Pedro, el lobo y el alarmismo climático

Durante años, una parte del relato climático ha funcionado con una mecánica bastante sencilla: se tomaba el escenario más extremo, se convertía en titular, se le añadía una imagen de incendios, sequías o ciudades inundadas, y se presentaba al público como si aquello fuera el camino natural de la humanidad si no obedecíamos inmediatamente. El resultado era eficaz, desde luego. Captaba atención, movía conciencias, daba munición política y conseguía que cualquiera que preguntase por los matices pareciera estar discutiendo si el fuego quema. Pero también tenía un problema: no era una forma honesta de contar la ciencia.
El protagonista de esta historia tiene nombre poco sexy, como casi todo lo que sale de un informe técnico: RCP8.5. Más tarde tuvo un heredero llamado SSP5-8.5. No eran predicciones en sentido estricto. Eran escenarios. Es decir, hipótesis sobre cómo podría evolucionar el mundo si se daban determinadas condiciones: uso masivo de combustibles fósiles, crecimiento intenso de la población, expansión enorme del carbón y pocas políticas climáticas eficaces. A partir de esas hipótesis, los modelos calculaban qué podía pasar con la temperatura, el nivel del mar, las lluvias, las sequías y otros elementos del sistema climático.
Hasta ahí, nada que objetar. La ciencia trabaja con escenarios porque nadie tiene una bola de cristal. Explorar un caso extremo puede ser útil, igual que un ingeniero calcula qué le pasaría a un puente bajo cargas muy superiores a las habituales. El problema empieza cuando ese caso extremo deja de presentarse como “esto es lo peor que podría pasar bajo unos supuestos muy concretos” y se convierte en “esto es lo que nos espera si no hacemos lo que hay que hacer”. Ahí la ciencia deja de informar y empieza a actuar como tráiler de película de catástrofes.
Ahora ese escenario extremo ha sido apartado del centro del nuevo marco de escenarios climáticos que se utilizará para la siguiente generación de modelos, CMIP7. Los propios autores del nuevo trabajo reconocen que escenarios como SSP5-8.5, heredero de RCP8.5, se han vuelto poco plausibles a la luz de lo ocurrido en los últimos años: caída del coste de las renovables, políticas climáticas ya implantadas, cambios tecnológicos y emisiones reales que no siguen la senda más extrema imaginada hace una década. Dicho de forma menos técnica: el mundo no parece ir camino de quemar carbón a lo loco durante todo el siglo XXI hasta alcanzar ese futuro de pesadilla que tantas veces vimos convertido en mapa rojo fosforito.
Y aquí conviene hacer dos cosas a la vez, aunque nuestro cerebro tribal nos pida elegir bando como en un derbi. La primera es reconocer que esto no significa que el cambio climático sea falso. La concentración de CO₂ ha aumentado, la temperatura media global ha subido, la física del efecto invernadero no ha pedido la baja laboral y el IPCC mantiene que la influencia humana sobre el calentamiento global es inequívoca. No hay una conspiración desmontada ni un “todo era mentira” escondido debajo de la alfombra.
La segunda cosa, igual de necesaria, es admitir que se ha abusado del alarmismo. Y mucho. Durante años, RCP8.5 fue tratado en demasiados estudios, informes, notas de prensa y artículos periodísticos como si fuera el escenario “business as usual”, la ruta por defecto de la civilización. Zeke Hausfather y Glen Peters ya lo denunciaron en 2020 en Nature con un título bastante claro: la historia del “business as usual” era engañosa. Su advertencia era de puro sentido común: usar el peor escenario como si fuera el resultado más probable no ayuda a diseñar mejores políticas. Ayuda a producir titulares más impactantes.
La diferencia no es menor. No es lo mismo decir “si el mundo siguiera una trayectoria muy intensiva en carbón y sin apenas mitigación, podríamos llegar a niveles de calentamiento muy altos” que decir “vamos directos a un planeta inhabitable”. La primera frase informa. La segunda asusta. Y el susto puede ser útil una vez, quizá dos, pero usado como método permanente acaba desgastando la confianza pública. Es como la historia de Pedro y el Lobo. Si perdemos la confianza en los científicos, cuando quieran alarmarnos de algo urgente les diremos: «ahorita mismo».
En el clima se ha confundido con frecuencia la comunicación del riesgo con la comunicación del pánico. Y eso tiene consecuencias. Si durante años se presenta el escenario más extremo como futuro probable y luego la propia comunidad científica lo retira por poco plausible, mucha gente no concluye “la ciencia se corrige, como debe ser”. Concluye “me estaban engañando”. Y cuando una parte del público llega a esa conclusión, aunque sea de manera injusta o exagerada, el daño ya está hecho.
No hace falta imaginar una gran conspiración con señores acariciando gatos en una sala oscura. Basta con entender cómo funcionan los incentivos. Un estudio que anuncia impactos moderados tiene menos recorrido mediático que uno que habla de ciudades bajo el agua. Un titular prudente recibe menos clics que uno apocalíptico. Un político obtiene más atención si presenta una emergencia absoluta que si habla de incertidumbres, probabilidades y rangos. Una institución que trabaja en cambio climático tiene más facilidad para captar financiación, influencia y presencia pública si el problema se comunica en términos dramáticos. No digo que todo se haya hecho con mala fe. Digo algo más incómodo: incluso sin mala fe, los incentivos pueden empujar a exagerar.
Y esto debería preocupar precisamente a quienes consideran que el cambio climático es un problema real. Porque el alarmismo no es el aliado de la ciencia; es su primo bocazas. Puede parecer útil al principio, porque moviliza y simplifica. Pero a largo plazo erosiona lo más importante que tiene la ciencia en el debate público: la credibilidad. Cuando se exagera para convencer, se está apostando a que nadie pedirá cuentas después. Y tarde o temprano alguien las pide.
Lo estamos viendo ahora. Medios negacionistas han recibido la retirada de RCP8.5 casi como si fuera la caída del Muro de Berlín climático. Algunos lo presentan como la gran prueba de que todo el discurso climático era una farsa. Y eso tampoco es verdad. Que el peor escenario haya perdido plausibilidad no convierte en inocuo un mundo con 2,5 o 3 grados más de temperatura media. No convierte las olas de calor en inventos. No borra la acidificación del océano ni elimina los riesgos para cultivos, ecosistemas, costas y disponibilidad de agua. El error de unos fue convertir el peor caso en destino inevitable; el error de los otros es convertir la corrección del peor caso en absolución universal.
La ciencia climática, bien contada, no necesita apocalipsis prefabricados. Necesita explicar rangos, incertidumbres, escenarios y probabilidades. Necesita decir cuándo algo es muy probable y cuándo es solo un caso extremo. Necesita distinguir entre lo que ya sabemos, lo que es una proyección razonable y lo que es una hipótesis de estrés. Y necesita hacerlo aunque el titular quede menos espectacular. Sobre todo entonces.