¿Cómo anunciar un contacto extraterrestre y no morir en el intento?

La Academia Internacional de Astronáutica (IAA) acaba de publicar una actualización de sus protocolos para el manejo de posibles detecciones de señales de inteligencia extraterrestre. Los anteriores databan de 2010. Quince años en los que, entre otras cosas, ocurrió algo llamado Twitter, luego X, y el resto de la infraestructura del caos informativo contemporáneo.
El objetivo declarado es equilibrar la apertura científica con el rigor metodológico. En palabras del prof. Michael Garrett, director del Centro de Astrofísica de Jodrell Bank y presidente del comité SETI de la IAA: «Esperamos evitar que los investigadores griten ‘alienígena’ prematuramente, y al mismo tiempo informar al público de que queremos ser tan transparentes y abiertos como sea posible.»
Traducción: el problema no es encontrar algo. El problema es lo que pasa después en redes sociales.
Las nuevas directrices exigen que los investigadores hagan todos los esfuerzos posibles para autenticar y verificar cualquier señal detectada antes de hacer declaraciones públicas. Los informes de verificación deben pasar por revisión por pares, y los datos de apoyo deben estar disponibles públicamente para garantizar la transparencia.
Nada revolucionario hasta ahí. Es el método científico de toda la vida aplicado a un contexto extraordinario. Lo interesante viene con el reconocimiento explícito de por qué esto hace falta ahora de una forma que no hacía falta en 2010.
Garrett lo señala directamente: las redes sociales han transformado el ecosistema de información desde que se publicaron los protocolos anteriores. «En 2010 parecía algo estupendo, y ahora nos damos cuenta de que hay que tener mucho cuidado. Tienes que intentar controlar el relato de lo que sea que hayas descubierto para que no se distorsione de alguna manera.»
«Controlar el relato.» Esa frase, que tan bien conocemos en España, eriza el vello en boca de un político. En boca de un científico, el efecto no es tan diferente. La razón que da Garrett es comprensible: sin control del relato, la información llega al público ya digerida por conspiranoicos, distorsionada hasta convertirse en algo potencialmente desestabilizador. Lo entienden. Lo justifican. Y aun así, que haya que plantearlo en esos términos dice algo incómodo sobre nosotros como colectivo. Sobre nuestra incapacidad colectiva para recibir información compleja sin convertirla en munición.
Ya hemos visto lo que ocurre cuando esto falla. Recordemos el episodio del telescopio de radio de Parkes en 2015, cuando se anunció precipitadamente una señal «prometedora» que resultó ser interferencia de radiofrecuencia local. O la señal BLC1 de Proxima Centauri en 2020, que generó semanas de titulares sensacionalistas antes de ser descartada como ruido terrestre. La mecánica es siempre la misma: una anomalía sin verificar entra en el ciclo mediático, las redes amplifican la especulación, y cuando llega el desmentido nadie lo lee porque el algoritmo ya pasó página.
Hay un elemento en los nuevos protocolos que llama la atención porque no existía en la versión anterior. Las directrices reconocen que los investigadores pueden enfrentarse a problemas de seguridad personal. Aunque se anima a las instituciones a comunicarse abiertamente, los científicos individuales conservan el derecho a declinar interacciones con los medios, y se aconseja a las organizaciones que tomen medidas para proteger a su personal. Garrett lo explica sin rodeos: «No creo que nadie pensara realmente en la seguridad personal de los científicos en 2010, pero sospecho que es un problema mayor ahora porque es bastante fácil localizar dónde trabajan y dónde viven las personas.»
Que un protocolo científico sobre búsqueda de vida extraterrestre tenga que incluir una cláusula sobre la seguridad física de los investigadores es, en sí mismo, un diagnóstico preciso del momento en que vivimos. No es hipotético. Hay precedentes recientes de científicos que han recibido amenazas después de aparecer en medios de comunicación desmintiendo afirmaciones virales relacionadas con ovnis o UAPs. El mismo fenómeno que vimos con los epidemiólogos durante la pandemia.
Los nuevos procedimientos de la IAA son sensatos. Peer review antes de comunicar, datos abiertos, portavoces institucionales, protección de los investigadores. Todo correcto. Pero hay una tensión que los protocolos no pueden eliminar por decreto.
A pesar de décadas de búsqueda, no se ha detectado ninguna señal confirmada de vida extraterrestre inteligente. Sin embargo, Garrett sugiere que la enorme cantidad de datos astronómicos que ahora examinan científicos de todo el mundo hace que un descubrimiento futuro sea cada vez más plausible. «No sé si será este año, el próximo, en la próxima década, en el próximo siglo, o lo que sea», dijo. «Pero eventualmente, alguien va a encontrar algo.»
Ese «eventualmente» es el nudo del problema. Mientras no hay nada que anunciar, los protocolos son un ejercicio teórico. Pero el campo SETI está pasando por una expansión significativa de capacidades técnicas. El ngVLA, el nuevo observatorio de gran escala previsto para 2035 en Nuevo México, producirá 40 petabytes de datos al mes y será entre cinco y diez veces más sensible que los instrumentos que han dominado la búsqueda hasta ahora, observando un orden de magnitud más de estrellas simultáneamente. Más datos significa más anomalías. Más anomalías significa más presión para comunicar antes de verificar.
Los protocolos de la IAA son un intento legítimo de poner orden antes de que haga falta. La pregunta es si las instituciones científicas, los medios de comunicación y las plataformas digitales serán capaces de respetar ese orden cuando llegue el momento de verdad, que es justo cuando todo el mundo tiene más incentivos para saltárselo.
La historia reciente del periodismo científico y la desinformación no invita al optimismo. Pero al menos alguien ha tenido la sensatez de escribir el manual antes del incendio.