El BPI está asustando a todo el mundo con profecías de ruina

En redes sociales, blogs de economía dudosa y grupos de WhatsApp de inversores paranoicos, la gente comparte titulares sobre cómo el Banco de Pagos Internacionales acaba de advertir que el sistema financiero mundial es una bomba de relojería lista para explotar. Algunos llegan incluso a decir que los bancos centrales ya lo saben y están preparándose en secreto. Es una de esas historias que parece demasiado jugosa para ser falsa, así que veamos qué hay realmente detrás.

Lo primero que conviene entender es quién dice esto. El BPI, o Bank for International Settlements en su pomposo nombre en inglés, no es una institución cualquiera que lance advertencias al azar. Basada en Basilea y con miembros que son prácticamente todos los bancos centrales importantes del planeta, se ganó el apodo de «banco central de los bancos centrales» por una razón. En 2018, cuando muchos estaban todavía eufóricos con las políticas de dinero fácil, el BPI ya advertía sobre los peligros del sobreendeudamiento global. Luego llegó 2020, el COVID, la inflación galopante que nadie predijo (bueno, algunos sí), y de repente la cautela del BPI no parecía tan paranoica.

Ahora, en estos últimos meses, el BPI ha vuelto a encender alarmas. Y aquí es donde conviene separar lo que realmente dice, y lo que la gente dice que dice. Los riesgos reales que identifica son principalmente tres.

  • Primero, la deuda pública de los gobiernos avanzados se ha disparado en los últimos diez años y alcanza niveles que no veíamos desde hace décadas. Si siguen las tendencias actuales, podríamos acercarnos a una situación donde la deuda total de los gobiernos ricos represente casi el 100% de todo lo que producen económicamente en un año. Eso es mucha deuda.
  • Segundo, mientras los gobiernos acumulan deuda vendiendo bonos (básicamente, pidiendo dinero prestado), hay fondos de inversión, fondos de cobertura y otras entidades financieras que están usando una estrategia arriesgada: pedir dinero prestado ellos mismos para comprar esos bonos del gobierno. Es como si tú pidieras dinero al banco para comprar una casa esperando que suba de valor, pero lo haces a gran escala. Si funciona, ganas mucho dinero. Si falla, pierdes mucho. El BPI advierte que cada vez hay más gente jugando así.
  • Tercero, y aquí es donde la cosa se complica, hay todo un ecosistema de instituciones financieras que ahora manejan cerca del 50% de todos los activos financieros globales. Hace solo una década eran el 40%. Estas instituciones no son exactamente bancos tradicionales. Son fondos de pensiones, fondos de cobertura, y otras empresas de inversión que operan con reglas menos estrictas que los bancos normales. El BPI señala que esto ha crecido tanto que representa riesgos que antes no existían.

Todo esto es real. No es invención del BPI ni exageración apocalíptica. El Fondo Monetario Internacional, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, y otros organismos internacionales lo confirman con cifras similares. Entonces, ¿cuál es el miedo concreto?

El BPI señala que si algo se tuerce —por ejemplo, si los inversores pierden confianza en la solvencia de un gobierno— los intereses que pagan los bonos suben de golpe. Cuando eso sucede, los fondos de inversión que apostaron dinero prestado en esos bonos se ven en problemas. Imagina que un fondo de cobertura pidió cien millones en préstamo para comprar bonos del gobierno. Si esos bonos de repente valen menos dinero, ese fondo acaba de perder dinero de su bolsillo. De repente, recibe una llamada de su prestamista pidiéndole que ingrese más dinero como garantía (lo que se llama un «margin call»). Para conseguirlo, el fondo vende bonos. Pero cuando muchos fondos hacen lo mismo al mismo tiempo, los precios se desploman aún más. Otros inversores entran en pánico. Los bancos que han prestado dinero a estos fondos ven que sus préstamos se vuelven tóxicos. De pronto, la crisis que empezó en un rincón del mercado se propaga a otros sectores y otras regiones. Exactamente esto sucedió en 2021 cuando hubo una tensión en el mercado de deuda estadounidense.

Aquí viene lo importante: el BPI no está diciendo que esto vaya a suceder mañana. Lo que está señalando es que las condiciones para que suceda están presentes. Es como cuando un bombero advierte que una casa tiene muchos recipientes con gasolina mal almacenados; no está profetizando un incendio, solo diciendo que hay factores de riesgo.

¿Pero tiene toda la credibilidad el BPI? No del todo. La institución es famosa por su cautela. En 2018 ya advertía de riesgos «a medio plazo» que no se han concretado de forma catastrófica. Algunos economistas dicen que el BPI tiende a estar siempre en alerta roja, y que eso hace que sus advertencias pierdan un poco de impacto. Es un problema clásico: si alertas del lobo todos los días, la gente deja de creer en ti. Por otra parte, las predicciones económicas son famosas por errar. Nadie predijo bien la magnitud de la inflación post-COVID, por ejemplo.

Pero hay un matiz crucial que la gente suele perder de vista. El BPI no está siendo catastrofista por serlo. Está siendo cauteloso porque el historial muestra que cuando hay concentraciones de deuda, estrategias de inversión arriesgadas basadas en dinero prestado, y estructuras financieras interconectadas frágiles, los accidentes tienden a suceder. No siempre. No mañana. Pero suceden. El BPI vio venir problemas en 2006-2007 cuando otros celebraban los «nuevos tiempos» de estabilidad perpetua.

Lo que circula en redes, sin embargo, es una versión destilada y catastrofista de esto. Se convierte en «el BPI dice que la economía va a colapsar», cuando lo que realmente dice es «tenemos desequilibrios históricos que generan vulnerabilidades sistémicas». Son cosas muy distintas. Una es un análisis de riesgos acumulados. La otra es una profecía de ruina inminente.

Al margen de esto, hay algo que el BPI subraya que es frecuentemente ignorado en esos blogs alarmistas: que la forma en que los gobiernos y bancos centrales respondan a estos riesgos determinará mucho. Si se toman decisiones de política prudentes, se pueden gestionar. El problema es cuando se ignoran completamente, y entonces los desequilibrios se acumulan hasta que algo revienta.

Qué tenemos entonces es una institución técnica seria alertando sobre vulnerabilidades reales que otros organismos multilaterales también reconocen. No una predicción de apocalipsis inminente, sino un diagnóstico de que las condiciones están creadas para que problemas surjan si no se cuidan. Es importante que esto exista, que haya gente estudiando estos riesgos. Pero también es importante no convertirlo en gasolina para historias de catástrofe inevitable que, al final, generan más clics que un análisis más sobrio.



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