El día de la revelación

Steven Spielberg acaba de decir en plena promoción de Disclosure Day que cree que los extraterrestres han visitado la Tierra. Dicho así, la frase suena como si el director de E.T. se hubiese levantado una mañana, hubiese abierto el cajón de los secretos de Hollywood y hubiese decidido enseñar una foto borrosa de un marciano desayunando en McDonalds.

Los titulares de prensa se han hecho eco de estas declaraciones de manera muy llamativa: Spielberg cree que los alienígenas han visitado la Tierra. El director dice que los extraterrestres quizá siempre hayan estado aquí, pero reconoce que él nunca ha visto ninguno. Y ese detalle cambia bastante el asunto, porque de nuevo estamos ante una nueva representación de los murales de Mulder y Scully: «Quiero creer». La declaración procede de una entrevista en CBS con Ben Mankiewicz, en la que Spielberg fue preguntado directamente si creía que los alienígenas habían estado aquí y podían seguir aquí. Su respuesta fue que, basándose en la “evidencia circunstancial” reunida durante toda su vida, en las personas a las que ha escuchado, en los documentales que ha visto y en los testimonios del Congreso, “absolutamente” cree que han estado aquí y están aquí; incluso añadió que quizá siempre han estado aquí.

La tentación inmediata es pensar: claro, justo ahora que estrena una película sobre una gran revelación alienígena, qué casualidad más redonda. Y sí, casualidad no es. «El día de la revelación» (Disclosure Day) es precisamente una película sobre una filtración mundial de pruebas que demostrarían décadas de contacto extraterrestre ocultado por el Gobierno y por intereses privados. Según The Guardian, la película costó unos 115 millones de dólares y otros 80 millones en marketing, y necesitaría acercarse a los 300 millones para cubrir costes. Es decir, no estamos hablando de un corto experimental rodado con tres amigos. Hay mucho dinero en juego.

Pero reducirlo todo a “lo dice para ganar pasta” sería demasiado simple. Spielberg lleva casi toda su vida artística orbitando alrededor del mismo tema. Antes de ser Spielberg con mayúsculas, cuando tenía 17 años, ya hizo Firelight, una película de ciencia ficción sobre luces extrañas en el cielo. Después llegaron Encuentros en la tercera fase en 1977, E.T. en 1982, La guerra de los mundos en 2005 y, aunque más discutida, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal en 2008. La revista Smithsonian recuerda que Encuentros en la tercera fase no salió de la nada: Spielberg se empapó de prensa, revistas, informes, relatos de testigos y del trabajo del astrónomo J. Allen Hynek, antiguo asesor del proyecto Blue Book, hasta el punto de contratarlo como consultor técnico y darle un cameo en la película.

Lo curioso es que en 1977 Spielberg hablaba de este asunto con más prudencia que ahora. En una entrevista de la época, citada por Smithsonian, decía que si creías era “ciencia factual” y si no creías era “ciencia ficción”, pero que él se consideraba agnóstico entre ambas posturas: para él era “especulación científica”. Esa frase es bastante buena, porque define muy bien al Spielberg clásico: no estaba vendiendo una tesis, estaba explorando una posibilidad emocional. Los OVNIs le servían para hablar de asombro, de familias rotas, de comunicación, de soledad, de miedo al otro y de esa vieja necesidad humana de mirar al cielo y pensar que quizá no somos el centro de la función.

La propia biografía emocional de Spielberg encaja demasiado bien con esa obsesión. Él ha contado muchas veces que su fascinación por el cielo empezó de niño, cuando su padre lo despertó de madrugada para llevarlo a ver una lluvia de meteoros. No era un avistamiento extraterrestre, era algo mucho más sencillo y quizá por eso más poderoso: un padre, un niño y un cielo lleno de luces. CBS recoge esa escena como el inicio de su “historia de amor con el cielo”. Smithsonian la interpreta como una clave de su cine: no necesariamente un hombre que sabe algo que los demás ignoramos, sino alguien que vuelve una y otra vez a una experiencia de infancia donde el universo se le abrió de golpe.

Dicho esto, hay una diferencia enorme entre creer que puede haber vida fuera de la Tierra y creer que esa vida ha venido aquí, ha estrellado naves, ha hablado con gobiernos o vive entre nosotros con discreción. Lo primero es una posibilidad razonable. El universo es inmenso, hay miles de millones de estrellas solo en nuestra galaxia y ya sabemos que los planetas son comunes. No hace falta llevar gorrito de papel de aluminio para pensar que puede haber vida en otros lugares. Lo segundo, en cambio, exige pruebas mucho más fuertes. Porque una civilización capaz de cruzar distancias interestelares no es una afirmación pequeña. Es una afirmación de esas que no deberían sostenerse sobre vídeos borrosos, recuerdos humanos, testimonios de segunda mano o documentos desclasificados que siempre prometen mucho y luego enseñan poco.

Y aquí es donde conviene bajar la música de John Williams y encender la luz del laboratorio. La NASA publicó en 2023 el informe de su equipo independiente sobre fenómenos anómalos no identificados. Su conclusión no fue “los OVNIs no existen”, porque eso sería absurdo: claro que existen objetos o fenómenos que en un momento dado no se identifican. La conclusión fue otra: hasta la fecha no hay evidencia concluyente en la literatura científica revisada por pares que apunte a un origen extraterrestre de los UAP. La NASA recomendó mejores datos, mejores sensores y menos estigma, no un salto directo a “son visitantes de las Pléyades”.

El informe anual de AARO, la oficina del Departamento de Defensa estadounidense que analiza estos casos, va por la misma línea. Entre mayo de 2023 y junio de 2024 recibió 757 informes; resolvió 118 como objetos prosaicos —globos, aves, drones— y tenía otros 174 pendientes de cierre que finalmente se resolvieron también como globos, aves, drones, satélites y aeronaves. El documento subraya que, hasta la fecha, AARO no ha descubierto pruebas de seres, actividad o tecnología extraterrestre. Además, en su revisión histórica de casi 80 años de programas relacionados con UAP, el Departamento de Defensa dijo no haber encontrado pruebas verificables de que el Gobierno o la industria privada hubiesen tenido acceso a tecnología extraterrestre.

Eso no significa que todos los casos estén explicados. Significa algo más aburrido, que suele ser lo que pasa en el mundo real: muchos se explican cuando hay datos suficientes, otros siguen sin resolverse porque faltan datos buenos, y ninguno ha dado todavía el salto a prueba verificable de tecnología alienígena. Un “no identificado” no es una nave extraterrestre esperando a que alguien le ponga nombre. Es simplemente un “no lo sabemos todavía”. El desconocimiento es una casilla honrada; convertirla automáticamente en extraterrestres es hacer trampas con el tablero.

La pregunta entonces es: ¿cree Spielberg de verdad o está actuando como vendedor de su propia película? Probablemente las dos cosas conviven, pero no en la forma cínica que a veces imaginamos. Hay señales de creencia sincera. En SXSW, meses antes del estreno, dijo que tenía una “sospecha muy fuerte” de que no estamos solos “aquí en la Tierra ahora mismo”, aunque también reconoció que no sabía más que el público. En esa misma conversación, cuando se mencionaron unas declaraciones de Barack Obama sobre vida extraterrestre, Spielberg admitió que su primera reacción fue pensar que aquello era estupendo para Disclosure Day. Esa frase es muy reveladora, no porque demuestre mala fe, sino porque muestra que Spielberg sabe perfectamente cuándo una creencia personal se convierte también en combustible promocional.

 



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