De escobas y calderos: cómo las brujas heredaron sus peores clichés

Cada Halloween volvemos a verlas: mujeres de nariz aguileña, sombrero puntiagudo, escoba en mano y caldero burbujeante. Es un estereotipo tan arraigado que ni nos cuestionamos de dónde salió. Pero resulta que esta imagen de bruja tiene menos de magia y más de misoginia histórica de la que nos imaginamos. Porque detrás de cada uno de esos elementos hay una historia bastante reveladora sobre cómo la Europa medieval y renacentista decidió convertir herramientas domésticas ordinarias en símbolos de brujería.

Empecemos por la escoba, que en el siglo XVI era simplemente eso: una escoba. Las mujeres las usaban para barrer el hogar y, en las aldeas rurales, también tenían una función más comercial. Las alewives —mujeres que fabricaban y vendían cerveza artesanal desde sus casas— colocaban escobas fuera de sus cabañas como señal de que dentro había cerveza lista para la venta. Un cartel publicitario medieval, vamos.
En 1485 apareció la primera ilustración conocida de mujeres volando sobre escobas en el manuscrito Le Champion des Dames del poeta francés Martin Le Franc. En él, las mujeres aparecen dibujadas a horcajadas sobre escobas en los márgenes de las páginas. El texto original no trataba de brujas, sino que defendía la dignidad femenina, pero el ilustrador añadió estas figuras, reflejando el imaginario popular de la época sobre la hechicería y la marginación femenina. Un año después, en 1486, el clérigo alemán Heinrich Kramer publicó el Malleus Maleficarum, un tratado de caza de brujas que básicamente era un manual de misoginia con portada. Kramer escribió sobre brujas volando en escobas ungidas con la ayuda del diablo, transformando un objeto doméstico en un instrumento del mal. Y tiene su lógica retorcida: si querías pintar a las mujeres como una amenaza para el orden doméstico, qué mejor que convertir las herramientas de ese mismo hogar en armas diabólicas.


El caldero sigue un camino similar. Antes de que apareciera en representaciones artísticas como la pintura de Daniel Gardner sobre las tres brujas de Macbeth en 1775, los calderos colgaban sobre el fuego en cada cocina europea. Las mujeres los usaban para preparar guisos, sopas y también remedios caseros. Durante los siglos XVI y XVII, la gente dependía de sanadoras tradicionales —personas que aprendían su oficio por experiencia y conocimiento transmitido de generación en generación— y muchas de ellas eran mujeres que hervían hierbas medicinales en sus calderos. Pero cuando la Reforma trajo más poder a la iglesia y se empezó a favorecer a los médicos formalmente entrenados por encima de los curadores sin licencia, estas mujeres con sus calderos comenzaron a verse con sospecha. De nuevo, la subversión de los deberes domésticos esperados se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para la paranoia.


Y luego está el famoso sombrero puntiagudo negro, cuyo origen es todavía más confuso y polémico. No hay una fuente definitiva, pero las especulaciones abundan. Una teoría apunta a la vestimenta tradicional de las mujeres galesas entre 1500 y 1780: faldas largas de lana, delantales, blusas y sombreros negros y altos que pudieron inspirar el estereotipo del sombrero de ala ancha de las brujas de los cuentos de hadas. Esto tiene sentido considerando que Gales, junto con Cornualles, era vista por los reformadores protestantes de la época como una tierra plagada de magia y hechicería. Curiosamente, fuera de Europa también se han encontrado sombreros altos negros en momias del año 200 a.C. desenterradas en Subeshi, China, lo que llevó a los científicos a llamarlas «las brujas de Subeshi».
Lo del pelo largo y desgreñado tampoco es casualidad. En la época posmedievial, las mujeres casadas respetables cubrían su cabello bajo una cofia, y el pelo suelto se asociaba con tentadoras y mujeres de moral dudosa. Agnes Griffiths, una galesa acusada de brujería en 1618, fue vista a través de la ventana de su casa usando algo afilado para pinchar una figura de cera, y fue descrita haciendo esto «con su cabello sobre sus orejas», una descripción que implicaba desdén automático. Era parte de esa dicotomía que la Reforma estableció entre las «buenas» mujeres cristianas y sus contrapartes «malas» brujas. Y por si fuera poco, también se sospechaba que las brujas escondían cera —que usarían para su hechicería— en el pelo, contribuyendo al estereotipo de las brujas con melenas grasientas.
Y no podemos olvidarnos del gato negro, que se ganó su mala fama por asociación. Entre los siglos XIV y XVII, las mujeres acusadas de brujería eran frecuentemente acusadas de tener un «familiar» (un animal que en realidad era el diablo o un demonio disfrazado). Estos espíritus familiares podían aparecer en todo tipo de formas: ranas, ratas, perros, caballos pequeños e incluso tejones. En una parodia perversa de la lactancia materna, se creía que las brujas alimentaban a estos familiares desde sus propios cuerpos, y por eso eran desnudadas y examinadas en busca de una «teta de bruja». El clérigo Robert Holland escribió un tratado sobre brujería que recogía historias como la de una bruja que siempre tenía una rata dócil alimentándose en su regazo, y afirmaba que los demonios aparecían en las formas más fáciles de mantener como mascotas: gatos, ratones y ranas. Contaba incluso la historia de una anciana y su hija que supuestamente habían mantenido al diablo durante mucho tiempo bajo varios disfraces animales, alimentándolos con sangre de sus propios pechos. Uno de los casos más famosos fue el de Elizabeth Clarke de Manningtree, quien admitió tener varios espíritus familiares, siendo el más recordado su gato, Vinegar Tom.
Lo fascinante de todo esto es cómo objetos completamente mundanos —una escoba, un caldero, un sombrero— y animales domésticos comunes se convirtieron en símbolos de lo diabólico simplemente porque estaban asociados con mujeres que se salían del molde prescrito. Mujeres que vendían cerveza, que curaban con hierbas, que simplemente existían de forma demasiado independiente para el gusto de la época. La iconografía de la bruja no surgió de la nada: fue construida deliberadamente para marcar como sospechosas a aquellas que no encajaban en el papel doméstico y sumiso que se esperaba de ellas. Y lo más impresionante es que esa imagen, nacida de la propaganda misógina de los siglos XV al XVII, sigue siendo el disfraz por defecto de Halloween más de 500 años después. Cada vez que vemos un sombrero puntiagudo o un caldero burbujeante en una decoración, estamos viendo el legado visual de una época en la que ser mujer e independiente era, literalmente, cosa de brujas.
Al final, resulta que las brujas no heredaron su look de una tradición mágica. Lo heredaron de la cervecera de la esquina, de la curandera del pueblo y de las mujeres que se atrevieron a ocupar espacios públicos. No es magia. Es historia, y de las menos bonitas.

  • Un artículo muy interesante, como de costumbre.

    Gracias.

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