Viajamos en un coche con el acelerador soldado al piso

Hay algo en la física que es especialmente dificil de comprender: la velocidad de la luz. La física moderna te dice que no puedes ir más rápido que la luz, y punto. Ni con el motor más potente, ni con la tecnología más avanzada. Es como si el universo tuviera un límite de velocidad más estricto que el de cualquier autopista. Pero Richard Feynman, ese físico de pelo alborotado que tocaba los bongos y ganó un Nobel en 1965, tenía un don especial para hacer que estas restricciones cósmicas tuvieran sentido. Y lo hacía con metáforas tan brillantes que, una vez las entiendes, no puedes pensar en la relatividad de otra manera.