El oxígeno de la Tierra no caduca como un yogur

El oxígeno de la Tierra tiene fecha de caducidad. O eso parece leyendo un titular de Gizmodo que combina 400.000 simulaciones, una cifra de precisión intimidante y el colapso de la atmósfera. Solo falta una etiqueta en las nubes: consumir preferentemente antes de 1.080 millones de años. La investigación existe y plantea un futuro fascinante, pero entre calcular cuánto podría durar nuestro mundo oxigenado y ponerle una fecha de vencimiento hay unos cuantos detalles que merece la pena respirar despacio.

Empecemos por la fecha que sí conocemos: el trabajo de Kazumi Ozaki y Christopher Reinhard se publicó en marzo de 2021. La noticia es de septiembre de 2026. Recuperar un estudio antiguo es perfectamente legítimo, especialmente si sigue siendo interesante. Lo que conviene es no confundir la fecha del envoltorio con la del hallazgo.

El modelo calcula cuánto tiempo pasaría hasta que el oxígeno atmosférico cayera por debajo de una centésima parte de su nivel actual. La estimación media es de unos 1.080 millones de años. Para hacerse una idea de la caída: hoy el oxígeno representa aproximadamente el 21% del aire; al alcanzar ese umbral, representaría apenas el 0,21%. Los 140 millones de años de desviación estándar expresan la dispersión de los resultados del modelo. No es una fecha exacta ni el momento en que desaparecería todo el oxígeno.

Las 400.000 simulaciones también tienen letra pequeña. Según los métodos del artículo, realizaron cerca de esa cantidad desde hace 600 millones de años hasta el presente. Seleccionaron las 4.787 que reproducían razonablemente las condiciones modernas y las prolongaron hacia el futuro. No eran 400.000 observaciones independientes del apocalipsis. Eran pruebas de un modelo.

Y eso es precisamente lo interesante de simular: preguntar qué ocurre si cambian los supuestos. Pensemos en calcular cuánto durará un coche variando su uso, el mantenimiento y las averías. Repetir la cuenta muchas veces ayuda a explorar posibilidades; no convierte el kilometraje final en una promesa del fabricante. Los ordenadores son muy buenos haciendo cuentas, pero no tienen un enchufe conectado al futuro.

El mecanismo físico resulta más sugerente que la fecha. Como explica la Universidad de Toho, el aumento del brillo solar, el calentamiento y la disminución del CO₂ terminarían reduciendo la producción biológica. La fotosíntesis necesita materia prima además de luz. Un planeta más soleado no garantiza plantas más felices, del mismo modo que encender todos los fogones no sirve para cocinar si la nevera está vacía.

¿Y dónde entra la geología? En el ciclo lento del carbono, el agua y el CO₂ participan en la alteración química de las rocas, y parte del carbono acaba almacenada en sedimentos. Ese intercambio ayuda a regular el clima. Por otro lado, el oxígeno que libera la fotosíntesis también se consume, por ejemplo en la respiración y la descomposición. Su abundancia depende de un balance entre producción y consumo. Si debilitamos la producción biológica, no basta con recordar que antes había muchos árboles.

La nota de la universidad describe un deterioro progresivo seguido de una transición rápida hacia condiciones pobres en oxígeno. Ambas cosas pueden formar parte del mismo proceso. El equilibrio se va debilitando antes de cambiar de forma pronunciada. La palabra «rápida» necesita su escala: estamos hablando de evolución planetaria, no de un interruptor que alguien vaya a pulsar una tarde.

También importa elegir bien qué es lo que colapsa. Una caída del oxígeno cambia la composición de la atmósfera; no significa que toda la envoltura gaseosa se esfume. Para los organismos que dependen de él, la diferencia no haría el escenario agradable, pero sí hace la explicación correcta. Decir «se acaba la atmósfera» borra justamente lo que queríamos entender.

Hasta aquí podríamos quedarnos con una conclusión cómoda: buen estudio, titular demasiado rotundo. Pero han pasado cinco años y conviene mirar qué más se ha investigado. No para encontrar otro número con el que sustituir al anterior y seguir vendiendo exactitud, sino para comprobar cuánto depende el resultado de nuestra descripción del planeta.

En un trabajo de 2024, R. J. Graham, Itay Halevy y Dorian Abbot revisaron la supervivencia de las plantas terrestres. Al variar cómo responden la meteorización de los silicatos y el ciclo del carbono, encontraron escenarios en los que la escasez de CO₂ se retrasa y la vegetación podría persistir entre unos 1.600 y 1.860 millones de años. En ellos, el calor acabaría siendo el obstáculo decisivo. Son condiciones del modelo, no una prórroga concedida al planeta.

Más recientemente, Jacob Haqq-Misra y Eric Wolf emplearon un modelo climático tridimensional para estudiar la duración de la biosfera vegetal. Su investigación, publicada en 2026, obtiene límites distintos según la meteorización, la disponibilidad de carbono y la tolerancia térmica. Algunos escenarios llevan la supervivencia vegetal hasta cerca de 1.800 millones de años. También consideran mecanismos fotosintéticos capaces de aprovechar concentraciones de CO₂ inferiores al umbral usado habitualmente.

Estos trabajos sobre vegetación no calculan exactamente lo mismo que el de la atmósfera oxigenada. Sería tramposo presentarlos como una refutación directa del número de Ozaki y Reinhard. Sí muestran que los procesos que conectan clima, rocas y vida siguen investigándose. La incertidumbre no se agota en añadir un «más o menos» detrás de una cifra: también importa qué hemos incluido en las ecuaciones.

Hay otra razón para estudiar todo esto que queda eclipsada por el funeral anticipado. La NASA destaca su interés para buscar vida en otros planetas. El oxígeno atmosférico puede ser una pista de actividad biológica. Entender cómo aparece y cómo cambia permite interpretar mejor lo que algún día observemos en mundos lejanos.

La precaución es sencilla: una señal útil no es un requisito universal. Buscar exclusivamente una copia del aire terrestre actual sería como buscar ciudades mirando únicamente si tienen nuestras farolas. Encontrarlas ayudaría; no encontrarlas no demostraría que allí no vive nadie. Nuestra forma de reconocer la vida tiene que dejar espacio para mundos que no se parezcan al nuestro.

El oxígeno no lleva impresa una fecha de caducidad. Tenemos modelos que investigan cuánto puede durar una condición planetaria que damos por sentada y qué podría ponerle fin. Eso ya es una historia extraordinaria. No necesita que confundamos una estimación con una cita en el calendario, ni que anunciemos el cierre de la atmósfera como quien avisa de que mañana cortan el agua.

Así que tenedlo presente: si lleváis varios años soñando con ese viaje, no lo dejéis mucho más. Dentro de 1.080 millones de años, a lo mejor ya no podéis hacerlo. Y sería una pena, después de tanto mirar vuelos.



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