Rómulo y Remo: lobos grises disfrazados de Pleistoceno

Quizá recordéis a la empresa Colossal Biosciences de la que ya hablé en un artículo pasado. Ahora han vuelto a la actualidad tras hacer un controvertido comunicado en X en el que proclamaban haber devuelto a la vida a una especie extinguida hace 10.000 años.

El vídeo de dos cachorros aullando y ese texto grandilocuente parecían anunciar que habíamos asistido al regreso de una especie extinguida hace más de diez milenios: el lobo terrible. Por supuesto, los titulares corrieron como la pólvora: “revivieron al lobo terrible”, “el Jurassic Park canino”, “la ciencia vence a la extinción”… Y una vez más, hubo que bajar el volumen del hype y subir el de la realidad.

Porque el lobo terrible, Aenocyon dirus, existió de verdad. Era un cánido mucho más robusto que el lobo gris, con mandíbulas y dientes descomunales, y se extinguió al final de la última glaciación. Pero genéticamente no era un lobo gris: su linaje divergió hace unos seis millones de años y no dejó descendientes vivos. No hubo cruce alguno con los lobos actuales, así que lo que desapareció, desapareció para siempre.

¿Entonces qué ha hecho Colossal? Pues no han sacado un lobo terrible de una cápsula del tiempo, ni mucho menos. Lo que hicieron fue secuenciar fragmentos de ADN extraídos de fósiles y compararlos con el genoma del lobo gris. A partir de ahí identificaron una veintena de diferencias que podrían estar relacionadas con su aspecto: tamaño, cráneo, pelaje… Y con la herramienta de edición genética CRISPR las introdujeron en células de un lobo gris moderno. Esas células modificadas se clonaron mediante transferencia nuclear, se introdujeron en óvulos de perro a los que previamente se les había eliminado su propio ADN, y tras ello los embriones resultantes se implantaron en perras domésticas que actuaron como madres sustitutas y de ahí nacieron los famosos Rómulo, Remo y una hembra posterior bautizada Khaleesi.

¿Resultado? Tres cachorros blancos que, con suerte, crecerán más grandes y con algunos rasgos parecidos a los del lobo terrible. Pero siguen siendo, en más del 99% de su genoma, lobos grises. Los científicos independientes lo han dicho con todas las letras: no son Aenocyon dirus. Son lobos modernos con retoques cosméticos en su ADN. Como alguien resumió, es como coger una novela de 250 páginas y cambiar 50 letras: el texto sigue siendo el mismo.

La propia directora científica de Colossal, Beth Shapiro, lo reconoció semanas después en una entrevista a New Scientist. Admitió que no es posible traer de vuelta algo idéntico a lo que se extinguió, y justificó el uso del nombre lobo terrible diciendo que “si se parece, entonces es”. Una definición bastante laxa, más útil para marketing que para otra cosa.

Y aquí entran en juego los medios. La narrativa inicial de “primer animal desextinguido de la historia” era demasiado jugosa para resistirse. Muchos la repitieron sin matices, contribuyendo a la confusión. Otros, más prudentes, aclararon que se trataba de lobos modificados. Al final, la presión de la comunidad científica obligó a rectificar y matizar: no hay lobos terribles deambulando de nuevo por la Tierra, lo que hay son lobos grises editados en laboratorio.

Esto no quita mérito al logro técnico. Editar genomas, clonar embriones y llevarlos a término es un hito biotecnológico. Pero de ahí a anunciar la resurrección de un depredador del Pleistoceno hay un trecho considerable. Y sobre todo, plantea la eterna pregunta: ¿tiene sentido invertir tantos recursos en crear sucedáneos de especies extinguidas mientras dejamos que se extingan las que aún están vivas?

Así que la próxima vez que oigáis aullar a un supuesto lobo terrible en las redes, pensadlo dos veces. No son fantasmas del Pleistoceno, sino criaturas del presente, diseñadas por el ser humano. Y si de verdad queremos evitar más extinciones, quizá haya que gastar menos energía en fabricar espejismos y más en proteger lo que todavía tenemos.

  • En mi opinión, el error más gordo ha sido no contratar a un jefe de prensa o un relaciones públicas para todo ésto, y dejar a la «jefa» abrir la boca.

    Cualquier profesional del mundillo de los medios es perfectamente capaz de convertir una patochada como la de ésta compañía en algo positivo en un medio plazo… pero visto lo visto, se me antoja que la credibilidad ha caído tanto que va a ser difícil volver a encontrarla. Lo de los nombres, mejor lo dejo para otro día.

    En mi opinión estricta y púramente personal, ya que tienes los medios y el ánimo para jugar al Doctor Moreau… ¿porqué no conseguir desarrollar esa parte del cerebro de los chimpancés (o cualquier simio al uso) para que puedan hablar? Físicamente disponen de un aparato fonador completamente desarrollado, «listo para usar»; lo único que se lo impide es que su cerebro no dispone de la capacidad para controlarlo, como se ha demostrado recientemente.

    Gracias por el artículo.

    1
    0
  • No, si ya llegaremos a todo, ya.
    Para mí que cuaquier día en el futuro algún zumbado en su garaje será capaz de engendrar alguna especie de reptil acuático bastardo en una probeta, con la sola intención de soltarlo de tapadillo en el lago Ness, para que luego aparezca y que así la leyenda quede confirmada y «haya sido siempre verdad».
    Es un poner, nada más. Ya se verá…
    Saludos.

    0
    0


\Incluya

Puedes seguir las respuestas a esta entrada por RSS 2.0 feed.