686 páginas de archivos del FBI sobre D.B. Cooper: cuando más información significa más misterio

El FBI acaba de liberar 686 páginas de documentos sobre D.B. Cooper, y después de leerlas, lo único que ha quedado claro es que este tipo sabía exactamente lo que estaba haciendo. Estamos hablando del único secuestro aéreo sin resolver en la historia de Estados Unidos, un caso que lleva más de 50 años dando dolores de cabeza a los investigadores y alimentando teorías conspirativas de todo tipo. Pero antes de entrar en lo que revelan estos nuevos documentos, hay que entender por qué este caso sigue siendo relevante más de medio siglo después.
El 24 de noviembre de 1971, la víspera de Acción de Gracias, un hombre de unos 40 años subió al vuelo 305 de Northwest Orient Airlines en Portland con destino a Seattle. Se identificó como Dan Cooper (el nombre «D.B.» vino después por un error de un periodista que confundió al secuestrador con un sospechoso llamado D.B. Cooper que el FBI interrogó brevemente). Iba vestido con traje de negocios, corbata negra, camisa blanca y gafas de sol oscuras. Parecía un oficinista más. Pero poco después del despegue, le pasó una nota a la azafata que decía que tenía una bomba en su maletín. Sus exigencias fueron claras: 200.000 dólares en billetes de 20 (equivalente a unos 1.5 millones de dólares actuales) y cuatro paracaídas. A cambio, liberaría a los pasajeros en Seattle.
Las autoridades cumplieron. Cooper dejó salir a los 36 pasajeros, se quedó con la tripulación, y ordenó que el avión despegara rumbo a México. En algún momento sobre el estado de Washington, entre las 20:00 y las 20:15 horas, abrió la compuerta trasera del Boeing 727 y saltó en medio de la noche con el dinero atado al cuerpo. Nunca se le volvió a ver. Ni él, ni el paracaídas, ni prácticamente todo el dinero. Solo aparecieron 5.800 dólares en billetes de 20 deteriorados en 1980, encontrados por un niño de 8 años en las orillas del río Columbia, a kilómetros de donde se suponía que Cooper había saltado. El caso quedó oficialmente cerrado en 2016 cuando el FBI anunció que redirigía recursos a otras prioridades, pero dejó la puerta abierta a nueva evidencia física.
Y aquí es donde entran estos nuevos archivos, clasificados como «Parte 110» en la bóveda del FBI. Son 686 páginas de memorandos, notas y reportes que nunca habían visto la luz pública, incluyendo un informe masivo de 336 páginas del agente especial Charles E. Farrell fechado el 16 de febrero de 1972, apenas tres meses después del secuestro. No contienen la pistola humeante que resolvería el caso, pero sí revelan detalles escalofriantes sobre lo metódico que era Cooper y lo desesperado que estaba el FBI por encontrarlo.
Empecemos por el paracaídas. Cooper pidió cuatro: dos frontales y dos dorsales. En su momento, los negociadores asumieron que planeaba llevarse un rehén con él en el salto, porque ¿para qué más querría cuatro paracaídas? Pero Cooper saltó solo. Durante años se especuló que pidió paracaídas extras solo para dar la impresión de que podría tomar un rehén, asegurándose así de que las autoridades no sabotearan el equipo. Si alguien inocente moría por un paracaídas manipulado, la culpa recaería sobre ellos. Los nuevos archivos confirman que Cooper era aún más paranoico de lo que se pensaba. En la página 60 del informe se lee que una azafata notó que Cooper había desarmado uno de los paracaídas durante el vuelo. Cuando le preguntó si lo había hecho, él respondió simplemente «Sí». No dio más explicaciones, pero la conclusión es obvia: estaba inspeccionándolo para asegurarse de que no estuviera saboteado. Este no es el comportamiento de un aficionado desesperado. Es el de alguien que conocía perfectamente los protocolos de seguridad y no confiaba en nadie.
