El procesamiento del CO2 en las industrias y los «bombazos» periodísticos

Un equipo del Instituto Noruego de Bioeconomía (NIBIO) y la Universidad Noruega de Ciencias de la Vida ha desarrollado un método para convertir CO₂ y monóxido de carbono en biometano usando biofilms, esas películas de microorganismos que se forman cuando las bacterias deciden hacer vida en común. Han publicado cinco artículos científicos entre 2024 y 2025 en revistas como Bioresource Technology y Biomass and Bioenergy, lo cual nos dice que estas afirmaciones tienen un marchamo científico.
El proceso es bastante elegante, la verdad. En lugar de descomponer residuos orgánicos como hacen las plantas de biogás tradicionales, estos reactores capturan gases directamente y los transforman usando comunidades microbianas seleccionadas que crecen en finas capas sobre soportes plásticos. El Dr. Lu Feng, que lidera la investigación, explica que han conseguido biometano con una pureza superior al 96%, que es bastante impresionante para un proceso biológico. Lo mejor es que estos biofilms toleran sustancias que normalmente impedirían la producción de metano, como el sulfuro de hidrógeno o el amoníaco. Mientras que los sistemas convencionales pueden perder hasta un 30% de su capacidad de producción cuando hay sulfuro de hidrógeno en el ambiente, los reactores con biofilm mantienen su rendimiento incluso con concentraciones extremadamente altas.
El equipo noruego ha probado el sistema con syngas, una mezcla de hidrógeno y monóxido de carbono que se puede obtener de gasificar residuos que normalmente no se degradan en procesos biológicos, como plásticos complejos o biomasa leñosa. Han descubierto que añadir hidrógeno extra mejora la producción de metano, aunque añadir demasiado desestabiliza el proceso. También han experimentado con bioaumentación, que es «meter bacterias específicas a propósito», usando arqueobacterias del género Methanothermobacter que son especialmente buenas convirtiendo hidrógeno y CO₂ en metano incluso cuando hay un montón de amoníaco dando vueltas.
Ahora bien, en muchos artículos de prensa se dice que se ha descubierto un «método para convertir en energía limpia el mayor contaminante de la Tierra». Llamar al CO₂ «el mayor contaminante de la Tierra» no es preciso. Técnicamente cierto si miramos los números absolutos de emisiones antropogénicas, pero tremendamente simplista. El CO₂ no es tóxico a las concentraciones atmosféricas actuales, a diferencia del monóxido de carbono, las partículas PM2.5, el ozono troposférico o docenas de contaminantes que realmente afectan la salud a nivel local. Lo que hace el CO₂ es absorber radiación infrarroja y calentar el planeta, que es un problema enorme pero de otro tipo. Además, hay gases de efecto invernadero mucho más potentes molécula por molécula, como el metano (que curiosamente es lo que están produciendo estos investigadores) o los gases fluorados. Y por si fuera poco, el metano no es un «combustible limpio». AL quemarlo, vuelve a producir CO₂.
Además, y esto no lo cuentan los artículos de prensa, este no es un método para capturar CO₂ de la atmósfera. Estamos hablando de procesar gases industriales concentrados, como los que salen de plantas de tratamiento de residuos, fábricas de cemento o gasificadores. Es una tecnología de aprovechamiento de flujos de gases que ya existen en procesos industriales, no una solución mágica para revertir el cambio climático aspirando CO₂ del aire. Eso no le quita mérito, ojo, porque reutilizar estos gases en lugar de soltarlos a la atmósfera tiene todo el sentido del mundo desde el punto de vista de economía circular.
La tecnología tiene potencial real para integrarse en plantas industriales, especialmente en sitios que ya producen residuos con alto contenido de carbono. Podría combinarse con energía renovable excedente para usar el hidrógeno de la electrólisis y cerrar ciclos de carbono, lo cual es genuinamente útil. Pero presenta desafíos típicos de escalado: controlar las condiciones en reactores grandes, mantener las comunidades microbianas estables a largo plazo y competir económicamente con el gas natural, que sigue siendo obscenamente barato en muchos lugares del mundo.
Tenemos una investigación sólida sobre un proceso biotecnológico que aprovecha microorganismos para convertir gases residuales en combustible limpio, pero no es un «bombazo«, como algún titular exclama.