La entrada secreta de la pirámide de Micerino

OKDiario publicaba el 2 de julio una noticia con un titular sorprendente: “Descubren una entrada secreta en una de las pirámides de Giza en Egipto”. Estupefacción en la arqueología, acceso completamente desconocido, ingeniería faraónica que podría cambiar para siempre,… ¿Qué hay de cierto en todo ello?
Lo que hay detrás de esta noticia no es una invención completa. Existe un estudio real, publicado en 2025 en NDT & E International, en el que investigadores de la Universidad de El Cairo, la Universidad Técnica de Múnich (TUM) y otros colaboradores del proyecto ScanPyramids detectaron dos anomalías detrás de una zona de granito pulido en la cara este de la pirámide de Micerino.
El problema empieza cuando pasamos de “dos anomalías que podrían ser huecos llenos de aire” a “entrada secreta descubierta”. No es exactamente lo mismo. De hecho, no es ni remotamente lo mismo.
La pirámide de Micerino es la más pequeña de las tres grandes pirámides de la meseta de Guiza. Tiene una entrada conocida, situada en la cara norte. Pero desde hace tiempo llamaba la atención una zona de la cara este cubierta por bloques de granito muy pulidos. ¿Por qué ahí? ¿Por qué tan lisos? Según la nota de la TUM, esos bloques pulidos ocupan un área de unos 4 metros de alto por 6 de ancho, y se parecen a los que rodean la entrada norte.
En 2019, el investigador Stijn van den Hoven propuso que esa zona podía estar ocultando otra entrada. Era una hipótesis. Interesante, sí. Demostrada, no.
Lo que hicieron los investigadores fue comprobar esa posibilidad con técnicas no destructivas: georradar, ultrasonidos y tomografía de resistividad eléctrica. Dicho en cristiano: formas de “mirar” dentro de la piedra sin ponerse a picar alegremente una pirámide de 4.500 años, que suele estar mal visto por los conservadores, por los arqueólogos y por cualquier persona que no haya aprendido patrimonio viendo vídeos de YouTube.
El resultado fue la detección de dos anomalías detrás de los bloques pulidos. Una a 1,4 metros de profundidad y otra a 1,13 metros. Sus tamaños estimados son de aproximadamente 1 metro por 1,5 metros y 0,9 por 0,7 metros. La TUM las describe como “air-filled anomalies”, anomalías llenas de aire, y añade que podrían indicar una nueva entrada. Fijaos en el verbo: podrían. No “son”. No “se ha abierto una entrada”. No “se ha encontrado un pasadizo secreto”. Ese condicional es importante.
Estas técnicas no producen una fotografía del interior como si hubiésemos metido una cámara. Funcionan midiendo diferencias. El georradar detecta cambios en cómo se reflejan las ondas electromagnéticas. Los ultrasonidos observan cómo viaja el sonido por la piedra. La resistividad eléctrica mide cómo se comporta el material ante una corriente. Si detrás de una superficie hay piedra maciza, la señal se comporta de una manera. Si hay una grieta, una junta, un hueco o un material diferente, se comporta de otra.
Luego se cruzan los datos. A eso lo llaman Image Fusion. Básicamente consiste en combinar las imágenes reconstruidas por varias técnicas para ver si todas apuntan al mismo sitio. Si el radar ve algo raro, el ultrasonido ve algo raro y la resistividad también ve algo raro en la misma zona, la sospecha gana fuerza.
Y aquí la gana. No estamos ante una mancha en una foto ni ante las afirmaciones de un visionario. Hay datos técnicos. Hay publicación científica. Hay una nota institucional. Hay un hallazgo real. Pero sigue sin haber entrada.
Lo que tenemos son dos vacíos o anomalías compatibles con la existencia de huecos llenos de aire. Que esos huecos formen parte de una entrada secundaria es una interpretación posible. También podrían ser una característica constructiva, una discontinuidad entre bloques, una cámara menor, un espacio de descarga, una reparación antigua, o algo cuya función todavía no sepamos. Live Science, por ejemplo, lo resumía con bastante más prudencia: dos vacíos en la cara este de la pirámide de Menkaura “may indicate” una segunda entrada, y añadía que harán falta más pruebas para saber qué son exactamente. Esto es lo que se pierde cuando un medio cambia “podría indicar” por “descubren”.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es. En arqueología, descubrir una entrada implica bastante más que detectar una anomalía con instrumentos. Implica confirmar que hay un acceso, saber hacia dónde va, entender su geometría y, si se llega a ese punto, visualizarlo directamente con una cámara o mediante una intervención autorizada. Algo parecido ocurrió con la pirámide de Keops: primero hubo señales indirectas, luego confirmaciones con otras técnicas y finalmente inspección endoscópica en el caso del corredor de la cara norte. En Micerino todavía estamos en una fase anterior.
También chirría la forma de presentarlo como una investigación “reciente” en julio de 2026. El artículo científico es de 2025 y la nota de la TUM es del 7 de noviembre de 2025. OKDiario no está contando algo ocurrido ayer en la meseta de Guiza, sino reciclando un resultado ya difundido meses antes y poniéndole un envoltorio más espectacular.
Y aquí es donde el asunto se vuelve un poco cansino. Porque el hallazgo, explicado bien, ya es interesante. No hace falta vestirlo de misterio prefabricado.
Pero tampoco seamos demasiado exigentes. Mirando la autodefinición de la autora del artículo, tampoco podríamos esperar un erudito análisis sobre egiptologia:
Ana López Vera
Máster en Periodismo Deportivo. Pasé por medios como Diario AS y ABC de Sevilla. También colaboré con la Real Federación de Fútbol Andaluza.