Comemos 5 g. de plástico a la semana

Durante años se ha repetido una frase perfecta para titulares, charlas de sobremesa y campañas con mucho impacto visual: cada semana nos comemos el equivalente a una tarjeta de crédito en plástico. Cinco gramos. Como si uno se levantara el lunes, desayunara café con tostada, y para el domingo ya llevara ingerida una Visa Oro en cómodas partículas. La imagen es potente, pero precisamente por eso conviene mirarla con lupa. En ciencia, cuando un dato encaja demasiado bien en un eslogan, suele haber un asterisco que hace una llamada a la parte inferior.

La famosa comparación viene de 2019, cuando WWF difundió un análisis encargado a la Universidad de Newcastle según el cual una persona podría ingerir unos 5 gramos de plástico a la semana, unas 2.000 partículas, lo que equivaldría a unos 21 gramos al mes y algo más de 250 gramos al año. El propio comunicado utilizaba expresiones prudentes como “podría”, pero los titulares hicieron lo que hacen muchas veces los titulares: quitar el condicional, ponerle luces de neón y soltarlo a correr por internet.

El problema es que esa cifra no era una medición directa de lo que acaba en nuestro cuerpo, sino una estimación construida a partir de estudios muy distintos sobre microplásticos en agua, sal, cerveza, marisco y otros alimentos. Para pasar de “número de partículas” a “masa total” hay que suponer tamaños, formas, densidades y consumos medios. Y ahí es donde empiezan los fuegos artificiales. En 2021, un trabajo estimó una horquilla amplísima, de 0,1 a 5 gramos semanales, pero en 2022 Martin Pletz revisó esos cálculos y señaló problemas serios en la forma de combinar datos y obtener tamaños de partículas; su conclusión fue que la estimación podía estar inflada por varios órdenes de magnitud. En la misma revisión se comparaba esa cifra con otra estimación muy inferior, de unos 4,1 microgramos semanales para adultos. Pasar de microgramos a gramos no es un pequeño matiz: es como confundir una miga con una barra de pan.

Esto no significa que los microplásticos sean un invento. Significa que una frase llamativa se convirtió en certeza popular antes de que la ciencia hubiera terminado de hacer las cuentas. Los microplásticos se definen normalmente como partículas de plástico de menos de 5 milímetros, y los nanoplásticos son aún más pequeños. Pueden proceder de la fragmentación de residuos, del desgaste de neumáticos, de fibras textiles sintéticas, pinturas, envases, pellets industriales o productos a los que se añadieron deliberadamente partículas plásticas. La OCDE calcula que en 2019 se liberaron al medio ambiente unos 22 millones de toneladas de materiales plásticos, y que los microplásticos representan una parte importante de esa fuga, con fuentes como neumáticos, frenos y lavado de textiles.

También es cierto que estamos expuestos a ellos. No hace falta imaginar una conspiración de señores con bata echando plástico en el agua. Basta vivir en 2026. Hay partículas en el polvo doméstico, en el aire, en el agua, en algunos alimentos y en envases sometidos a calor o desgaste. La Organización Mundial de la Salud revisó la evidencia disponible y reconoció que los microplásticos generan preocupación por los propios polímeros, por los aditivos, por contaminantes adheridos y por posibles biofilms; al mismo tiempo, subrayó que todavía hay incertidumbres importantes sobre exposición real y efectos en salud humana. En 2019, la OMS dijo que, con la información limitada disponible, los microplásticos en agua potable no parecían suponer un riesgo para la salud a los niveles observados, pero pidió más investigación y una reducción de la contaminación plástica.

La parte más delicada llega cuando se habla de “microplásticos en el cuerpo humano”. En los últimos años han aparecido estudios que detectan microplásticos o nanoplásticos en sangre, placenta, pulmones, semen, placas arteriales e incluso cerebro. Algunos resultados son inquietantes, pero no todos tienen la misma solidez. Analizar plástico en tejidos humanos es endiabladamente difícil porque vivimos rodeados de plástico: ropa sintética, tubos, guantes, aire del laboratorio, instrumentos, recipientes. Si no se controla muy bien la contaminación, uno puede terminar midiendo no lo que había en la muestra, sino lo que se coló durante el análisis. Además, ciertas técnicas pueden confundir señales químicas de tejidos biológicos, como grasas, con polímeros plásticos si no se aplican controles adecuados. En 2026 se publicaron críticas fuertes a varios estudios de alto impacto precisamente por posibles falsos positivos, contaminación y falta de controles suficientes.

Ahora bien, tampoco conviene saltar al extremo contrario y decir: “bah, entonces todo es mentira”. No. Lo razonable es decir que hay una señal de alerta real, pero todavía borrosa. Una revisión sistemática publicada en 2026 encontró 25 estudios en humanos vivos que detectaban microplásticos y nanoplásticos en distintos sistemas del cuerpo, con asociaciones en áreas cardiovasculares, reproductivas, gastrointestinales, respiratorias y oculares. Pero la misma revisión advertía que los estudios presentaban heterogeneidad metodológica, riesgo moderado o alto de confusión y sesgos de medición, por lo que las asociaciones no deben leerse automáticamente como causa y efecto. Dicho de forma sencilla: encontrar dos cosas juntas no demuestra que una haya provocado la otra.

Uno de los estudios más citados es el publicado en 2024 en The New England Journal of Medicine sobre placas de ateroma en arterias carótidas. Los investigadores encontraron polietileno en placas de 150 pacientes, un 58,4% de la muestra, y PVC en 31, un 12,1%. Durante el seguimiento, quienes tenían microplásticos o nanoplásticos detectados en esas placas presentaron más riesgo de infarto, ictus o muerte. El dato es llamativo, pero el propio análisis es observacional: muestra una asociación fuerte, no una prueba definitiva de causalidad. Puede haber factores de exposición, hábitos, entorno o estado de salud que expliquen parte de la diferencia. Aun así, sería bastante imprudente ignorarlo.

La historia, por tanto, no va de elegir entre “estamos comiendo tarjetas de crédito” y “no pasa nada”. Va de algo menos vistoso y más importante: los microplásticos están por todas partes, la exposición humana existe, los efectos biológicos son plausibles, algunos estudios apuntan a riesgos preocupantes, pero las cifras exactas y las consecuencias clínicas todavía necesitan mejores métodos, mejores controles y estudios más largos. La ciencia no funciona como un tráiler de Netflix. No basta con música inquietante y una frase rotunda. Hace falta medir bien, repetir, comparar, corregir y, a veces, reconocer que el titular que nos gustaba era demasiado bonito para ser verdad.



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