Cuando la televisión se auto-proclama el medio más fiable

Hay días en los que uno enciende la tele y tiene la sensación de que alguien está muy interesado en convencerte de algo. Esta vez el mensaje venía envuelto en bata universitaria y tono grave: un estudio afirmaba que la televisión es el medio más fiable para informarse, muy por encima de YouTube y de las redes sociales. Dicho así, suena casi a verdad revelada. La cuestión es a quién beneficia que lo creamos.
El informe en cuestión procede del llamado Índice de Responsabilidad Mediática, impulsado por el Observatorio de Transparencia y Responsabilidad, una iniciativa vinculada a la Universidad Nebrija. No estamos hablando de un trabajo clásico de investigación periodística ni de un estudio experimental sobre desinformación, sino de un índice construido a partir de una serie de criterios muy concretos: control editorial, cumplimiento normativo, transparencia publicitaria, protección de datos, brand safety y confianza declarada del público. Al frente del observatorio figura la doctora Marta Perlado Lamo de Espinosa, decana de la Facultad de Comunicación, acompañada por perfiles como Agustín Medina y Francisco José González, ambos procedentes del mundo de la publicidad y socios de Presidentex, la entidad empresarial que coimpulsa el proyecto. Con esos mimbres, el resultado no sorprende: los medios tradicionales (televisión, radio y prensa) salen muy bien parados; las plataformas abiertas, donde el contenido lo generan los usuarios, quedan en los últimos puestos. La conclusión oficial es que la televisión ofrece un entorno más “responsable” y “fiable”.
Hasta aquí, los datos. El problema empieza cuando esa conclusión se traduce en un mensaje mucho más ambicioso: la televisión informa mejor que YouTube. Y ahí entra en escena la cadena «la sexta», que no tardó en hacerse eco del informe. No como una curiosidad académica, sino como una especie de certificado moral que la colocaba por encima del ecosistema digital. El subtexto era claro: frente al caos de las redes, aquí está el faro. Frente a los youtubers, la seriedad institucional. No es casualidad que el mensaje se emitiera desde el propio medio que salía mejor parado en la foto.
Llegados a este punto, conviene poner las cartas boca arriba. Yo soy un consumidor compulsivo de YouTube y prescindo casi por completo de la televisión. Y no soy un bicho raro. Cada vez más jóvenes, y también mucha gente que ya peina canas, ha optado por lo mismo: elegir quién te informa y sobre qué, en lugar de aceptar el menú cerrado de un canal. No eliges un medio; eliges voces. Y eso, para bien y para mal, cambia por completo las reglas del juego. La televisión decide por ti qué es importante, cuánto tiempo merece y desde qué marco ideológico se cuenta. Tú solo puedes decidir a qué hora te dejas caer por allí.
YouTube tiene ventajas evidentes. La primera es la inmediatez: alguien puede estar analizando una rueda de prensa mientras aún se están guardando los micrófonos. La segunda es la independencia relativa respecto a los anunciantes clásicos. En la mayoría de los canales no sabes quién se anuncia, ni siquiera lo decide el creador; es la plataforma la que coloca los anuncios de forma automática. En los medios tradicionales eso no funciona así. Si una administración pública o una gran empresa invierte decenas de millones en publicidad en tu cadena, no hace falta ser conspiranoico para entender que ciertas noticias se tratan con guantes de seda… salvo que ese poder esté a punto de caer y convenga ir haciendo méritos con el siguiente. El sesgo existe siempre; la diferencia es si puedes elegirlo o no.
En YouTube puedes escuchar a alguien que refuerce tus ideas o, si te apetece ponerte a prueba, a alguien que las contradiga frontalmente. Puedes construir tu dieta informativa con intención. En la televisión generalista, no. Si revisas la parrilla de La 1, por ejemplo, la pluralidad consiste básicamente en cambiar de intoxicador según la franja horaria: por la mañana Silvia Intxaurrondo, luego Javier Ruiz, más tarde Jesús Cintora, por la noche Pepa Bueno, y si te quedas hasta tarde, David Broncano para relajarte después del bombardeo. Distintos estilos, mismo marco. Eso no es diversidad; es rotación de caras.
Y aquí es donde el informe universitario muestra todas sus costuras. Mide responsabilidad entendida como control, trazabilidad y adecuación al mercado publicitario. No mide cuántas veces se ha tergiversado un dato, ni cuántas noticias se han corregido a posteriori, ni cuántos errores graves se han cometido bajo ese supuesto paraguas de fiabilidad. Confunde entorno regulado con verdad, y eso es un atajo muy cómodo para quien lleva décadas ocupando ese espacio.
Al final, el debate no va de si YouTube es un paraíso libre de bulos ni de si la televisión es un nido de villanos. Va de poder. De quién decide qué versión del mundo te llega y con qué filtros. Cuando un medio que vive de fondos públicos y de grandes anunciantes se presenta como árbitro supremo de la fiabilidad informativa, conviene, como mínimo, arquear una ceja. No porque todo lo que diga sea falso, sino porque nadie que esté tan bien situado en el tablero suele hacerlo sin mover ficha.