Pero lo más revelador es cuánto sabía Cooper sobre aviación. La página 46 del informe dice textualmente que «el secuestrador mostró un conocimiento extenso de la aeronave» y estaba «específicamente bien informado sobre los procedimientos de reabastecimiento de combustible hasta el punto de que la tripulación tuvo dificultades para convencerlo de que solo el 96% del combustible requerido estaba a bordo». Piénsalo un momento: este tipo sabía más sobre el Boeing 727 que algunos de los propios miembros de la tripulación. Le dictó a las azafatas instrucciones técnicas precisas sobre cómo debía volar el avión: «Vamos a la Ciudad de México o cualquier lugar de México, sin escalas, tren de aterrizaje abajo, flaps abajo, pueden ajustar los flaps a 15, pueden detenerse en cualquier lugar de México para repostar pero en ningún lugar de Estados Unidos. La puerta trasera debe estar abierta y las escaleras bajadas. La altitud bajo 10.000 pies, saben que no pueden ir por encima de eso. Luces de cabina apagadas y todos deben estar adelante de la cortina de Primera Clase».
Cuando la tripulación le explicó que el avión no podía despegar con las escaleras traseras bajadas, Cooper respondió en voz baja: «La cabina puede bajarlas después de estar en el aire». Y tenía razón. En marzo de 1964, Boeing había realizado pruebas con el 727 volando con las escaleras traseras desplegadas en pleno vuelo. El informe técnico resultante, el D6-7771 titulado «Características de vuelo con escalera trasera bajada», describía exactamente los procedimientos que el 727 secuestrado siguió ocho años después. Cooper conocía ese informe. De hecho, su conocimiento era tan específico que sabía algo que casi nadie fuera de Boeing y ciertas agencias gubernamentales conocía: que esas escaleras traseras integradas podían abrirse en pleno vuelo sin que la tripulación pudiera anularlo desde la cabina. Después del secuestro de Cooper, la FAA ordenó instalar en todos los Boeing 727 un dispositivo llamado «Cooper Vane» (la aleta de Cooper), una simple paleta aerodinámica que se activa con el flujo de aire durante el vuelo y bloquea mecánicamente la apertura de las escaleras, impidiendo que vuelva a ocurrir algo similar. También podía reconocer terreno desde gran altura. Durante el vuelo, mientras el avión estaba en un patrón de espera antes de aterrizar en Seattle, Cooper miró por la ventana y comentó casualmente: «Estamos sobre Tacoma ahora». La azafata se sorprendió porque no había habido ningún anuncio de que estuvieran sobre Tacoma. Cooper simplemente conocía el área.
Todo esto plantea una pregunta incómoda: ¿quién era realmente este tipo? El FBI lo buscó con todo. Cuando las búsquedas terrestres y aéreas no encontraron nada, la Fuerza Aérea prestó al FBI nada menos que un Lockheed SR-71 Blackbird, el avión de reconocimiento supersónico que había sido desarrollado para misiones encubiertas durante la Guerra de Vietnam y que podía volar a más de tres veces la velocidad del sonido. El informe del agente Farrell menciona los «resultados del sobrevuelo del SR-71». Imagina la escena: el avión más rápido del mundo, capaz de fotografiar 100.000 millas cuadradas por hora desde 80.000 pies de altitud, volando cinco pasadas siguiendo la ruta del 727 secuestrado. Y no encontraron nada. La visibilidad era demasiado pobre. Ese fue prácticamente lo único que Cooper no planeó: el clima. Pero planeó todo lo demás con una meticulosidad obsesiva.
Los archivos revelan que Cooper exigió que cada nota que escribió o dictó a las azafatas le fuera devuelta. También pidió que le devolvieran una caja de cerillas usadas. No dejó huellas dactilares en el avión. Solo una corbata negra con un alfiler de madreperla, que curiosamente no tenía ninguna pista inmediata, aunque análisis posteriores de 2025 revelaron que contenía más de 100.000 partículas microscópicas, incluyendo metales raros como bismuto y titanio sin alear, lo que ha llevado a especular que Cooper podría haber trabajado en una instalación de manufactura especializada con conexiones a Boeing. Pero en 1972, esa corbata no significaba nada.
Las descripciones de testigos eran contradictorias. Algunos lo describieron como de «complexión olivácea, apariencia latina, mientras que otros, como el pasajero Cord Harms Zrim Spreckel, lo identificaron como un hombre blanco de unos 50 años. Debido a que el famoso retrato robot del FBI se basó en múltiples testimonios contradictorios, los investigadores tuvieron que lanzar una red muy amplia. Para febrero de 1972, apenas tres meses después del secuestro, el FBI había investigado a 325 sospechosos y había descartado a 220 mediante fotografías mostradas a testigos o confirmando sus coartadas.

