Salir del cuerpo y no acertar qué hay en la habitación de al lado

Ilustración conceptual de un viaje astral y una imagen oculta en la habitación contigua

Salir del cuerpo debería tener algunas ventajas. Ahorrarse los atascos, por ejemplo, o mirar qué hay en la habitación de al lado sin levantarse del sofá. Un grupo de investigadores ha puesto a prueba precisamente esta última posibilidad, y los resultados no han sido mejores que el azar. Pero la historia ha llegado acompañada de un «giro inesperado»: dos participantes describieron lo que hacían los científicos a puerta cerrada. ¿Ha asomado la conciencia fuera del cráneo, o estamos mirando donde no estaba la prueba?

El trabajo de Marina Weiler y sus colaboradores, publicado en Explore en agosto de 2026, reunió a 21 personas vinculadas a un instituto de entrenamiento en experiencias extracorporales. Debían describir una imagen elegida al azar y situada en otra habitación inaccesible. Diez dijeron haber salido del cuerpo; trece aportaron descripciones analizables. Un modelo de lenguaje comparó cada descripción con cien posibles imágenes. Ni las pruebas individuales ni el análisis conjunto encontraron correspondencias superiores al azar de forma estadísticamente significativa.

La idea del experimento se entiende bien. Si alguien puede observar desde fuera de su cuerpo, hay una pregunta que permite pasar del relato a la comprobación: ¿puede obtener información que sus sentidos no tienen disponible? No hace falta empezar por el sentido último del universo. Basta una imagen en otra habitación. Es una exigencia bastante modesta para una facultad a la que se atribuyen viajes mucho más ambiciosos.

También conviene entender qué significa el resultado. No se ha demostrado que todos los participantes mintieran, ni que nadie pueda sentir que flota sobre su cuerpo. Tampoco una muestra pequeña resuelve para siempre cualquier afirmación paranormal. Lo que tenemos es una prueba concreta que no ha aportado evidencia de la capacidad examinada. Añadirle una victoria definitiva de cualquiera de los dos bandos sería adornar el informe por nuestra cuenta.

En el resumen del estudio se explica que las descripciones se puntuaron por su parecido de significado con las imágenes, mediante un sistema automático. Los autores reconocen una limitación: sus controles no garantizan que ese sistema capte bien toda la riqueza del lenguaje humano espontáneo. Esa cautela importa. Un método de evaluación puede mejorarse, pero señalar sus límites no convierte automáticamente los resultados negativos en positivos. Para eso haría falta otra comprobación.

El giro aparece en el comunicado de la Universidad de Virginia del 9 de septiembre. Durante entrevistas posteriores, dos participantes describieron posiciones y actividades de investigadores en un cuarto contiguo: trabajar con un ordenador, leer o tomar notas. Según el equipo, los registros confirmaban esas descripciones y los participantes no podían haber observado directamente la escena. La propia universidad advierte, sin embargo, que aquello no formaba parte de las medidas previstas y no puede considerarse evidencia de experiencias extracorporales.

Esto último merece leerse con la misma atención que el misterio. Una observación inesperada puede ser interesante y sugerir una investigación. Lo que no puede hacer es cambiar retrospectivamente la pregunta que tenía que responder el experimento. Si os presentáis a un examen de conducir, saltaros tres semáforos no queda compensado porque hayáis adivinado que el examinador desayunó tostadas. Puede ser sorprendente, pero el permiso sigue pendiente.

Para valorar esos relatos necesitaríamos saber cómo se decidió qué contaba como acierto, cuántos detalles se mencionaron y cuántos no coincidían. También importa con qué frecuencia sucede lo descrito: encontrar a alguien sentado ante un ordenador no tiene la misma rareza que identificar una combinación elegida al azar. No estoy afirmando que eso explique estos dos casos. Estoy señalando qué información haría falta para distinguir una impresión llamativa de una observación realmente difícil de obtener por vías normales.

Imaginad que alguien dice haber visto una mesa, una persona leyendo y algo azul. Después buscamos coincidencias en una oficina. Quizá encontramos un libro y una carpeta azul, pero habíamos olvidado que también mencionó una ventana abierta que no existe. Es un ejemplo inventado, no una descripción de lo ocurrido aquí. Sirve para entender por qué necesitamos el relato completo y una regla de evaluación establecida antes de conocer la respuesta.

Hay otra distinción que suele perderse: sentir que uno está fuera del cuerpo y ver de verdad desde esa posición son afirmaciones diferentes. En 2002, Olaf Blanke y sus colaboradores describieron en Nature cómo la estimulación eléctrica de una región cerebral provocaba repetidamente sensaciones extracorporales en una paciente evaluada por epilepsia. El trabajo relacionaba esas percepciones con la integración de información corporal y del equilibrio. Es una pista sobre cómo se construye la experiencia, no una explicación individual de cada testimonio imaginable.

Podemos tomarnos en serio a quien cuenta una vivencia sin aceptar todas sus interpretaciones. Si alguien siente que su cuerpo ha cambiado de tamaño, merece que estudiemos esa sensación; no hace falta empezar midiendo una habitación más grande. Con los viajes astrales ocurre algo parecido. La sinceridad del testigo y la exactitud de lo que cree haber observado son cuestiones que deben examinarse por separado.

Los investigadores proponen explorar objetivos más llamativos, como prendas distintivas, en futuras pruebas. Es una posibilidad comprobable. Mi propuesta sería fijar previamente los detalles que puntúan, elegirlos al azar, guardar todos los relatos y hacer que los evalúe alguien que desconozca la respuesta. Si aparece un efecto, repetirlo con otros participantes y otro equipo. Ahí es donde una anécdota puede empezar a convertirse en conocimiento.

No hay ninguna necesidad de prohibir estas investigaciones ni de tratarlas como revelaciones por adelantado. Lo exigible es que la conclusión siga a los resultados, incluso cuando estos resultan menos vistosos que la historia que nos gustaría contar. De momento, la imagen de la otra habitación sigue sin haber sido identificada por encima del azar. Antes de reservar un viaje astral al otro extremo del universo, convendría comprobar que el servicio llega al cuarto de al lado.



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