El eterno retorno del «hacker» de la NASA

Parecía que habíamos dejado atrás ciertas historias, pero el sensacionalismo y los tabloides británicos tienen una capacidad asombrosa para reciclar la misma basura cada pocos años. Esta semana, el periódico Metro ha vuelto a la carga con un titular que parece sacado directamente de la máquina del tiempo: un «hacker» afirma haber encontrado fotos de ovnis del gobierno de EE. UU. y una lista de «oficiales no terrestres».

Quienes llevéis un tiempo leyendo La Mentira Está Ahí Fuera ya sabréis perfectamente de qué cuentista estamos hablando. No es una noticia nueva, no es una filtración reciente. Estamos hablando de Gary McKinnon, y esta soberana estupidez tiene ya casi un cuarto de siglo a sus espaldas.

Para los recién llegados, pongámonos en contexto. Entre 2001 y 2002, un escocés llamado Gary McKinnon se coló en casi un centenar de ordenadores del Ejército de los Estados Unidos y de la NASA. La prensa ufológica y los tabloides siempre lo han pintado como un genio de la informática, una especie de ciber-héroe que logró burlar los cortafuegos más impenetrables del planeta para sacar a la luz la verdad sobre los alienígenas.

¿La realidad? Su sofisticadísimo método de «hackeo» consistió en usar un script comercial para escanear redes militares buscando ordenadores con el sistema operativo Windows que no estuvieran protegidos. Es decir, buscaba máquinas en las que los administradores de sistemas habían sido tan inútiles de dejar la contraseña en blanco. No hubo desencriptación cuántica ni códigos verdes cayendo por la pantalla a lo Matrix; simplemente entró por la puerta principal porque alguien se la dejó abierta de par en par.

Una vez dentro, McKinnon afirma haber encontrado el Santo Grial de la ufología. Según él, accedió a una carpeta en el Centro Espacial Johnson llamada «Filtered» (Filtradas) y otra «Unfiltered» (Sin filtrar), donde supuestamente la NASA limpiaba las imágenes de satélite para borrar los ovnis antes de publicarlas.

Allí dice haber visto una imagen de alta resolución de una enorme nave con forma de cigarro orbitando la Tierra. Y aquí viene la parte en la que a cualquier persona con sentido crítico le da la risa floja: ¿Dónde está la foto? No la tiene.

Su excusa es el equivalente informático a «el perro se comió mis deberes». McKinnon alegó que, como estaba usando una conexión de módem telefónico de 56k y controlaba el ordenador mediante el programa RemotelyAnywhere, la imagen tardaba muchísimo en cargar. Dice que solo pudo verla un instante antes de que, ¡oh, casualidad!, alguien en la NASA se diera cuenta de su intrusión y le cortara la conexión justo en el momento en el que iba a darle al botón de «Guardar». Qué mala suerte, ¿verdad?

El otro gran pilar de esta historia reciclada por Metro es el hallazgo de una hoja de cálculo de Excel con una lista de «Non-Terrestrial Officers» (Oficiales No Terrestres) y registros de «transferencias entre flotas» (Fleet-to-Fleet Transfers). Para los amantes de la conspiración, esto es la prueba irrefutable de que Estados Unidos tiene una flota espacial secreta tipo Star Trek patrullando la galaxia.

Sin embargo, si contrastamos esto con la terminología militar y burocrática real, el misterio se desvanece rápido. En el argot de defensa, «no terrestre», no significa «extraterrestre». A menudo se refiere a personal que no está asignado a bases terrestres convencionales, o incluso a contratistas y personal civil en proyectos aeroespaciales.

Que en pleno 2026 tengamos que seguir leyendo artículos en medios supuestamente serios sobre las fantasías de Gary McKinnon demuestra que en el mundo del misterio nunca se tira nada; todo se recicla.

McKinnon cometió un delito informático real (aprovechándose de una seguridad patética), pero jamás aportó ni un solo byte de evidencia que respaldara sus historias sobre ovnis y marines espaciales. Es mucho más fácil vender libros, conceder entrevistas y hacerse la víctima de una gran conspiración gubernamental cuando adornas tu historia de hackerchapucero con naves alienígenas.

La mentira sigue estando ahí fuera, y la pereza periodística también.

  • Como curiosidad: tanto hoy como hace veinte años, cuando se accede a contenido multimedia en la red, lo que se ve en la pantalla ya se encuentra en nuestro disco duro (una carpeta temporal que se crea como un «cache» de datos) y no se borra salvo que el usuario así lo estipule, pero nunca antes de cerrar el navegador.

    Si ésto fue el titular principal, miedo me da saber cuál era el titular de reserva.

    Gracias por el artículo.

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