El polvo que pudo empeorar el peor día de los dinosaurios

La extinción de los dinosaurios tiene un problema cinematográfico: el asteroide se lleva toda la atención. Entra en escena, golpea la Tierra y parece que ya podemos poner los créditos. Pero entre una colisión y la desaparición de especies hay muchas preguntas. ¿Qué mató a los animales lejos del cráter? ¿El calor, los incendios, la oscuridad, el hambre? Una nueva investigación devuelve protagonismo a un actor bastante menos fotogénico: el polvo.

Hace unos 66 millones de años, el impacto de Chicxulub desencadenó la crisis del final del Cretácico. Para entender sus consecuencias conviene separar el golpe inicial de los procesos que puso en marcha. Saber qué inició una catástrofe y reconstruir cómo afectó a cada ecosistema son problemas distintos. Un incendio en una ciudad, por ejemplo, puede matar por quemaduras, humo o derrumbes. Encontrar la cerilla no resuelve automáticamente todos los informes forenses.

El trabajo de Brandon C. Johnson y sus colaboradores, publicado el 28 de julio de 2026 en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, combina cálculos físicos, simulaciones anteriores y datos geológicos. Propone que el polvo fino formado a partir de roca vaporizada dificultó la salida de radiación al espacio y reforzó el calentamiento de la superficie durante la caída de los materiales expulsados.

La distinción relevante está entre las pequeñas esferas de roca que regresaban hacia el suelo y el polvo mucho más fino que podía permanecer por encima. Los depósitos de Tanis aportan indicios de esa separación. Según el análisis, la cubierta de polvo favorecería incendios y daños térmicos en organismos expuestos. Pero los propios autores reconocen que la radiación calculada puede ser insuficiente para prender directamente la madera bajo un criterio conservador; materiales vegetales más fáciles de encender podrían iniciar el fuego.

La nota de prensa de la AGU presenta una versión bastante espectacular: describe un calentamiento superficial 3,5 veces más intenso al incorporar la capa de polvo y recoge la posibilidad, planteada por Johnson, de una mortandad enorme en la primera hora o dos. Esa cifra compara escenarios del modelo. No significa que alguien haya medido la temperatura de todo el planeta aquel martes del Cretácico, ni establece una hora universal de defunción.

La secuencia que describe la institución ayuda a visualizarlo: el choque vaporizó roca, parte del vapor se condensó en gotitas y el regreso de esos materiales transfirió energía a la atmósfera. Una cubierta que dificulta disipar esa energía puede agravar el episodio. La imagen de un horno es útil para empezar a entenderlo, siempre que recordemos que la Tierra no tiene un termostato ni un interior perfectamente uniforme.

Además, calentar vegetación no equivale automáticamente a incendiarla. En unos experimentos publicados en 2015, el equipo de Claire Belcher reprodujo pulsos térmicos estimados para diferentes distancias del impacto. La hojarasca seca podía arder; la vegetación viva, por lo general, se resistía. También importaba cuánto duraba la exposición: un pulso muy intenso y breve no producía necesariamente el mismo resultado que otro menos intenso pero prolongado.

Ese estudio encontraba diferencias regionales y advertía que los incendios, por sí solos, no explicaban la extinción de las plantas. Sus ensayos correspondían a unos escenarios térmicos concretos. Por eso no sirven para descartar automáticamente cualquier cálculo posterior, pero sí recuerdan qué debemos comprobar: tipo de combustible, humedad, duración y propagación. Una potencia de radiación es un dato físico; un bosque ardiendo es el resultado de varios procesos.

Y entonces aparece la objeción razonable: ¿no habíamos quedado en que el polvo enfrió la Tierra? El estudio de Cem Berk Senel y sus colaboradores de 2023 investigó precisamente esa fase. A partir de partículas conservadas en sedimentos y simulaciones climáticas, estimó que el polvo fino podía permanecer en la atmósfera unos quince años. En sus escenarios contribuía a un descenso de hasta 15 grados en la temperatura media superficial global, y la reducción de luz podía interrumpir la fotosíntesis durante casi dos años.

Son resultados de simulaciones, no lecturas de una estación meteorológica fósil. Pero describen una amenaza distinta: sin suficiente luz, la producción de alimento se desploma y el problema se propaga por las cadenas tróficas. Sobrevivir al primer episodio no garantiza sobrevivir a los meses siguientes. Aquí el reloj ya cuenta estaciones, no minutos.

Ambos mecanismos pueden encajar en una secuencia: primero una descarga extraordinaria de energía; después, una atmósfera que dificulta la llegada de luz solar. La propia AGU subraya esa compatibilidad. Plantear una competición obligatoria entre «murieron de calor» y «murieron de frío» simplifica demasiado una crisis que tuvo distintas fases.

Queda margen para discutir cuánto pesó cada mecanismo. El nuevo artículo usa referencias de letalidad humana, cuya extrapolación a animales del Cretácico es incierta, y pide más datos geológicos y experimentos. Mi lectura es que aporta una hipótesis física mejor fundamentada, mientras que el reparto exacto de víctimas sigue abierto. La diferencia importa: podemos tomarnos muy en serio una explicación sin convertirla en una reconstrucción completa del último día de cada dinosaurio. El polvo merece entrar en la película; los créditos todavía pueden esperar.

Imagen: ilustración conceptual generada con IA.



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