Entre el hielo y las bombas: qué sabemos de verdad sobre los círculos del Mediterráneo

Más de mil círculos casi perfectos, de unos 25 metros de diámetro cada uno, dispuestos en cadenas y racimos ordenados, yacen a más de cien metros de profundidad en el Mediterráneo. No los hizo ninguna civilización perdida. Tampoco son portales dimensionales ni huellas de ovnis. Pero lo que son de verdad es, si cabe, más interesante que cualquiera de esas fantasías.

Desde hace unas semanas circulan por redes sociales vídeos e imágenes de las llamadas «estructuras circulares del Mediterráneo», presentadas con el tono habitual: música inquietante, preguntas retóricas y la insinuación de que «la ciencia no tiene explicación». Lo cierto es que la ciencia no solo tiene explicación, sino que tiene dos, y está trabajando activamente para determinar cuál es la correcta.

El hallazgo se produjo el 31 de agosto de 2011, durante una campaña de cartografía acústica frente al norte de Córcega, realizada por el GIS Posidonie y la Universidad de Córcega [1]. Lo que el sonar reveló fue un campo enorme de estructuras anulares, más de mil, a profundidades de entre 105 y 125 metros. Cada anillo tiene una arquitectura sorprendentemente regular: un núcleo central de concreción calcárea de uno o dos metros, rodeado por un halo de sedimento carbonatado de unos diez metros de ancho, y una corona exterior poblada de rodolitos —unas bolas de algas calcáreas— y fauna diversa. La simetría y la repetición del patrón desconcertaron a los investigadores desde el primer momento.

Hoy existen dos hipótesis principales que compiten por explicar el origen de estas formaciones, y ambas son perfectamente científicas.

La primera es la hipótesis natural. Durante el Último Máximo Glacial, hace unos 21.000 años, el nivel del mar estaba más de 120 metros por debajo del actual. Esa zona del fondo, hoy sumida en penumbra, habría estado mucho más cerca de la superficie, con luz suficiente para que crecieran algas calcáreas formando domos. Al subir el nivel del mar, esos domos habrían colapsado, y los fragmentos se habrían reorganizado lentamente en anillos por efecto de la gravedad y las corrientes. Dataciones realizadas en el material más profundo de los núcleos arrojan edades compatibles con ese periodo glacial, y el entorno geológico de la zona —con cuevas sumergidas interpretadas como antigua línea de costa— cuadra con este escenario [2].

La segunda es la hipótesis antropogénica. Un trabajo publicado en 2024 propone que los círculos podrían ser cicatrices de bombas de la Segunda Guerra Mundial [3]. La aviación aliada, al regresar de misiones sobre Italia y el sur de Francia entre 1943 y 1945, descargaba la munición sobrante en zonas designadas del mar antes de aterrizar. Los defensores de esta idea señalan que los diámetros casi idénticos, las cadenas ordenadas, los solapamientos y los domos centrales —compatibles con conos de eyección por impacto— encajan con lo que se esperaría de un campo de cráteres de bombas posteriormente colonizado por organismos marinos.

¿Y cómo se decide entre ambas? Aquí es donde la ciencia deja de ser un relato y se convierte en un protocolo. La prueba más determinante sería un estudio de magnetometría: si bajo esos anillos hay restos metálicos compatibles con munición, la hipótesis bélica gana fuerza de forma decisiva. Si no los hay, pierde su pilar principal. Además, perfiles sísmicos del subsuelo revelarían si la estratigrafía muestra señales de impacto —mezcla de capas, conos de eyección— o, por el contrario, una continuidad sedimentaria compatible con procesos naturales lentos. Series de dataciones a distintas profundidades y en distintas zonas del anillo completarían el cuadro [1][3].

Por cierto, existe una tercera posibilidad que también se ha evaluado: que sean pockmarks, estructuras causadas por escapes de gas del subsuelo. Pero los propios investigadores la consideran poco probable. Los pockmarks típicos son depresiones en sedimentos finos a grandes profundidades; estos anillos, en cambio, tienen núcleos construidos por organismos y están en sedimento más grueso y a menor profundidad. Además, no se han detectado emisiones de gas en la zona [1][3].

Lo que los charlatanes de las redes no cuentan —porque les estropea el negocio del misterio— es que este caso es extraordinariamente testable. No estamos ante un fenómeno esquivo que se resiste a la investigación. Estamos ante un objeto geométrico, repetitivo, accesible con tecnología actual, y sobre el que ya se han realizado expediciones serias, incluida la Gombessa 6 en 2021, con buceo a saturación a más de cien metros [4]. Los datos para resolver la cuestión están al alcance de una campaña oceanográfica bien diseñada.

Y eso es, en el fondo, lo que debería fascinar de verdad. No que haya círculos en el mar —que los hay, y de muchos tipos y por muchas causas—, sino que tengamos un método capaz de distinguir entre un legado del último periodo glacial y las cicatrices de una guerra mundial. Que la respuesta esté esperando bajo el sedimento, y que solo haga falta ir a buscarla.

Referencias

[1] Verlaque, M. et al. (2012). «Atoll-like coralligenous structures on the continental shelf off Cap Corse (Corsica).» Comptes Rendus Biologies. https://comptes-rendus.academie-sciences.fr/biologies/item/10.1016/j.crvi.2012.10.005.pdf

[2] National Geographic. «Mystery Circles on the Mediterranean Sea Floor.» https://www.nationalgeographic.com/environment/article/mystery-circles-mediterranean-sea-floor

[3] Nature Scientific Reports (2024). https://www.nature.com/articles/s41598-022-09413-4

[4] Andromède Océanologie. «Expédition Gombessa 6 – Mission Cap Corse.» https://www.andromede-ocean.com/blog/2021/11/19/expedition-gombessa-6-mission-cap-corse-le-mystere-des-anneaux-rapport-intermediaire-de-lexpedition/

  • Me quedo con la cuarta: exclusas donde los habitantes de la tierra hueca salen a la superficie para reírse de los terraplanistas.

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