Los nuevos archivos muestran casos fascinantes de estas investigaciones. Está Ferdinand Michael Richard Arndt de Bellingham, Washington, cuyo caso ocupa varias páginas del informe. El FBI recibió un aviso que comenzaba con: «Este será probablemente el peor aviso que recibirán». Y tenía razón. Un memorándum del 11 de mayo de 1972 señala que Arndt «puede ser eliminado como sospechoso únicamente en base a su nariz inusualmente grande y prominente». Sí, leíste bien: lo descartaron por su nariz.
Pero no todas las investigaciones fueron tan absurdas. El caso más intrigante es el de Richard Floyd McCoy Jr., un veterano del Ejército y piloto que realizó un secuestro casi idéntico apenas cinco meses después del de Cooper, en abril de 1972. McCoy abordó un vuelo de United Airlines, exigió 500.000 dólares y cuatro paracaídas, y saltó del avión sobre Utah. Fue capturado tres días después. El FBI encontró 499.970 dólares en su casa (curiosamente, faltaban 30 dólares, probablemente gastados en un batido que compró después de aterrizar). McCoy fue condenado a 45 años de prisión, pero en 1974 escapó secuestrando un camión de basura junto con otros reclusos. Tres meses después, en un tiroteo con el FBI en Virginia, McCoy murió.
Los nuevos archivos revelan que el FBI tomó muy en serio a McCoy como sospechoso de ser también D.B. Cooper. Incluso alteraron una fotografía de él para mostrarle usando las mismas gafas de sol que los testigos dijeron que Cooper llevaba. La similitud con los retratos robot es inquietante. Oficialmente, el FBI descartó a McCoy porque no coincidía con las descripciones físicas de Cooper: McCoy tenía 27 años en 1971, mientras que Cooper fue descrito como un hombre de unos 45 años. Pero la historia no termina ahí.
En 2023, después de la muerte de su madre, los hijos de McCoy, Chanté y Richard III, se acercaron al investigador de aviación Dan Gryder con una confesión: su padre era D.B. Cooper. En un cobertizo de almacenamiento en la propiedad familiar en Carolina del Norte encontraron un paracaídas y un arnés que, según Gryder, coinciden exactamente con las especificaciones del paracaídas usado por Cooper. También encontraron un diario de saltos que se alinea con la cronología de ambos secuestros. Los hijos dijeron que habían esperado hasta que su madre muriera porque creían que ella había sido cómplice en ambos secuestros. El FBI recogió el paracaídas y el diario en septiembre de 2023, y según Gryder, incluso solicitaron exhumar el cuerpo de McCoy para obtener ADN y compararlo con las muestras de la corbata que Cooper dejó en el avión. Hasta ahora, el FBI no ha confirmado ni negado que esté investigando activamente el caso de nuevo.
Entonces, ¿qué sabemos realmente después de estas 686 páginas? Sabemos que Cooper no era un aficionado. Era alguien con conocimientos profundos de aviación, probablemente con experiencia militar o de la industria aeroespacial, que planeó meticulosamente cada detalle excepto el clima. Sabemos que el FBI usó todo, desde el SR-71 Blackbird hasta cientos de agentes en tierra, y aun así no pudieron encontrarlo. Sabemos que investigaron a más de mil sospechosos a lo largo de los años y que Richard Floyd McCoy Jr. sigue siendo el más probable, especialmente con la nueva evidencia física que sus propios hijos han entregado.
Pero también sabemos que después de más de 50 años, este sigue siendo el único secuestro aéreo comercial sin resolver en la historia de Estados Unidos. Y quizás eso es lo más fascinante. En una era donde tenemos tecnología de reconocimiento facial, bases de datos masivas de ADN, y cámaras de seguridad en cada esquina, un tipo con traje y corbata logró saltar de un avión en medio de la noche con 200.000 dólares y desaparecer por completo. O murió en el salto, como cree la mayoría del FBI, considerando que saltó en la oscuridad total, bajo una lluvia torrencial, con vientos de más de 320 km/h, usando un paracaídas que no se podía direccionar, vestido con mocasines y gabardina, en un área boscosa y montañosa. Ningún paracaidista experimentado habría intentado ese salto. De hecho, uno de los paracaídas que Cooper se llevó estaba cosido para uso de entrenamiento y no se podía abrir. Eso sugiere que no era un experto en paracaidismo, lo que hace aún más probable que no sobreviviera.
