Poleas en la pirámide: lo que Selim Hassan encontró bajo la arena

Selim Hassan no lo tuvo fácil. Nacido en 1886 en una pequeña aldea del delta del Nilo, tuvo que luchar contra un sistema que reservaba la egiptología para los europeos. Cuando intentó conseguir un puesto en el Museo Egipcio de El Cairo, le dijeron que no había lugar para un egipcio estudiando su propia historia. Pero Hassan era tenaz. Se las arregló para estudiar en París, se doctoró en Viena, y en 1928 se convirtió en el primer profesor egipcio de egiptología en la Universidad de El Cairo. Para 1929 ya dirigía sus propias excavaciones en Giza, armado con métodos científicos rigurosos y una determinación férrea por documentar cada hallazgo.
Durante esas campañas, en 1933 y 1935, Hassan encontró en Giza dos piezas de basalto con acanaladuras perimetrales (no procedentes de una excavación en la base de la Gran Pirámide, sino del entorno de la necrópolis). Las catalogó con el mismo rigor que todo lo demás y lanzó una hipótesis atrevida para su época: montadas en un armazón, podían trabajar como poleas o poleas dobles para guiar cuerdas y cambiar la dirección de la fuerza. La idea chocaba con la cronología canónica que sitúa la invención formal de la polea en época griega, pero Hassan no hablaba de tratados teóricos, sino de dispositivos prácticos que protegían la cuerda y facilitaban el izado.
Décadas después, ensayos de arqueología experimental (2025) han montado réplicas de estas piezas en bastidores de madera y han comprobado que funcionan como aparejos, ofreciendo ventajas mecánicas del orden de 3:1 a 6:1 según el montaje. La eficiencia depende del rozamiento, el ángulo de contacto y el estado de las cuerdas; con guiado por garganta y lubricación, el rendimiento mejora sensiblemente. No demuestra que todas las piedras se izaran así, pero sí que estos aros podían integrarse en operaciones puntuales de elevación y ajuste.

Esto no borra las rampas ni los trineos ni la organización laboral; los complementa. El repertorio tecnológico del Imperio Antiguo era más rico de lo que sugieren los memes: rampas, palancas, humectación de arena para reducir el rozamiento, y, posiblemente, piezas de basalto con garganta para evitar que las cuerdas se deshilacharan y para multiplicar la fuerza cuando hacía falta encajar un dintel o salvar un desnivel.
Hassan murió en 1961 sin ver refrendadas experimentalmente todas sus intuiciones, pero su legado sigue en pie: fue el primer egipcio en dirigir excavaciones de gran alcance en Giza, documentó minuciosamente decenas de tumbas y dejó materiales que hoy permiten probar hipótesis con métodos modernos. Aquellos aros de basalto —identificados y publicados por él en los años treinta— siguen recordándonos que, más que magia, en las pirámides hay ingeniería y procedimiento.