Gog y Magog

Es posible que hayas visto en las redes sociales algún post afirmando que estamos presenciando lo que ya profetizó Ezequiel. Según estas versiones, el conflicto bélico entre Israel e Irán es en realidad la guerra de Gog y Magog que se describió en el Antiguo Testamento.

Este recrudecimiento del conflicto ha reactivado una de las narrativas más potentes de la literatura apocalíptica, cuyo origen se remonta a la figura de Ezequiel. Este profeta, que vivió durante el exilio en Babilonia, escribió en un marco histórico marcado por el desastre nacional de Judá y la caída de Jerusalén en el año 587/586 a. C. a manos del Imperio neobabilónico. Su mensaje, recogido en el Libro de Ezequiel dentro del Antiguo Testamento, se sitúa precisamente en una sección dedicada a la restauración y la esperanza tras la destrucción. En los capítulos 38 y 39, Ezequiel describe con detalle una coalición multinacional encabezada por un personaje llamado Gog, de la tierra de Magog, que ataca a Israel en un momento en que el pueblo ha vuelto a su tierra y vive «confiado». Lo que para muchos hoy es una crisis técnica de misiles y drones, para una parte importante del ecosistema religioso es el sonido de las piezas de un rompecabezas de hace 2.500 años encajando finalmente en su lugar.

Este sentimiento de inevitabilidad es lo que hoy domina la conversación digital, nutriéndose de una tendencia a interpretar los sucesos geopolíticos buscando un reflejo inmediato en las escrituras. Muchos comunicadores, especialmente en círculos evangélicos y redes sociales, sostienen que el escenario descrito por el profeta está listo para su clímax. El argumento se basa en una equivalencia directa: si el texto antiguo menciona a Persia como un aliado clave en una invasión final contra Israel, y si el Irán moderno es el heredero de esa Persia, la conclusión para estos analistas parece inevitable. Sin embargo, antes de dejarse llevar por el fervor de los titulares, conviene profundizar en la naturaleza de esa lista de invasores que aparece en las escrituras.

En el relato original, la coalición encabezada por Gog no viene sola. Se le une una lista de aliados que incluye nombres como Mesec, Tubal, Put, Gomer y la casa de Togarmah. La profecía no termina con un parte de guerra convencional, sino con una intervención divina espectacular que utiliza fenómenos naturales para demostrar la soberanía de Dios ante el mundo. Es precisamente esta maleabilidad de los nombres y el tono catastrófico lo que ha permitido que, a lo largo de los siglos, cada época «rellene los huecos» con sus propios enemigos e inquietudes, adaptando la geografía antigua a los mapas contemporáneos.

Un ejemplo claro de esta adaptación lo encontramos en el papel de Rusia. En anteriores interpretaciones de esta batalla contra Gog, siempre se ha metido en escena a esta potencia armamentística como la gran amenaza del norte, aunque hoy en día ese título ha quedado un poco desprestigiado por la ineficacia bélica que el país ha manifestado en Ucrania. Pero más allá de la situación militar actual, lo cierto es que el mapa de certezas que sitúa a Rusia en la Biblia se vuelve muy vago cuando analizamos el texto original. Gran parte de esta conexión se apoya en una sola palabra: rosh. Aunque algunos la traducen como un nombre propio porque suena parecido a «Rusia», en hebreo bíblico rosh significa simplemente «cabeza» o «jefe». Por eso, la mayoría de las Biblias prefieren traducir «príncipe supremo» en lugar de mencionar un país. Sin este parecido fonético forzado, la idea de una coalición liderada por Moscú pierde su argumento principal.

Del mismo modo, los nombres de Mesec y Tubal, que hoy algunos intentan conectar con ciudades rusas como Moscú o Tobolsk, se refieren históricamente a pueblos de Anatolia (la actual Turquía) bien conocidos en las fuentes asirio-babilónicas del primer milenio a. C. El profeta hablaba para su horizonte mental y el de sus contemporáneos, utilizando a los pueblos «del extremo norte» para representar una amenaza universal y remota, no para trazar un atlas geopolítico del siglo XXI. Esta tendencia a transformar etnónimos antiguos en estados-nación modernos es lo que los historiadores llaman anacronismo, y suele ser el ingrediente principal de los análisis proféticos que caducan con cada cambio de gobierno.

Incluso dentro de la tradición judía, figuras de la talla de Maimónides instaron a la cautela, subrayando que estos eventos relacionados con el fin de los tiempos no pueden conocerse con certeza hasta que suceden y que, por lo tanto, no deben convertirse en una obsesión ni en el núcleo de la fe. El mensaje original de Ezequiel, situado tras el trauma del exilio, tenía un propósito teológico claro: infundir esperanza y recordar que el control de la historia no reside en las alianzas militares, sino en un orden superior. Sin embargo, hoy en día es difícil encontrar a alguien que espere literalmente que los cielos se abran para que una deidad medie provocando desastres naturales que detengan la batalla; a menos, claro, que en nuestra versión moderna del mito hayamos sustituido la figura de Dios por la de líderes como Donald Trump y a sus arcángeles por el rugir de los bombarderos B-2. Al final del día, el peligro de convertir las metáforas en mapas es que terminamos viviendo en una ansiedad permanente, ignorando que estas «plantillas» de conflicto se han aplicado a casi todos los grandes imperios de la historia, desde los bárbaros hasta la Unión Soviética.

La historia de Gog y Magog funciona mejor como una advertencia sobre la fragilidad de la paz que como un calendario militar. Quizás, en lugar de buscar culpables en listas de tribus desaparecidas, lo más sabio sea rescatar la ética de la prudencia que siempre ha acompañado a los grandes maestros de la tradición, recordando que la profecía no busca predecir el futuro, sino iluminar el presente con justicia y serenidad.



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