Un objeto perfecto: doce caras, cero respuestas

Lo desenterraron en un campo inglés en 2023. Pesa 245 gramos, está intacto, y nadie en dieciocho siglos ha conseguido explicar para qué demonios servía.

Lo desenterraron en un campo inglés en 2023. Pesa 245 gramos, está intacto, y nadie en dieciocho siglos ha conseguido explicar para qué demonios servía.

Seguimos con esta saga en relación con la intervención de Tito Vivas en el podcast de Jordi Wild. En esta ocasión analizando sus afirmaciones sobre el Arca de la Alianza.

Durante más de un siglo, una pregunta ha obsesionado a arqueólogos, antropólogos y curiosos de todo el mundo: ¿cómo transportaron los rapanuís esos colosos de piedra desde la cantera de Rano Raraku hasta sus plataformas ceremoniales? La respuesta convencional, la que encontrabas en prácticamente todos los libros de divulgación científica, era casi novelesca. Rodillos de madera, equipos de cientos de trabajadores, deforestación masiva. Una narrativa de colapso ecológico donde la ambición de construir estatuas gigantes llevó a la civilización rapanuí al borde del abismo. Pero hay un pequeño problema con esta versión de los hechos. No es cierta.

Si hay algo que le gusta a la prensa británica más que una boda real, es encontrar la Atlántida. Da igual que sea en medio del Atlántico, en el sur de España o, como nos ocupa hoy, en un lago de alta montaña en Kirguistán a 1.600 metros de altura. El Daily Mail y otros medios se han lanzado estos días a publicar titulares rimbombantes sobre el hallazgo de una «ciudad sumergida» en el lago Issyk-Kul, calificándola alegremente como una «Atlántida de la vida real».

Pocas teorías conspirativas tienen el glamour de un dictador huyendo en submarino hacia las pampas argentinas. Y pocas se desmoronan tan estrepitosamente cuando uno se molesta en mirar la evidencia.