A la caza de 3I/Atlas

A principios de julio de 2025, los telescopios del sistema ATLAS detectaron un visitante inesperado: 3I/ATLAS, un objeto interestelar que viaja a más de 240.000 km/h. En los primeros días tras su descubrimiento, se barajaron cifras muy dispares sobre su tamaño: desde estimaciones iniciales de entre 1 y 4 kilómetros, hasta cálculos inflados de unos 20 km basados en el brillo observado sin descontar la coma activa. Con datos más recientes del observatorio Vera C. Rubin, la cifra se redujo a unos 11 km, y finalmente las observaciones del Telescopio Espacial Hubble han ajustado el rango probable a entre 0,3 y 5,6 km. Es el tercer cuerpo confirmado procedente de fuera de nuestro sistema, después de ‘Oumuamua y Borisov. Su velocidad y su condición de visitante interestelar ya serían suficientes para ganarse titulares, pero la historia dio un giro cuando el astrónomo de Harvard Avi Loeb sugirió que tal vez no sea un cometa ordinario, sino un objeto bajo control inteligente.

El planteamiento de Loeb se apoya en varios puntos: el brillo observado es inusualmente alto para un cometa de este tamaño; la supuesta “cola” no se comporta como se espera, apareciendo en la parte frontal en lugar de la trasera; y su trayectoria parece alineada de forma sospechosamente precisa con el plano del sistema solar. Si a esto se añade que la probabilidad de que un objeto tan grande pase por aquí por azar es bajísima, el resultado es un cóctel perfecto para la especulación.

El problema es que, como tantas veces ocurre, la física y la logística tienen la mala costumbre de pinchar globos. Lanzar una sonda desde la Tierra para interceptar un objeto que se mueve a esa velocidad es inviable. La alternativa que propone Loeb es aprovechar una nave ya en el espacio: la sonda Juno, actualmente orbitando Júpiter, cuya misión está programada para finalizar en septiembre de 2025. La idea sería redirigirla para que se cruce con 3I/ATLAS cuando este pase cerca del planeta.

Sobre el papel suena a película de Hollywood: Juno, veterana de mil sobrevuelos jovianos, salta de su órbita para perseguir al misterioso visitante. En la práctica, la cosa es menos épica: habría que calcular si la nave dispone de combustible suficiente, evaluar el estado de su motor principal (que ya ha mostrado problemas) y garantizar que sus instrumentos pueden funcionar en un entorno muy distinto al que fue diseñada para estudiar. Además, un cambio de misión así no se aprueba de un día para otro; requiere estudios técnicos, presupuesto y, sobre todo, que NASA considere que merece la pena.

Algunos políticos, como la congresista Anna Paulina Luna, han mostrado entusiasmo por la idea, proponiendo incluso prolongar la misión hasta 2026 y asignar fondos adicionales. Pero otros científicos advierten que, sin datos claros que apunten a algo verdaderamente extraordinario, gastar tiempo y recursos en esta persecución podría ser más un gesto simbólico que un avance real.

Que un objeto sea raro no lo convierte automáticamente en una nave alienígena. La ausencia de cola puede deberse a la geometría de observación, a una baja producción de polvo o a factores térmicos. La alineación orbital puede ser fruto de sesgo observacional: detectamos mejor lo que pasa cerca del plano del sistema solar porque es donde miramos más. 3I/ATLAS es fascinante y vale la pena estudiarlo, pero quizá no necesitemos imaginar una civilización extraterrestre para explicar su visita.

  • Si al propio Carl Sagan le costó dios y ayuda que girasen la Voyager 1 para tomar aquella sobrecogedora fotografía conocida «como un punto azul pálido», no tengo muchas esperanzas en que se consiga reasignar una sonda «ad hoc» para una misión completamente ajena a la programada inicialmente.
    Y sería algo maravilloso, pero como digo lo veo poco probable, y ojalá me equivoque.

    Gracias por el artículo.

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