La chambre de Chéops (II): Mirar de verdad la gran pirámide

Retomamos esta serie para profundizar en el contenido de «La chambre de Chéops», saboreando cada idea vertida por el autor en este libro.

Lo primero que deja claro Gilles Dormion es algo que suele incomodar: no sabemos realmente cómo se construyeron las pirámides. No existen manuales técnicos egipcios, ni relieves que expliquen el proceso completo, ni textos administrativos que detallen el método. Todo lo que circula son hipótesis, muchas de ellas repetidas tantas veces que han acabado sonando a certezas. Dormion insiste en algo básico, pero fundamental: cuando los datos son escasos, lo verosímil no equivale a lo demostrado.

Durante décadas se ha intentado resolver el problema desde una pregunta muy moderna: ¿cómo habríamos hecho nosotros una obra así con los medios de la época? De ahí salen las grandes rampas, los cálculos de pendientes, las cifras de obreros arrastrando toneladas de piedra. El problema es que ese enfoque dice más de nuestra forma de pensar que de la egipcia. Los constructores del Reino Antiguo no improvisaban soluciones ingeniosas sobre la marcha ni optimizaban como un ingeniero contemporáneo. Trabajaban con técnicas heredadas, probadas durante generaciones, profundamente ligadas a la tradición y al simbolismo.

Ahí es donde muchas teorías empiezan a hacer agua. Las rampas externas, ya sean frontales o envolventes, pueden resultar seductoras sobre el papel, pero presentan problemas enormes cuando se las enfrenta al monumento real: volúmenes de obra descomunales, dificultades serias para controlar la geometría y, sobre todo, una condición que rara vez se cuestiona: asumir que la pirámide se levantó de una sola vez, como un bloque homogéneo que crece de manera continua desde la base hasta el vértice.

Dormion propone darle la vuelta al razonamiento. Antes de preguntarse cómo se subieron los bloques, plantea algo mucho más sencillo y más incómodo: mirar cómo están hechas realmente las pirámides. Allí donde la piedra lo permite —pirámides arruinadas, inacabadas o cortadas por excavaciones— aparece siempre el mismo patrón. Un núcleo interno escalonado, heredero directo de las pirámides en gradas, recubierto posteriormente por una envolvente que regulariza la forma y sirve de soporte al revestimiento final.

No es solo una cuestión visual. Núcleo y envolvente no están mecánicamente ligados: las hiladas no coinciden, los bloques no encajan, no trabajan como una sola estructura. Todo apunta a fases constructivas distintas. Incluso en la Gran Pirámide, donde no podemos observar el interior directamente, los estudios de microgravimetría realizados en los años ochenta muestran variaciones de densidad incompatibles con un bloque macizo y homogéneo.

Y aquí aparece un contraste especialmente interesante. Esos mismos datos de gravimetría fueron los que llevaron a Jean‑Pierre Houdin a proponer su conocida hipótesis de la rampa interna helicoidal. En su modelo, la pirámide se habría construido en una sola gran fase, de fuera hacia dentro, utilizando una rampa integrada en el volumen del edificio. Es una idea elegante, muy atractiva, y suele presentarse como la alternativa “racional” frente a las fantasías habituales.

Pero el detalle importante es este: los datos son los mismos. Lo que cambia es la pregunta que se les hace. Houdin parte de una visión moderna de eficiencia y planificación global; Dormion parte de la observación histórica de que los egipcios construían por acumulación, por correcciones sucesivas, integrando lo antiguo en lo nuevo. Uno intenta resolver cómo se subieron los bloques; el otro se pregunta primero qué estructura se estaba construyendo realmente.

Este enfoque cobra aún más sentido cuando se observa la evolución de las pirámides anteriores a Keops, las de Snéfrou. Lejos de ser una cadena de fracasos, muestran un proceso de aprendizaje extraordinariamente coherente. Se ajustan pendientes, se modifican envolventes, se perfeccionan soluciones. La pirámide lisa no sustituye a la escalonada: la envuelve, la oculta y la conserva en su interior. No hay ruptura, sino refinamiento.

Todo esto encaja además con la concepción egipcia de la tumba como morada de eternidad. La pirámide no es solo un problema logístico que resolver del modo más eficiente, sino un dispositivo simbólico y religioso destinado a durar para siempre y a garantizar la transformación del rey. En ese contexto, una construcción por fases, con núcleos ocultos y envolventes posteriores, resulta mucho más coherente que una obra optimizada al estilo moderno.

Lo más inquietante de esta lectura es que no sustituye una explicación cómoda por otra más exótica. Lo que hace es mostrar hasta qué punto muchas de nuestras certezas descansan sobre supuestos frágiles, aceptados por repetición más que por demostración. Dormion no promete grandes revelaciones ni cámaras secretas de película. Propone algo mucho más difícil: volver a mirar la piedra con paciencia y aceptar que quizá sabemos menos de lo que creemos.

Este artículo continúa el camino iniciado en el anterior. A partir de aquí, iremos entrando poco a poco en las entrañas de la Gran Pirámide, analizando sus espacios internos y las implicaciones de esta lectura arquitectónica. No para alimentar el misterio, sino para entender mejor dónde terminan los datos y dónde empiezan nuestras suposiciones. Porque a veces, el verdadero enigma no está en lo oculto, sino en lo que llevamos demasiado tiempo dando por sabido.

 

  • Estaría bien poder preguntarle porqué su editor no ha traducido la obra, al menos en dos idiomas más.

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