que de verdad pagamos entre todos, no es tan favorable a las renovables como parece a primera vista. El precio del kilovatio eólico «puro» suena bien en las presentaciones, pero ese precio no incluye el resto de la factura: los compensadores síncronos, las reactancias, el gas extra de la operación reforzada, los cortes de suministro pagados a la industria a 211 euros el MWh, ni el refuerzo de una red que, como reconocía el propio sector hace unos meses, está literalmente colapsada e impide conectar nuevos consumidores. Cuando se suma todo ese coste de sistema (que no aparece en la etiqueta de la eólica pero que todos pagamos en el recibo), la ventaja de precio de las renovables se estrecha muchísimo, y en según qué escenarios directamente desaparece.

Y luego está el argumento ecológico, el que en teoría debería ser bandera del ecologismo y que sin embargo se pasa sistemáticamente por alto: los aerogeneradores matan aves, y no precisamente pocas ni precisamente las menos valiosas para el ecosistema. Un informe de SEO/BirdLife de 2023 estimó en 57.026 el número de aves fallecidas por colisiones registradas entre 2008 y 2018, de las cuales 6.058 fueron específicamente por aerogeneradores y 50.968 por líneas eléctricas. En los parques de Tarifa, un estudio de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) contabilizó 151 aves descuartizadas por las aspas en una década, 111 de ellas buitres leonados. En Navarra, un solo complejo eólico con 32 aerogeneradores modernos provocó 89 colisiones de rapaces en apenas diez meses, 80 de ellas también buitres leonados. Y en Aragón se han llegado a contabilizar más de 460 buitres leonados y decenas de águilas reales, milanos reales (en peligro de extinción) y otras rapaces muertas en los registros oficiales de los parques eólicos. No hablamos de gorriones: hablamos de las especies de mayor envergadura y peor maniobrabilidad, precisamente las que un ecosistema tarda generaciones en recuperar. Una central nuclear, en cambio, ocupa una fracción mínima de terreno y no supone ese impacto directo sobre la fauna voladora.

No se trata de decir que la eólica sea inútil o que haya que cerrar los parques (con sistemas de detección como IdentiFlight, que ha reducido en más del 80% la mortalidad de águilas reales en algunos parques españoles, se puede convivir mejor con esta tecnología). Se trata de señalar la contradicción de fondo: se vendió el cierre nuclear como una medida progresista y ecologista, y sin embargo cada apagón, cada informe de mortalidad de aves y cada factura de «estabilización» de la red apunta en la dirección contraria. Si de verdad nos preocupara el planeta y no solo el símbolo, estaríamos haciendo lo que hace Francia: alargar la vida de las centrales que ya sabemos que funcionan, en lugar de gastar cientos de millones en fingir con máquinas artificiales la estabilidad que la nuclear ya nos daba gratis.

Pero en España, lo de pensar es un lujo, y preferimos seguir los lemas que nuestros líderes progresistas nos promulgan, sin parar a pensar un poco más allá. Qué maravilla de país tenemos.