LHS 1140 b: ¿es este planeta el mejor candidato para la vida que conocemos?

Cada pocos meses aparece un titular que promete que hemos encontrado, si no vida extraterrestre, al menos el lugar donde más probablemente esté escondida. La última ronda la protagoniza LHS 1140 b, un exoplaneta que orbita una enana roja a unos 48 años luz de la Tierra, en la constelación de Cetus. Parte de la prensa lo ha presentado como una «supertierra rocosa» que podría ser «nuestra mejor oportunidad de encontrar vida». El problema no es que esa cobertura mienta del todo, sino que estira una noticia real hasta un punto que la ciencia todavía no respalda.
Empecemos por la parte buena, porque la hay. En 2026, un equipo liderado por Collin Cherubim publicó en Science la detección de helio escapando de la atmósfera superior de LHS 1140 b, observado con el instrumento WINERED del telescopio Magellan, en Las Campanas. Es la evidencia más sólida hasta la fecha de que este planeta conserva una atmósfera, algo nada trivial para un mundo tan cercano a una estrella pequeña y activa. Hay un matiz interesante: la señal apareció con claridad en los datos de 2024, pero no volvió a detectarse en 2025. Eso sugiere que el escape atmosférico es variable, no constante, lo cual añade una capa extra de complejidad (y de interés científico) al hallazgo. Como contraste, el sistema tiene un segundo planeta, LHS 1140 c, más pequeño y caliente, en el que no se detectó helio, lo que ayuda a confirmar que la señal de b no es un artefacto instrumental. Ahora bien: esta detección habla de la atmósfera alta, la capa que se está escapando hacia el espacio. No nos dice gran cosa sobre lo que hay más abajo, ni mucho menos sobre la superficie del planeta.
Aquí es donde el relato periodístico empieza a resquebrajarse. Cuando LHS 1140 b se descubrió en 2017 mediante el método de tránsito (con el proyecto MEarth) y se confirmó por velocidad radial (con HARPS), el equipo de Dittmann lo describió como un planeta consistente con una composición global rocosa. La nota de prensa de ESO reforzó esa imagen: una supertierra rocosa en zona habitable. Pero la ciencia avanza, y en 2024 esa etiqueta empezó a tambalearse. Un nuevo análisis liderado por Charles Cadieux, que refinó la masa y el radio del planeta usando velocidades radiales de ESPRESSO, tránsitos de Spitzer, HST y TESS, concluyó que LHS 1140 b es poco probable que sea una supertierra rocosa clásica. Los datos encajan mejor con dos escenarios alternativos: un mini-Neptuno templado con una envoltura muy fina de hidrógeno y helio, o un mundo oceánico con entre un 9% y un 19% de agua en masa.
Ese mismo año, observaciones con el espectrógrafo NIRSpec del telescopio espacial James Webb, lideradas por Mario Damiano, descartaron con bastante fuerza el escenario de atmósfera gruesa rica en hidrógeno: si existiera, dejaría firmas espectrales de metano o dióxido de carbono que sencillamente no aparecen en los datos. Eso inclina la balanza hacia un planeta con una atmósfera de «alto peso molecular», posiblemente dominada por nitrógeno, con agua y CO₂, aunque la confianza estadística sigue siendo moderada. Un tercer estudio, con el instrumento NIRISS del Webb, complicó aún más el panorama: la señal estaba contaminada por manchas estelares (faculas) no ocultadas, y solo dejaba una evidencia tentativa de atmósfera rica en nitrógeno. En resumen, antes de 2026 ni siquiera estaba del todo claro si el planeta tenía atmósfera. El trabajo de 2026 sobre el helio sí resuelve esa duda concreta, pero no resuelve la pregunta de fondo: ¿es este un planeta rocoso al estilo de la Tierra, o un mundo de agua, o un mini-Neptuno con una envoltura residual de gas?
Y aquí llegamos al núcleo del problema con la cobertura mediática. Ningún estudio publicado sobre LHS 1140 b (ni el de Science de 2026, ni los del Webb en 2024) informa de biofirmas, de química en desequilibrio atribuible a procesos biológicos, ni de nada remotamente parecido a evidencia de vida. Lo que existe es una atmósfera detectada y varios escenarios climáticos que serían, en principio, compatibles con agua líquida bajo ciertas condiciones. «Zona habitable» es una expresión que suena más prometedora de lo que en realidad significa. Solo indica que, dada la distancia a su estrella, la irradiación permitiría en teoría temperaturas compatibles con agua líquida. No garantiza que haya agua, ni una atmósfera estable, ni una química compatible con la biología. Los propios autores de los estudios de 2024 insisten en que hacen falta más años de observación con el Webb para siquiera confirmar la composición atmosférica exacta. Y «supertierra» tampoco significa lo que la intuición sugiere. Es una categoría basada en masa y tamaño (LHS 1140 b tiene 5,6 masas terrestres y 1,73 radios terrestres), no una promesa de que el planeta se parezca geológicamente a la Tierra. Un mundo con casi una quinta parte de su masa en agua no es «una Tierra un poco más grande»: es un tipo de planeta que no existe en nuestro sistema solar.
Entonces, ¿qué tenemos realmente? Tenemos, y no es poco, uno de los mejores laboratorios cercanos para estudiar cómo son las atmósferas de los mundos templados alrededor de enanas rojas, que son las estrellas más comunes de la galaxia. Tenemos una detección de helio escapando que abre una ventana real a la física atmosférica de este planeta. Y tenemos, todavía sin resolver, un debate legítimo entre la comunidad científica sobre si este mundo es rocoso, oceánico o un híbrido de ambos. Lo que no tenemos es ninguna pista de biología. Entre «potencialmente habitable» y «posiblemente habitado» hay una distancia enorme, y es precisamente esa distancia la que buena parte de la prensa decide ignorar. La historia real de LHS 1140 b ya es fascinante sin necesidad de vestirla de ciencia ficción: es un planeta que nos está enseñando, en tiempo real, lo complicado y lo interesante que resulta averiguar de qué están hechos los mundos que orbitan otras estrellas.