«Los científicos no dan crédito: un niño de 12 años construye un reactor nuclear en casa»

Seguramente te has topado estos días con uno de esos titulares que te dejan con la boca abierta: «Un niño de 12 años construye un reactor nuclear en su casa y deja en shock a la comunidad científica».

La historia se ha vuelto viral en varios medios españoles y redes sociales. El protagonista más reciente de esta hazaña es Aiden McMillan, un chico de Dallas, Texas. Pero, ¿qué hay de cierto en todo esto? ¿Es realmente posible que un adolescente monte una pequeña central nuclear en el garaje de sus padres y le dé luz a todo el vecindario? Para separar la ciencia real del clickbait, lo primero que debemos entender es el origen de este gran malentendido: el uso sensacionalista de la palabra «reactor».

Cuando escuchamos «reactor nuclear», casi todos pensamos inmediatamente en centrales nucleares como las de Almaraz o Chernóbil. Esas instalaciones funcionan por fisión nuclear, un proceso que consiste en romper átomos pesados, como los del uranio, para generar una reacción en cadena. Construir algo así en casa es técnica y legalmente imposible. El acceso a materiales radiactivos está fuertemente regulado en todo el mundo, y las medidas de seguridad y el blindaje que requieren son gigantescos y están fuera del alcance de cualquier particular.

Lo que realmente construyó Aiden, y antes que él otro joven llamado Jackson Oswalt en 2018, fue una máquina de fusión nuclear, concretamente un dispositivo llamado fusor de Farnsworth-Hirsch. Inventado en la década de 1960, este aparato funciona inyectando un gas, normalmente deuterio, en una cámara de vacío a la que se le aplica un altísimo voltaje. Esto crea un plasma y acelera los iones para que choquen entre sí en el centro. En ocasiones, esos choques son tan fuertes que los núcleos llegan a fusionarse, liberando neutrones. Lograr detectar estos neutrones con sus aparatos es la prueba estrella que presentan estos jóvenes para demostrar su éxito.

Sin embargo, aquí viene la decepción para los amantes de la ciencia ficción: un fusor gasta muchísima más energía de la que produce. Constituye una demostración científica fascinante de que la fusión está ocurriendo a pequeña escala, pero no genera energía neta. No es un generador, no servirá para ahorrar en la factura de la luz y, sobre todo, no puede sufrir un colapso radiactivo ni derretirse como el núcleo de una central de fisión.

Además de exagerar la tecnología, la narrativa mediática suele adornar la historia pintándonos a un genio solitario trabajando en su cuarto oscuro. La realidad, según ha documentado la prensa local de Dallas, es mucho más colaborativa. Aiden no trabajó aislado, sino que lo hizo con el apoyo de un entorno tipo makerspace (espacios de creación comunitaria), bajo la mentoría de adultos y con estrictas medidas de seguridad. De hecho, para que entidades como Guinness World Records validen estas hazañas, se exige siempre la presencia de testigos y especialistas independientes que certifiquen el proceso.

Toda esta supervisión es absolutamente necesaria, ya que construir un fusor conlleva riesgos muy serios. Hablamos de manejar decenas de miles de voltios, donde un error eléctrico puede ser letal. Aunque no utilicen uranio, la máquina genera rayos X y radiación ultravioleta. A esto se suma el riesgo de implosión, pues al trabajar con altas presiones de vacío, un cristal roto o un fallo estructural resultan sumamente peligrosos. Por si fuera poco, si el experimento tiene éxito, el dispositivo emitirá radiación de neutrones, una forma de radiación ionizante muy penetrante que requiere un blindaje específico para no poner en peligro la salud de quienes se encuentren cerca.

Cuidado con los imitadores. Si a alguien en España se le ocurriera replicar este experimento, chocaría rápidamente con la legislación vigente. Según el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) y el Real Decreto 1217/2024, cualquier aparato que produzca radiaciones ionizantes a una diferencia de potencial superior a 5 kilovoltios entra en la categoría de instalaciones reguladas. Esto requeriría autorizaciones, inspecciones y unas medidas de protección radiológica que dudosamente tendrían cabida en el garaje de un chalé.

En definitiva, es muy plausible que jóvenes talentosos como Aiden logren la fusión a pequeña escala en entornos controlados, pero llamar a sus máquinas «reactores nucleares» resulta altamente engañoso. La comunidad científica no está en shock ni reescribiendo los libros de texto por un experimento educativo que, aunque brillante y digno de aplauso, no sostiene una reacción en cadena ni produce energía aprovechable.



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