El «agujero negro» antártico que no existe

En 2016, satélites de varias agencias espaciales publicaron imágenes de lo que parecía un agujero negro en la Antártida. Llegó a alcanzar aproximadamente el tamaño de Austria. ¿Acaso por fin habíamos encontrado la puerta de acceso al mundo existente en el interior de la Tierra? Finalmente se ha revelado qué era lo que se veía en esas capturas. Y como no podía ser de otra manera, llenó de decepción a los amantes de lo inexplicable.

El supuesto «agujero negro» es en realidad algo llamado polinia, concretamente la Polinia de Maud Rise. Es básicamente un charco gigante de agua líquida en medio del hielo marino antártico, de un enorme tamaño, cuando decide aparecer. Y digo «cuando decide» porque este fenómeno tiene la costumbre de aparecer y desaparecer, lo cual, admitámoslo, es bastante más interesante que la narrativa del pasadizo al interior de la Tierra.

La historia real comienza en 1974, cuando los satélites detectaron por primera vez esta enorme área de agua abierta en el Mar de Weddell, justo sobre una montaña submarina llamada Maud Rise. Este fenómeno reapareció cada invierno entre 1974 y 1976 alcanzando tamaños comparables a Nueva Zelanda, con temperaturas de -20°C que deberían haber congelado cualquier superficie de agua en cuestión de horas. Luego, en 1976, desapareció. Como si nunca hubiera existido. Y así permaneció durante cuarenta años, hasta que en 2017 decidió hacer su reaparición estelar, alcanzando los 80,000 kilómetros cuadrados en su momento de mayor extensión.

Aquí es donde la narrativa mediática se vuelve deliciosamente absurda. En las imágenes satelitales, estas áreas de agua abierta aparecen completamente negras, contrastando dramáticamente con el hielo blanco brillante que las rodea. Algún genio del marketing periodístico vio esto y pensó: «¡Es negro y está en medio del hielo! ¡Debe ser un agujero negro!». Funciona para generar clics.

La realidad es que los científicos llevan décadas estudiando estas polínias (sí, ese es el término correcto, viene del ruso y significa «área de agua abierta»). No son raras ni misteriosas en el contexto científico. De hecho, un estudio de 2024 identificó 174 polínyas diferentes en la Antártida durante las últimas dos décadas, tres veces más de las que se conocían anteriormente. Algunas son costeras, formadas cuando los vientos catabáticos (básicamente, vientos que bajan desde las montañas de hielo) empujan el hielo mar adentro. Otras, como nuestra estrella mediática de Maud Rise, son oceánicas y se forman por procesos mucho más complejos.

El misterio real no era que existiera este fenómeno, sino por qué diablos aparecía y desaparecía con intervalos de décadas. Y aquí es donde la ciencia se pone verdaderamente interesante. En mayo de 2024, un equipo internacional liderado por Aditya Narayanan de la Universidad de Southampton finalmente resolvió el enigma. La respuesta involucra algo llamado transporte de Ekman, que suena a novela de acción, pero que en realidad es un proceso oceanográfico donde los vientos mueven el agua en un ángulo de 90 grados respecto a su dirección debido a la rotación de la Tierra.

Imagínate esto: tienes una olla gigante de agua (el océano) con una capa de aceite encima (el agua menos salada y más fría). Normalmente, el aceite flota tranquilamente. Pero si empiezas a remover de cierta manera (los vientos), y además tienes una montaña en el fondo de la olla (Maud Rise) que desvía las corrientes, y encima hay una corriente circular gigante (el Giro de Weddell) que trae agua caliente y salada desde abajo…, el aceite se mezcla con el agua, la superficie se vuelve más salada y densa, y el agua caliente de abajo puede subir y mantener la superficie líquida incluso cuando hace un frío que pela.

Los investigadores descubrieron esto usando métodos que parecen sacados de una película de espías: colocaron sensores en elefantes marinos (sí, en serio) para medir la temperatura y salinidad del agua mientras estos animales se sumergían hasta 2,000 metros de profundidad. También usaron flotadores robóticos autónomos, datos de múltiples satélites de la NASA, y décadas de observaciones meteorológicas. Es como el CSI de la oceanografía, pero con focas como detectives involuntarios.

Lo que realmente hace la NASA, contrario a lo que sugieren los titulares sensacionalistas, es monitorear estos fenómenos con una flota de satélites. Joey Comiso, del Centro Goddard de la NASA, lo explica de manera bastante menos dramática que los medios: La forma del fondo marino causa que la corriente oceánica traiga agua cálida hacia la superficie y derrita el hielo marino. Ni una palabra sobre pasadizos al inframundo.

Pero aquí viene la parte que sí debería preocuparnos: aunque las polínyas son fenómenos naturales que han existido durante milenios, el cambio climático está cambiando las reglas del juego. El Océano Austral, que ocupa ~6% del área oceánica mundial, ha absorbido entre el 35% y el 62% del calor oceánico global en las últimas décadas. Es como si toda la Antártida fuera el radiador del planeta, y alguien acaba de subir el termostato.

El hielo marino antártico alcanzó su mínimo histórico en 2023, y el segundo más bajo en 2024. Los ríos atmosféricos (corrientes de vapor de agua que transportan humedad desde los trópicos) están intensificándose. Aunque solo ocurren el 3% del tiempo, causan hasta el 70% de las nevadas extremas en la Antártida Oriental. Es como si el sistema climático del planeta estuviera en modo «mezclar todo» y nadie supiera exactamente qué cocktail va a salir.

Las polínias no son solo curiosidades visuales que confunden a los periodistas. Son ventanas cruciales que permiten el intercambio de gases entre el océano y la atmósfera. Facilitan la formación del Agua de Fondo Antártica, que es básicamente el motor diesel de las corrientes oceánicas globales. Sin ella, el sistema de circulación oceánica que regula el clima del planeta se alteraría de forma sustancial.

Además, estas áreas son oasis de vida en el desierto helado. Focas, pingüinos, krill, todos dependen de estas «ventanas» para alimentarse y respirar. Los elefantes marinos del sur, esos mismos que los científicos convirtieron en espías oceanográficos involuntarios, las usan como estaciones de servicio en sus épicas migraciones.

La ironía más deliciosa de todo esto es que mientras los científicos celebraban haber resuelto finalmente el misterio de 50 años de la Polinia de Maud Rise, los medios seguían reciclando la misma narrativa del agujero negro.



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