Cuando una IA entrevista a otra IA y el humano acaba sobrando

La inteligencia artificial está revolucionando el mercado laboral. Las empresas utilizan algoritmos para seleccionar candidatos, los candidatos utilizan ChatGPT para redactar sus currículos y las entrevistas de trabajo empiezan a estar dirigidas por máquinas. Era cuestión de tiempo que alguien llevase esta situación hasta sus últimas consecuencias. ¿Qué ocurriría si una empresa enviase a una inteligencia artificial para entrevistar a un candidato y este, para no ser menos, enviase a otra inteligencia artificial en su representación? Pues que las dos máquinas podrían terminar negociando un sueldo que nadie quiere, inventándose la experiencia profesional del aspirante y despidiéndose educadamente durante toda la eternidad.
Esto es exactamente lo que muestra un vídeo publicado el pasado 12 de octubre por el creador de contenido estadounidense Graham Dot Zip, bajo el título I Sent an AI to My Job Interview. So Did the Company (Envié una IA a mi entrevista de trabajo. La empresa también). Puedes activar subtítulos traducidos al español para seguirlo más fácilmente.
En la grabación, Graham se conecta a una entrevista virtual para un puesto relacionado con el marketing. Al otro lado le recibe Pat, un amable entrevistador que resulta ser una inteligencia artificial.
Pero Graham tampoco viene solo. Le acompaña Victor, su propio asistente de inteligencia artificial, al que presenta como su representante. Según explica, Victor conoce su currículo mejor que él mismo y será quien responda a las preguntas.
Pat no parece tener ningún inconveniente. Después de todo, ¿qué puede salir mal cuando dos inteligencias artificiales perfectamente educadas se ponen a conversar?
La entrevista comienza razonablemente bien. Victor presenta a Graham como un excelente profesional del marketing, con una trayectoria impresionante y una capacidad extraordinaria para dirigir equipos. El problema es que Graham no tiene semejante trayectoria. En realidad, según explica él mismo durante la conversación, es un coordinador de marketing que ni siquiera tiene empleados a su cargo. Victor, entusiasmado con su papel de representante, ha decidido convertirlo en un directivo experimentado. Graham tiene que intervenir para pedirle que deje de inventarse cosas. Pero el momento verdaderamente memorable llega cuando las dos máquinas empiezan a hablar de dinero.
Pat pregunta cuáles son las expectativas salariales del candidato. Victor responde que Graham es una persona extraordinariamente flexible y que estaría encantado de aceptar un salario de 60.000 dólares anuales. Graham casi se cae de la silla. Él esperaba cobrar entre 140.000 y 150.000 dólares. Su representante acaba de ofrecer sus servicios por menos de la mitad. El candidato interviene desesperadamente para corregir la situación e intenta reconducir la negociación, pero Pat le informa de que la horquilla salarial de la empresa se encuentra alrededor de los 85.000 a 95.000 dólares. Victor, lejos de defender los intereses de su representado, parece mucho más preocupado por mantener una conversación agradable y demostrar lo estupendo que sería trabajar en aquella empresa.
Como abogado negociador no tiene precio. Literalmente. Y todavía queda lo mejor. Cuando la entrevista termina, ambos asistentes comienzan a despedirse. Uno agradece al otro su tiempo. El otro responde que ha sido un placer. El primero devuelve el cumplido. El segundo vuelve a agradecer la conversación. Y así sucesivamente. Las dos inteligencias artificiales quedan atrapadas en una especie de bucle infinito de cortesía profesional, incapaces de dar por terminada la reunión, hasta que Graham tiene que intervenir nuevamente. El vídeo es francamente divertido y merece la pena verlo completo.
Pero antes de que alguien concluya que las empresas estadounidenses ya han llegado al extremo de contratar robots para que entrevisten a otros robots, conviene aclarar algo. La entrevista no era real.
El 18 de octubre, el portal de verificación Lead Stories publicó una investigación después de que la grabación comenzase a difundirse por las redes sociales como si documentase un proceso de selección auténtico. Los verificadores contactaron directamente con Graham, quien confirmó que sus vídeos son parodias y que no estaba participando en entrevistas laborales reales.
Sin embargo, añadió un matiz interesante: las situaciones están preparadas, pero las conversaciones no están escritas de antemano. Según Graham, las inteligencias artificiales improvisan sus respuestas y él no les proporciona un guion con lo que deben decir. Es decir, no estamos ante una entrevista de trabajo auténtica, pero tampoco, según su creador, ante dos actores leyendo un texto. La situación es ficticia. Las respuestas de las máquinas serían espontáneas.
Naturalmente, esto último depende del testimonio de Graham. No disponemos de una auditoría técnica independiente de cómo configuró los sistemas, qué instrucciones recibieron o cuántas tomas fueron necesarias para obtener el resultado final. Y esto importa porque el vídeo, aunque satírico, plantea problemas que sí son reales.
El primero es la tendencia de los modelos de inteligencia artificial a producir respuestas que parecen convincentes, aunque contengan información incorrecta. Es lo que habitualmente llamamos alucinaciones. Victor no se limita a presentar favorablemente a su candidato: le atribuye una experiencia profesional que no tiene. El segundo es la facilidad con la que podemos delegar decisiones importantes en sistemas que no necesariamente comprenden nuestros intereses.
Una cosa es pedirle a una IA que nos ayude a redactar un currículo. Otra bastante distinta es permitirle negociar nuestro salario sin supervisión. Pero quizá el aspecto más interesante sea que la utilización de inteligencias artificiales para entrevistar candidatos ya es una realidad.
En mayo de 2026, la plataforma de selección de personal Greenhouse publicó un estudio realizado entre 2.950 personas que buscaban empleo en cinco países. Entre los encuestados estadounidenses, el 63 % afirmó haber pasado ya por alguna entrevista en la que intervenía una inteligencia artificial. Y el 70 % de quienes habían experimentado evaluaciones con IA indicó que no se les había informado claramente de su utilización antes de la entrevista. Por tanto, aunque la situación presentada por Graham es una parodia, el escenario tecnológico que la hace posible no tiene nada de ciencia ficción.
Las empresas quieren automatizar la selección de personal para ahorrar tiempo y dinero. Los candidatos, por su parte, utilizan cada vez más herramientas de inteligencia artificial para preparar solicitudes, redactar cartas de presentación y mejorar sus posibilidades de conseguir una entrevista. Si ambas tendencias continúan, no sería extraño que terminemos viendo procesos de selección en los que una máquina evalúe los méritos que otra máquina ha redactado sobre un ser humano.
Y aquí surge una pregunta interesante: ¿qué estamos evaluando realmente? Si el currículo está redactado por una IA, la carta de presentación la escribe otra y la entrevista la realiza un asistente virtual, ¿cómo sabe la empresa que la persona que finalmente contratará posee las capacidades que han demostrado sus representantes digitales?
Y, en sentido contrario, ¿cómo puede saber el candidato que las condiciones laborales negociadas por su asistente son realmente las que más le convienen? La tecnología puede hacer muchas cosas útiles. Pero utilizarla para automatizar decisiones importantes sin supervisión humana puede acabar generando situaciones tan absurdas como las que muestra Graham.
De momento, su vídeo es una broma. Una broma bastante buena, además. Pero quizá dentro de unos años no nos resulte tan graciosa. Especialmente cuando descubramos que nuestro asistente de inteligencia artificial ha conseguido encontrarnos un trabajo estupendo, con unas condiciones magníficas y un salario que no nos convence. Y que, por supuesto, ya ha aceptado la oferta en nuestro nombre. Aunque nosotros llevemos tres meses trabajando en otra empresa.