Pero si McCoy era Cooper, entonces sí sobrevivió, porque McCoy demostró cinco meses después que podía hacer exactamente ese tipo de salto y vivir para contarlo. Eso es lo que hace que esta historia sea tan persistentemente fascinante: cada nueva pieza de evidencia responde algunas preguntas pero genera diez más. Estos nuevos archivos del FBI no resuelven el misterio de D.B. Cooper. Lo que hacen es mostrarnos con un detalle escalofriante cuán extraordinariamente competente era este hombre, y cuán extraordinariamente difícil fue atraparlo. Y si Richard Floyd McCoy Jr. era D.B. Cooper, como ahora parece cada vez más probable, entonces la verdad es que sí lo atraparon eventualmente, pero solo después de que cometiera el mismo crimen dos veces y escapara de prisión, antes de morir en un tiroteo.
Mientras tanto, el paracaídas y el diario que los hijos de McCoy entregaron al FBI en 2023 siguen siendo analizados en algún laboratorio. Puede que finalmente tengamos la respuesta definitiva. O puede que, como todo en este caso, solo obtengamos más preguntas con un poco más de detalle.
alll
30/01/26 19:10
Se lo comieron los osos
Kurrupypy
1/02/26 01:38
Fascinante historia
He leído el artículo de wikipedia que es más completo, lógicamente, y difiere de este en alguna cosilla. Sobretodo en lo que respecta a los paracaídas. Dice que se le entregó, sin intención, un paracaídas falso que se utiliza en demostraciones, e insinúa que pudo haberse lanzado con él. Y no dice que desmontara uno para revisarlo, como en este artículo, sino que utilizó parte de él para amarrar el dinero a su cuerpo
Respecto a los casi 6000 dólares encontrados, he pensado lo mismo que pensó en su día el FBI: ¿Por qué dejaría ese dinero ahí? Lo más plausible es que la diñara, ¿no?
Respecto a McCoy, aparte de que lo anterior hace bastante probable que palmara, no me cuadra por dos cosas:
Primero, ¿un tío al que le sale bien la jugada y se lleva casi 200000 lereles, se la juega con el mismo modus operandi cuatro meses después? Demasiado loco. Pero mucho
Segundo. Según la wikipedia, a McCoy lo pillaron por huellas que dejó en una revista que hojeó en el avión y por un mensaje escrito que dejó en el mismo. No cuadra con la meticulosidad de Cooper en cuanto a no dejar huellas
lamentira
1/02/26 02:05
Kurrupypy dijo:
Esto si lo digo en el artículo. Le dieron accidentalmente un paracaídas dummy que se usa en entrenamientos pero que no se abría y estaba cosido. Aunque no está 100% confirmado, aparentemente saltó con el. No se sabe si lo uso como principal o como reserva. Un paracaidista experto lo habría notado. Si juntamos las dificultades meteorológicas a qué no se experto… Parece difícil que sobreviviera. Pero no encontraron cuerpo, ni paracaídas, ni ropa, ni nada. Solo un fajo de billetes medio destrozados.
Kurrupypy
1/02/26 02:12
@ lamentira:
Pues tendría guasa que un paracaídas dado por error hubiese sido la causa de la, supuesta, muerte…
Con lo calculado que lo tenía todo….
Eroton
1/02/26 02:26
Me ha recordado la anécdota de aquel «excéntrico» que alquiló una Pilatus PC-6 Porter para saltar en paracaídas. Al piloto le extrañó lo escaso del equipo del sujeto, y cuando llegaron a la altura de salto y el cliente se lanzó, advirtió desde arriba que no llevaba puesta la mochila del paracaídas.
Cuando pudo aterrizar, se desplazó a toda prisa donde estaba el cuerpo sin vida de su antiguo cliente, y le explicaron que todo lo que llevaba era un tubo de pomada «para caídas y contusiones».
Gracias por el artículo.