Y quizá por eso cada vez más gente apaga la tele. No porque crea que en YouTube esté la verdad absoluta, sino porque prefiere equivocarse por su cuenta antes que delegar el sesgo en un menú cerrado que viene decidido de antemano.
Eroton
17/12/25 17:06
Bajo mi punto de vista, el problema de la televisión, de la que hace años me divorcié y a la que sólo acudo cuando juega la selección española, es que se ha desconectado de la sociedad.
Las públicas, una vez cortado el grifo de la publicidad, se contentan con seguir existiendo en cuanto a contenido y entretenimiento, y en lo informativo, voceros del gobierno de turno.
Las privadas, una vez puestas en su sitio, a hacer caja con la menor inversión posible porque, de las muchas empresas que adquirieron, la televisión sólo está para financiar al resto, y en lo informativo, polarizadas según marque la línea editorial.
¿Soy el único que piensa lo de «antes sólo había dos canales, y ahora con más de cuarenta, nunca hay nada que merezca la pena»?
Ya no hay ese afán por atrapar al espectador, por sorprender; programas familiares ya apenas conozco alguno, los concursos se han convertido en un juego de trileros, la información no se desarrolla como debería… y me importa poco quedar como el abuelo cebolleta, recordando programas como «La bola de cristal», «Un, Dos, Tres», «La segunda oportunidad»… eso en TVE; en las privadas las cosas como son, Berlusconi sería Berlusconi, pero la «etapa Lazarov» de Tele5, en mi opinión, fue lo mejor que ha sido capaz de ofrecer esa cadena.
De modo que sí, la televisión es tan segura y fiable como montarse en un tren en vía muerta, porque en cuanto a contenidos y posibilidad de contrastar información, Internet hace tiempo que le quitó el sitio.
Gracias por el artículo.
lamentira
17/12/25 23:15
@ Eroton:
Por lo que comentas, me parece a mí que tu eres de mi edad.
Eroton
18/12/25 13:35
@ lamentira:
Si el leer «el Profesor Sanchezstein» u «Orzowei» hace sonar alguna campana, seguramente.
lamentira
18/12/25 19:07
@ Eroton:
Pipi Calzaslargas, el Capitán Tan, los Chipiritiflauticos, la piedra blanca,… Más años que el hilo negro
Alexis
20/12/25 05:13
Sí. Aquí, un servidor, también viene a ser de esa franja de edad… Aunque de los Chiripitifláuticos esos no recuerdo pràcticamente nada más que el rocambolesco nombre. Quizá ni siquiera los viera, a la edad que tendría yo entonces. No sabría decir… De años ya posteriores, a mí lo que se me queda es la epifanía que me supuso «Mazinger-Z», después de haber tragado tanta «Heidi» y tanto «Marco», sin haber podido prever la sorpresa que me supondría semejante salto temático en aquel tipo de serial de dibujitos…
Bueno… Líbreme Dios de discutir nada de lo expuesto aquí. Me aporta y me hace pensar… Pero también he de decir que yo, por un lado, nunca he llegado a asomarme a redes sociales, ni me he aficionado a la alternativa de Internet como medio de información. A la vez que tampoco tengo el hábito de empaparme especialmente de informativos de televisión, prensa o radio. Vamos, que no soy alguien pendiente de la actualidad del mundo, ni muy capaz de procesarla, más allá de lo muy justito.
Sentado lo dicho, y rogando se me tenga en cuenta, me parece a mí que el artículo expresa ante todo una seguridad en el propio criterio con la que yo no soy lo suficientemente capaz de identificarme. Si bien me pliego ante las reflexiones aquí desgranadas, tampoco me resultan indiferentes las defensas que pueda haber leído en otros lugares del «periodismo acreditado»… El sesgo siempre estará, y se pondrá el acento en donde a cada cual le merezca para inclinar la balanza sobre una misma información o el tratamiento sobre un mismo tema, pero ¿Y la veracidad?… En esa supuesta «democratización» de la información, vía el libre acceso a Internet, pesa de entrada lo mismo una aportación solvente, que un bulo flagrante, que un meme de gatos. Y a menudo gana la capacidad de viralizarse de cualquier cosa, antes que la posibilidad de ser contrastada su credibildad ni valorada su importancia. Mucho más sindiós. Mucha mayor marea en la que ahogarse queriendo sacar algo en claro de verdad.
No hace mucho, por estas mismas páginas, alguien dejó dicho: «Es muy fácil. Si es oficial es mentira»… Vale. Pero no todo lo que «no sea oficial» será verdad tampoco. Ahí me cojea el argumento.
¿Filtros? ¡Ah! ¡Por supuesto que ahí habría que ver quién controla lo que se filtra! Pero ahí también está ya la competencia entre medios de los «oficiales» o «acreditados». Las discordancias entre unos y otros ya dan para contrastar y dudar. El aluvión de alternativas anárquicas a esto mas bien multiplica hasta lo inabarcable mucho más la duda y la incertidumbre que la posibilidad de dilucidar con garantías, me parece a mí… Aunque ya digo que ¡menudo elemento soy yo para opinar muy bien sobre todo esto!
Dicho lo dejo, suene como suene y me haya salido a estas horas… Más que nada ¡Feliz Navidad, oye!